Somos lo que leemos (de lo que han editado para nosotros)

El libro-objeto es una pieza material cargada de simbolismo y de fetichismo. Da estatus y conocimiento. Qué se edita, qué nos gusta y qué nos imponen. Algunas preguntas se pueden dilucidar, otras no.
Somos lo que leemos I

Fotos: Pablo González

Prólogo

Probablemente Jorge Luis Borges nunca se embarró en un partido de fútbol. Tampoco se batió a duelo con un desconocido que lo desafió, cuchillo en mano, a la salida de una pulpería. Sí escribió cuentos memorables con prosa perfecta, compuesta con todo el diccionario. Esquilo y Cervantes —con siglos de diferencia, en Maratón y Lepanto— fueron guerreros de segunda línea, ninguna batalla se definió favorable por sus intervenciones; dejaron en el papel locura y muerte. Dante no descendió —escoltado por una mujer y un poeta— a los nueve círculos del infierno; su imaginación sí. La gran mayoría de los conocimientos que nos estructuran como civilización, que nos ubican en tiempo y espacio, (la parte de la historia universal que se eligió contar) los incorporamos a través de los libros.

En el local céntrico de alquiler de películas de la cadena estadounidense vendieron sánguches y ahora es el búnker político de un candidato que vaga errante por diferentes partidos, billetera en mano. Un histórico diario de la ciudad (“Toda una vida junto a la gente de Mar del Plata”) está prácticamente desaparecido, su tirada no llega al centenar de ejemplares. Los sectores sociales con acceso a la tecnología cambiaron sus hábitos. La PC, la táblet y los teléfonos inteligentes se cargaron oficios añejos. El libro-objeto —anacrónico artefacto en el que no se puede regular el tamaño de la letra con el mágico toque de los dedos pulgar e índice— está señalado desde hace años a correr la misma suerte, irremediable y funesta.

El libro —del mismo modo que todos los objetos de consumo en el sistema capitalista— está atravesado por las leyes del mercado: si no vende no sirve. Tiene que generar dinero, y no solo para el escritor o escritora. Aquí aparecen las editoriales, empresas con ánimos de lucro que eligen qué se edita, en qué cantidad, de qué calidad y a qué precio. Los lectores-consumidores escogemos dentro de las posibilidades de lo impreso. Parafraseando al existencialista francés Jean-Paul Sartre, somos lo que leemos de lo que han editado para nosotros.

A continuación, un informe de lo que se edita en nuestro país (siguiendo muchas veces los lineamientos cosmopolitas, pero con la idiosincrasia vernácula) y de lo que consumimos los marplatenses.

Capítulo I (Papel versus pantalla)

El formato libro-objeto sufrió escasos cambios a lo largo de la historia reciente. La intervención de Gutenberg en la imprenta —evento que se desarrolla en los finales de la Edad Media y que marca el comienzo de una nueva era— no ha sufrido cambios sustanciales. Tinta sobre hojas de papel y no mucho más. Los hábitos relacionados con la lectura sí han mutado significativamente.

Los diarios de papel en Argentina evidencian un descenso sostenido de sus ventas. Clarín —el de mayor tirada en el país— tuvo en 2014 su peor marca histórica. Ese año promedió 231.720 ejemplares diarios. Un retroceso en las ventas del 55% comparado con 2005, último año de crecimiento interanual. El único diario de tirada nacional que no tuvo retracción en sus ventas fue el deportivo Olé, durante los meses del mundial de Brasil. Gran cantidad de lectores migró hacia los formatos digitales.

Contrariamente a lo que se podría conjeturar respecto del destino del libro, la huida del papel no ocurre, ni está en el horizonte próximo. Según la Cámara Argentina del Libro, de los títulos publicados en Argentina, en 2014, solo el 18% se hizo en formato e-book. El menor margen de ganancia de las editoriales es una de las razones. El costo de los libros electrónicos es otra. Estos artefactos se consiguen en nuestro país a partir de los dos mil pesos. En Estados Unidos, el 30% de los libros vendidos es en formato e-book, mientras que en Argentina no supera el 7%.

El factor cultural también es un punto a tener en cuenta. Los libros se coleccionan, existe un fetichismo con el libro-objeto. Una nutrida biblioteca hogareña siempre es bien vista. Aunque no se opte por las relecturas, los anaqueles completos atestiguan el acceso al bien cultural.

El nobel portugués José Saramago, en una conferencia en Argentina, en 2004, se posicionó frente al creciente debate en torno al futuro del libro. Evocó el aspecto romántico del papel, y los números actuales demuestran que no se trataba solo de la añoranza vetusta de un anciano: “No hay nada en el mundo que haya podido ocupar el lugar de los libros. Cuando me preguntan qué diferencia hay entre leer un libro pudiendo tocarlo o hacerlo por Internet, siempre contesto: `Sobre la página de un libro se puede llorar. No sobre la pantalla de una computadora`”.

Somos lo que leemos 2

Entremés

La librería, ubicada en el centro marplatense, está abarrotada de gente. El descuento que ofrece la tarjeta de crédito empuja a los temerosos hacia los libros, soslayando el pantalón y el i-pod. Los libreros dialogan con los clientes:

—Hola, qué tal. Busco un libro que recomendaron esta mañana en la radio.

