A bancar la parada

Aguafuertes marplatenses de un renegado periodista nacido en el Interzonal. Ojo de halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la sopa).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

Conozco un par de colectiveros que son buena gente. Los demás me parecen un poquito abyectos, desclasados, resentidos, misántropos, taimados, maleducados, carentes de empatía y del más mínimo sentimiento, plagas de la sociedad, canallas, huecos, cancheros y una amenaza para la armonía de la especie humana. Si bien no me gusta generalizar, no es un gremio que me caiga muy en gracia.

 La primera vez que tomé un colectivo solo, tendría yo unos 10 años. Mis nervios por la proeza de ese primer viaje deben haber sido grandes, porque al momento de bajar, y tratando de remedar el gesto piola de los mayores de hacerlo con el coche en movimiento, me tiré cuando el transporte iba a unos 40 km/h. Ni bien se abrieron las puertas, jump, salté a la calle, sin siquiera la secuencia lógica de hacerlo corriendo para disminuir el impacto. No, caí con los pies juntos como esos paracaidistas que improvisábamos atándole bolsas de nylon a soldaditos que lanzábamos desde el techo. De tal suerte que mi cuerpo heredó toda la energía cinética que traía el 551 y se puso a dar tumbos como una botella vacía y atormentada por la inercia. Después se escuchó la frenada hidráulica de la unidad, que detuvo su rueda delantera muy cerca de mi cara. Y gritos desde adentro y ganas de dormirme un instante sobre la rugosa calidez del asfalto.

Mi madre estaba atendiendo su peluquería como siempre. Habrá sido fuerte la impresión al ver que se detenía un colectivo que no pasaba por casa, y de allí bajaba un hombre de camisa celeste cargando a este salame con la nariz sangrando.

Ahora que lo pienso, no pudo ser ese el momento en que me empezaron a caer mal los profesionales del volante. Contado así, aquél tipo fue un héroe, una especie de Forrest Gump llevando en brazos a Bubba para ponerlo a salvo. No se por qué no me hice colectivero después de caerme mal.

No, yo creo que lo que odio es todo el maldito sistema de transporte. Y sabemos que nos sobran los motivos. Ellos vienen a ser la viva encarnación de ese engendro irreparable que es el servicio concesionado de colectivos. Pobres, capaz que de lo único que son culpables es de ser apenitas patoteros con los concejales cuando se ponen remolones para aumentar el boleto. Y no son todos los que van y amenazan, solamente algunos especialmente entrenados por los empresarios.

También odio esperar. Cualquier cosa. No me gusta esperar. La espera es tiempo propio que se lleva otro, tiempo perdido. En alguna parte debo recordar que un tal Lavoisier nos alertó que nada se pierde y todo se transforma. Así que a ese tiempo que creemos perdido lo imagino derramado hacia un sistema universal de drenaje que desemboca en un enorme depósito que le da eternidad a determinado ser que se ríe de nuestra finitud de perdedores de segundos, minutos, horas, días. Cuando espero me acompaña la certeza de sentirme observado. Los infinitos devaneos existenciales del “hacer tiempo”, son el paraíso inalcanzable para los que pecamos de impaciencia. El tiempo es el otro. El tiempo es del otro, de ese que sabe hacer tiempo. La espera es tiempo propio que se lleva otro y nos deja cierto sabor a tiempo perdido, de ser otro.

Es que tengo un toco con el tiempo. Lo mido, lo controlo, trato vanamente de asirlo, aunque ese control se me escapa sistemáticamente, en una sociedad que tolera la impuntualidad hasta límites perversos. Si tenés que encontrarte a las cinco, es como admitir que la cita será entre las cinco y las cinco y media; bueno, yo llego menos cuarto. A veces doy una vuelta de más para no dar/me vergüenza, pero no podré retenerme mucho más allá de menos cinco. En punto estaré mirando la puerta. Un minuto después estaré tratando de convencerme de que los relojes no están todos coordinados. Cinco minutos pasadas las cinco aun tendré tolerancia por el otro, que se me terminará cinco y diez. De allí en adelante todo será furia contenida. Así me va. Una vez fui a una fiesta de quince cuando los mozos aún no se habían puesto los moños. Escarnio y sufrimiento forman el particular infierno del puntual, del que debe dar las explicaciones de su puntualidad patógena, como un vegano que va a un asado.

El colectivo en el horizonte puede ser la utopía que avanza hacia mí sorteando semáforos, o puede ser otra línea, la que me lleva a ninguna parte. Por más que me pare en la mitad de la calle, no llegaré a ver de qué se trata hasta que esté a un par de cuadras. Allí sobrevendrá la decepción o la algarabía de conseguir el pasaporte a otra vida, la de mi casa, adonde me esperan el pez (ahora tengo un pez), la tele, la compu y un pedazo de tarta. Prendo un cigarrillo, para descubrir un instante después que no era una carnada infalible.

El pobre chofer, al final, es solo un engranaje más del sistema. Ya no pienso todo eso que dije al principio. O lo pensaré la próxima vez que me mire por el espejo retrovisor mientras lo corro dos cuadras. Sólo para detenerse, darme una esperanza, y volver a arrancar lleno de sadismo y con una carcajada satánica que le dobla la nuca.