Hasta que la merluza diga basta

Para preservar el principal recurso natural que sostiene la industria portuaria marplatense existen vedas y cupos de pesca. En su desesperación por sostener la rentabilidad del millonario negocio, las empresas del puerto enfrentan a la naturaleza y empujan esos límites, provocando cambios en el ecosistema. Por su parte, las autoridades de control miran para otro lado. El resultado es uno y está tensando el futuro del puerto: la merluza se agota.

Hasta que la merluza diga basta I

Fotos: Federica González

El fenómeno ocurre lejos de 12 de Octubre y Edison, el corazón del puerto marplatense. Se desarrolla a miles de kilómetros. Una columna de agua azul, tan fría como cristalina, cobija la transformación del ecosistema marino; un proceso biológico y medioambiental que fomenta el avance de algunas especies y el retroceso de otras.

En esa lucha silenciosa está en juego el futuro de la pesca marplatense tal cual la concebimos en la actualidad. La que se sostiene en la más grande flota fresquera de altura de Argentina, que depende de la merluza hubbsi, la columna vertebral de la pesca made in Mar del Plata.

De carne blanca, con poca espina, apetecida en paladares y culturas tan disímiles como Rusia, Brasil y Francia. La explotación sostenida de esta especie ha sido la rueda que le permitió a una docena de empresas rodar hasta convertirse en grupos integrados con todo tipo de barcos para, justamente, no depender tanto de ella.

En la merluza descansa la generación de casi todo el trabajo que se origina en el puerto. Los tripulantes que atan sus salarios a la cantidad de mareas que hace el buque; los estibadores que mueven los cajones de la bodega de los barcos hasta el camión por casi 700 pesos en el bolsillo por cada turno de 6 horas. Los transportistas que llevan la carga a las plantas procesadoras; peones, fileteros, envasadores y camaristas, ven en primer plano su transformación de una pieza entera con la panza plateada y escamas dóciles, a dos filet sin piel que representan entre el 44% y 48% de su peso original. Después se los limpia y enjuaga para darle un shock térmico que permite ganar un poco más de peso en agua congelada.

Nada de la merluza se tira. Se saca la “cococha”, un trozo de carne blanda debajo de la boca que cotiza a razón de 100 euros el kilo en los mercados concentradores de Europa. Y lo que queda se convierte en harina. Las empresas entregan los desperdicios gratis a cambio de los cajones donde almacenarán el pescado fresco en la próxima marea.

De la mano de la merluza también cobra el obrero naval, que repara los barcos en talleres y astilleros. El empleado de comercio, en la colección heterogénea que decora 12 de Octubre y hasta el mozo del Café D`Oria, que ya no saca otro sueldo en propinas. Nadie puede vivir sin merluza.

Merluza negra

Y la merluza es precisamente lo que falta desde hace un par de años en el puerto. Más allá de que la estadística oficial maquilla los números negativos, no hay peor constatación que recorrer las calles del puerto para advertir la parálisis.

“La mayoría de nuestros compañeros están cobrando el garantizado, que no llega a los 4 mil pesos”, denuncia Cristina Ledesma. La secretaria General del Sindicato de Obreros de la Industria del Pescado (SOIP) no dice públicamente lo que sospecha. Que el pescado que falta en la mesa de fileteado es el pescado negro, el pescado que no se declara, que no figuraba en la estadística.

Ese cajón que en los muelles todos saben su precio: $20 para que los inspectores de pesca no lo contabilicen como merluza sino que lo conviertan mágicamente en otra especie, como savorín, pargo o pescadilla. La maniobra tiene años de vigencia en el puerto marplatense; cuando arrancó, cada cajón tramposo costaba $2. Ese cajón por izquierda no se descuenta del cupo asignado a cada barco. Todos saben de la metodología pero no hay quien le ponga freno a esta manera singular que encontraron para estirar el cupo.

Ledesma se enfrenta a una batalla cotidiana ante la ausencia de pescado fresco. La falta de merluza hace descalabrar todo el sistema: empresas que cierran, como Barillari, y deja 120 obreros en la calle; Costa Brava, que tachó a 50; Arhehpez, que aportó otros 120; Tres Marías, 55. La lista de desempleados en el sistema informal, en el mundo gris de las cooperativas y el negro de las plantas clandestinas, es mucho más amplia.