—¿Recuerda el título o el autor?

—No. Pero por la voz parecía un hombre joven.

—¿Y la temática?

—De las cosas cotidianas. La semana pasada vi una nota en el diario, la tapa del libro es verde con amarillo.

—¿Era un diario local o nacional?

—Me mataste.

Capítulo II (Lo que se edita)

Los sectores medios y altos son los destinatarios de lo que se edita. La lógica, idiosincrasia, escala de valores —obsesiones y, sobre todo, miedos— y pertenencia de clase, estructuran gustos e intereses. Los que tienen acceso al bien cultural (en este caso los libros) son el “nicho”.

El problema (como fenómeno) de la edición de libros nada tiene de novedoso. Qué se edita y qué no, quiénes son parte del canon. El boom latinoamericano de segunda mitad del siglo pasado también tensó la discusión. Las ventas fenomenales que aún hoy se registran de esos autores estuvieron en tela de juicio por sus detractores. No faltaron quienes dijeron que fue un operativo editorial. Julio Cortázar, en una entrevista televisiva se sumó al debate: “Mi obra fue hecha en la soledad, fue hecha en la pobreza y sin el menor apoyo editorial. Cuando los editores se despertaron a mis libros, a los de Fuentes, a los de García Márquez, a los de Vargas Llosa, se despertaron porque las primeras precarias y difíciles ediciones habían sido bruscamente leídas por un montón de gente que se las pasó de mano en mano. Y los editores que no son tontos, y que están ahí para ganar dinero, comprendieron que a esos escritores había que editarlos. Ellos no nos inventaron a nosotros”.

El editor está alerta y su oportunismo nunca vacila. El fenómeno televisivo de la telenovela turca Las mil y una noches abarrotó los anaqueles de las librerías: ediciones completas y comentadas, antologías económicas, con motivos árabes en la portada y, para los desprevenidos, un subtítulo anunciando que la novela se inspiró en estos relatos. La muerte de los escritores apura la reedición o la reimpresión; la muerte de los otros, biografías poco rigurosas. ¿Papa argentino? Más de una decena de publicaciones diciendo algo, no importa qué.

Existe también un puñado de editoriales que nadan contra la corriente del mercado. Publican a escritores con éxito esquivo en su época, reeditan títulos fuera de catálogo y apuestan a jóvenes talentos. Un interesante aporte a la democratización del espectro editorial. La ciudad de Mar del Plata es testigo de esta realidad: en los últimos años, vieron la luz editoriales locales (Letra Sudaca, La Bola Editora, Puente Aéreo) que apuestan a escritores inéditos o que dan sus primeros pasos, muchos de ellos vecinos de estas costas.

El Informe de Producción de la Cámara Argentina del Libro, registra los datos de edición del año pasado. Los guarismos son los siguientes:

  • Se registraron 28.010 títulos.
  • Se imprimieron 128.929.260 ejemplares.
  • El 81% en formato libro, el 18% en electrónico y el 1% fascículo.
  • La tirada más frecuente fue 3.000.
  • De acuerdo a los géneros, Literatura 29%, Infantil/Juvenil 21%, Ciencias Sociales 13%, Autoayuda 3%.

La literatura aún conserva el cetro. Vale destacar que ese amplio y vago título engloba a toda la ficción. No hay datos de cuántos son clásicos, cuántos autoayuda ficcionada, cuántos literatura romántica/erótica (gran fenómeno editorial en la actualidad), entre muchos otros. La literatura infantil está fuerte, el despertar a la lectura de los adolescentes siempre es febril. En el campo de las ciencias sociales —con prominencia de la Historia— se edita mucho más de lo que se consume. Profesionales y aficionados. La Historia argentina y los títulos de la Segunda Guerra Mundial son los predilectos.

La Autoayuda representa un nada despreciable 3%. La Filosofía, la Psicología y la Antropología abordan temáticas similares: la muerte, el paso del tiempo, la angustia, el otro. Pero la Autoayuda —con afirmaciones, cambios de simples hábitos o con la sola lectura— mejora nuestra relación con la tía abuela, logra que nuestros hijos nos admiren, que la novia nos quiera otra vez o que evitemos un balazo en la cien; gatillado por mano propia o extraña.

Somos lo que leemos 3

Entremés II

El desodorante y la ropa interior son regalos elegidos por tías y abuelas. El resto de los mortales ve con muy buenos ojos regalar un libro. El libro está sobrevalorado: el muchachito preadolescente no juega con sus amigos, nunca vio un atardecer desde la plaza del barrio, pero el padre está orgulloso de que consuma un libro con los trucos para mejorar su performace en el videojuego que lo tiene interminables horas frente al monitor y lo condena al ostracismo:

—Estoy buscando algo para regalarle a mi primo. Ya se leyó todo.

—¿Sabés qué le gusta?

—No.

