Las invasiones bárbaras

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

 invasiones_barbaras

Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Comenté una foto de Me lo dijo un forro, una de esas páginas sarcásticas del face, cuyo texto decía: “Madre que le pone Jonatan a su hijo y ya le nació villero, con un arito en el labio, robando y en el documento dice El Jony”.

Quién es el/la imbécil que escribe estas cosas. Se te acabaron las ideas y tratás de llamar la atención volcando al nazismo. No te lo dijo un forro, sos el forro. Y ni siquiera podés fingir que es en clave de humor o de crítica a lo Micky Vainilla, no te da. Para próximos posteos podrías bardear a los desaparecidos, intervenir una foto del holocausto o incitar al femicidio. Qué groso que sos.

Más de 200 personas me dieron like. Pero unas cuantas salieron a matarme en defensa de la página. No importa, no a los fines de esta columna. El tema es la pasmosa libertad que se da la gente más horrible para publicar sus ideas denigratorias y racistas.

Negro, pardo, catinga, wachiturro, cabeza, moreno, villero. La lista es ominosa e infinita.

Si a esto le agregara ciertos chistes antisemitas que pululan por las escuelas, y le sumara comentarios a mi comentario acerca de lo bien que estaban sus padres con los milicos, mi columna hubiera empezado así:

En 1961, Hanna Arendt está en Israel, enviada por The New Yorker, para cubrir el juicio histórico a Adolf Eichmann, un funcionario del nazismo encargado de administrar la circulación de trenes con prisioneros hacia los campos de concentración. Un año antes, un comando israelí lo había capturado en Argentina. Uno de los conceptos más notables de la filósofa alemana, plasmado en su libro Eichmann en Jerusalem, es la banalización del mal. No quiero googlear, creo que hace referencia a la pasmosa frialdad del prisionero ante las acusaciones del tribunal que lo ahorcaría un año después. Las respuestas del reo se limitan meramente a la misión que le fuera asignada, trenes. La muerte, el exterminio, los niños encerrados para que los mate el gas Zyklon B, fueron temas de otros, para él eran meras formaciones ferroviarias con sus horarios y combinaciones. Obediencia Debida nivel Tercer Reich. Un concepto interesante, que se extiende a todo un pueblo que fue dejando hacer, que fue permitiendo que el mal se empodere, que se desagoten todos los problemas en determinado grupo, que se encarne en una raza todas las penurias y que se rompan los cristales. Todo pareció ocurrir de a poco, como esa ranita que muere en la misma olla en la que se sentía a gusto hasta que la escalda.

Pero acá el enemigo es el negro. Cada vez en forma más desembozada, tenemos adolescentes de piel clara que identifican a sus enemigos por la piel oscura. Pero, ahora que lo pienso, ¡los negros están por todas partes!

No es que haya ido al King College en London, fui a la escuela en el barrio las Avenidas. Pero los negros eran mucho menos numerosos, a tal punto que había alguno al que se lo podía llamar El Negro.

Nota 1: no es que me puse racista yo, voy a un punto. Sigo.

Por algún motivo demográfico, territorial o del siempre resbaloso ascenso social, la gente de color (negro) ha pasado a transitar por espacios que otrora les eran vedados. Consumen, andan, estudian, se salen de los guetos que nos parecían naturales.

Nota 2: No creo ni por asomo que se haya acabado con la pobreza, no es ésta  una proclama frentevictorista, hay mucho por hacer, la riqueza no ha sido disuelta. Sigo.

Y también es posible que los morenos y morenas tiendan a multiplicarse.

Nota 3: es momento de que digan que se embarazan para cobrar los planes.

Los zambos, los pardos, las castas han abandonado sus provincias de origen y a veces se escapan de sus villas de emergencia. Consumidores de las peores cosas (drogas, bebidas, música, escuelas), las hordas carecen de la educación sexual necesaria o de la conciencia acerca del destino personal y la ambición de futuro, más propias de las clases medias tradicionales. Por eso será que tienen más hijos. Pero también han accedido a televisores en cuotas, celulares caros, zapatillas que son al súmmum del progreso tecnológico y viajes de turismo.

Un sector de la sociedad abomina el cambio.

Siempre hay un sector de la sociedad que cree que antes se estuvo mejor. En el paso de siglo entre el XIX y el XX, hubo una intelectualidad que expresó ese malestar, en aquel caso por el aluvión de inmigrantes de la baja Europa que se vinieron para acá. Plumas como las de Cambaceres, Martel o Cané se encargaron de cristalizar esa pavura en novelas que fundaron la literatura argentina. Irían a coincidir en la necesidad de un anclaje, un símbolo nacional que se mantenga ajeno a la corrupción de la sangre. Así dieron con el Gaucho Martín Fierro, después de forzar a José Hernandez para que lo pase de modo gaucho matrero a gaucho dócil. Fue esa la encarnación de la identidad nacional.

Hoy no hay escritores que se banquen denigrar al nuevo aluvión zoológico, sería un suicidio —creo—el tránsito por tamaña incorrección política. ¡Pero ni falta hace! Todo el mundo es escritor. Porque, ¿qué otra cosa es un escritor que alguien que escribe? No es menester plasmarlo en libros (y si lo fuera, no es un trámite tan complicado), ni enrolarse para combatir por la República Española; basta con escribir. Y se escribe todo el tiempo, en Facebook, en la sección de comentarios de las noticias, por Twitter, por Whatsapp. Tanto se escribe y tan fácil, que parecen disiparse en la consideración social los valores que antes constituían a la intelectualidad. Podemos hablar sin saber, sin que se hagan evidentes las prerrogativas de un concepto fundado por sobre una opinión que emane desde el mero cantar de los cantares de las pelotas.

Nota 4: yo también tengo miedo a los cambios. Me pasa desde niño. Cuando mi papá dejó de trabajar en la Crush (la gaseosa de naranja), lloré.

De modo que al libro que refleja el asco por las invasiones negras, no lo escribe una persona en particular, sino que se constituye coralmente por opiniones de adolescentes (y no tanto) con la tecnología de su lado.

¿Quién es el nuevo gaucho? No lo sé, si tengo que inventar uno diría que es el almacenero. Un cuentapropista que no chupa de la teta del Estado, que se levanta temprano para pagarle a Mastellone y que a la noche es asaltado por los pibes chorros. Pibes que se llaman Brian, Jenifer o Johnatan, mientras la gente blanca bautiza Facundo, Mercedes o Pedro.

Todo está al revés.

 

Ir a la barra de herramientas