Capítulo III (Qué leemos)

La toma de posesión de libros se efectúa de múltiples formas: canjes, préstamos, bibliotecas escolares, universitarias y barriales, online. Los datos de ventas que arrojan dos librerías de la ciudad, nos acercan a las preferencias de los marplatenses (son datos fuera de temporada) que compran libros.

En la dilatada categoría de “no ficción” los títulos más vendidos son:

Usar el cerebro, Facundo Manes, 2014, Editorial Platenta. El nuerocientífico argentino —famoso por intervenir quirúrgicamente a la Presidente de la Nación— intenta dar respuestas científicas al complejo funcionamiento del cerebro. Ciencia aplicada “para vivir mejor”.

Encuentros (el lado B del amor), Gabriel Rolón, 2012 Editorial Planeta. El psicoanalista derriba muchas ideas preconcebidas referidas a las relaciones amorosas.

En cambio y AgilMente, Estanislao Bachrach, 2012, Editorial Sudamericana. Similares al de Manes, pero enfocado en la creatividad.

La no menos vaga categoría de “ficción” amalgama títulos diversos. Sagas románticas, históricas y juveniles. Los compradores buscan principalmente la novedad. Todos los títulos que encabezan los listados de ventas están a la vista y bien iluminados.

Abzurdah, Cielo Latini, 2006, Editorial Planeta. Cuenta la historia de una adolescente que comienza una espiral autodestructiva ante un desengaño amoroso. Uno de los pocos libros que continúa vigente una década después.

Alama negra. Florencia Bonelli, 2015, Editorial Aguilar. Segunda parte de la Trilogía del Perdón. Novela romántica ambientada en el litoral argentino, en el siglo XVIII.

El principito, Antoine de Saint-Exupéry, varias editoriales. El clásico francés no pierde vigencia. La liberación de los derechos propició la proliferación de ediciones y nuevas traducciones. Una de ellas a cargo de Cristina Piña.

No hay librería que no acumule volúmenes de Shakespeare, Homero o Poe. Tal vez en el fondo del local, tal vez un recoveco de difícil acceso, pero están. La diferencia es la promoción. El cuarto tomo de la saga Cincuenta sombras se anuncia con una mega campaña publicitaria: carteles y cientos de ejemplares. La batalla es desigual, pero no es intrínseca de los libros, atraviesa transversalmente a toda la producción cultural.

Somos lo que leemos 4

Entremés III

Estamos dentro de la librería. Si un vecino pasa por la puerta y nos ve, mejorará la valoración que tiene de nosotros. No estamos en la cama mirando televisión, tampoco en una obra de teatro con mujeres semidesnudas. Pero, no todos los libros valen lo mismo. Si queremos un clásico el tono de voz se imposta; aquí se puede mencionar algún otro libro del mismo autor que conozcamos —no importa si lo leímos, el librero creerá que sí— o decimos al pasar un dato de su biografía. El inconveniente se plantea cuando el título elegido no goza de prestigio en los salones literarios. O, peor aún, nos avergonzaría que el vecino que nos vio a través de la vidriera se enterase de lo que estamos por pedir:

—¿Tenés el libro nuevo del filósofo Jorge Rial? (risas).

—(El librero esgrime una mueca por cortesía) Sí, acá está.

—Me lo llevo, para leer una boludez en la playa.

Epílogo

 

El libro-objeto goza de un prestigio indiscutido. En tiempos pasados significaba poder: algunos ejemplares solo pertenecían a gobiernos y a la Iglesia. Esta última engrosó sus filas de afiliados gracias a la Biblia, el libro con más ediciones a lo largo de la historia. Actualmente, evidencia conocimiento, apropiación de bienes culturales. No importa qué digan ni cómo lo digan, la presencia del libro-objeto es elemento semiótico cargado de significación.

Diferenciándose de otros formatos impresos en papel para la lectura, el libro continúa vigente. La ola del progreso que todo arrasa, encontró un dique de contención. Preferimos la manipulación del papel, la conservación y la exhibición fetichista. ¿Conveniencia económica de los editores, atraso tecnológico, la emotividad que evoca Saramago, resistencia cultural? La respuesta tal vez sea una constelación de todo. Lo cierto es que como lectores-consumidores seguimos eligiendo el papel.

Los sectores medios-altos compran, en diferente medida, libros. Quien finalice la lectura de esta nota no tardará más de unos instantes en girar la vista y encontrar, en la casa, algún ejemplar.

Los relevamientos evidencian que consumimos, mayoritariamente, la novedad. Preferimos lo que luce en las vidrieras. El marketing funciona. Lo que de por sí no es un problema, lo sería en caso de que esa fuera nuestra única posibilidad y única elección. Tomando en cuenta las amplias derrotas culturales a las que son sometidas las sociedades estructuradas en la lógica del mercado, el hecho de que —aun sin afiches, sin publicidad en los medios masivos de comunicación, ni parafernalia de promoción— lo otro también se consigue, puede considerarse una victoria, o al menos un empate. Hay ediciones económicas, de bolsillo, que cuestan menos de la mitad que las novedades. La librería sigue siendo un reducto de batalla en la que podemos elegir, dentro de lo que han editado para nosotros.