Hasta que la merluza diga basta II

Mal de ausencias

Y la merluza falta por varias razones fundamentales. La sobre pesca que se aplicó sobre el recurso menguó las concentraciones de los dos efectivos de hubbsi. Hace 20 años si se suman las descargas de la estadística oficial que lleva la Subsecretaría de Pesca, con las subdeclaraciones estimadas por el Inidep, se rozó el millón de toneladas. En los últimos años, la misma estadística oficial indica que no se llegó a pescar siquiera la captura máxima permisible de 310 mil toneladas.

La falta de controles generó alteraciones y la estadística oficial sobre desembarques no refleja la realidad de lo que pasa en el mar. Desde que la merluza se cuotificó cada barco recibe un cupo, una porción de la captura máxima permisible anual que establece el Consejo Federal Pesquero a partir de las recomendaciones del Instituto Nacional de Investigación y Desarrollo Pesquero. Desde que cada barco tiene una cuota, analistas del sector pesquero estiman que se pescó entre un 20% y un 30% más de lo que dice la información de la Subsecretaría de Pesca. Traer merluza y declarar otra especie.

Además de hacer millonarios a un grupo de piezas claves en el rompecabezas de la hubbsi, esta especie de baile de disfraces trajo serias consecuencias al sostén del circo. El estado biológico del stock de merluza que se encuentra al norte del paralelo 41º de latitud sur, el más próximo al puerto marplatense, es más que precario. Las autoridades han impuesto una zona de veda durante su ciclo reproductivo aunque las capturas se siguen componiendo mayoritariamente de ejemplares juveniles.

Observar la evolución de los desembarques sobre el stock del norte es mirar un viaje en tobogán. En 20 años las capturas declaradas sobre esas concentraciones de merluza disminuyeron un 80%. En 1995 se declararon capturas por 128.364 toneladas. Una década después el aumento del esfuerzo pesquero al ser mayor a la tasa de crecimiento del recurso generó un impacto devastador: los rendimientos cayeron a la mitad. Se descargaron 61.280 toneladas. El año pasado, apenas se desembarcaron 24 mil toneladas. La fuente es la misma cartera de pesca nacional.

Sobre el efectivo sur, el principal de la pesquería, se ha dispuesto una zona de veda permanente de protección de juveniles, de 12 mil km2, más un adicional de esfuerzo restringido. Ambas medidas de manejo han permitido una recuperación incipiente de la cantidad de peces disponible para ser pescada por la flota comercial.

La estadística oficial reporta que en este sector al sur del paralelo 41 la flota nacional pasó de desembarcar 449 mil toneladas en 1995, a 296.666 en el 2005. La pérdida de capturas siguió evolucionando y el año pasado se contabilizaron apenas 232 mil.

“La responsabilidad de las autoridades es central para administrar la transformación del sector. Cualquier intervención del Estado para resolver la crisis debería ser acompañada de un incremento significativo de la transparencia en la gestión pública y privada de la pesca, en el marco de un plan explícito y consensuado”, sostiene Guillermo Cañete, coordinador del Programa Marino de Vida Silvestre.

La merluza, o su falta, eleva la tensión de la cuerda donde flamea la bandera blanca de la paz social en el puerto. Porque la flota marplatense es merluza dependiente. Del total de hubbsi que se descargan en todos los puertos, el porcentaje que se desembarca en Mar del Plata ha ido incrementándose con el correr de los últimos años. Los números oficiales de la Subsecretaría de Pesca permiten descubrir que en la última década pasó de recibir 4 de cada 10 kilos, a 6,5 kilos de cada 10. La porción es más grande pero la torta es más chica.

Una serie de factores explican el fenómeno. La concentración de cuota en armadores locales a partir de la adquisición de barcos con permiso para pescar merluza que antes operaban en la Patagonia, y la mayor injerencia de barcos congeladores en los desembarques. Barcos propiedad también de armadores locales. Hace 15 años este tipo de buques/fábricas flotantes se contaban con una sola mano. Ahora se necesitan hasta los dedos de los pies.

Los números que aporta la Subsecretaría son claros. En el 2005, sin la concentración de barcos arrastreros que operan actualmente en el puerto marplatense, de las 240 mil toneladas de hubbsi desembarcadas, dicha flota aportó 86 mil toneladas del stock sur y los fresqueros, 177 mil. El año pasado, de las 233 mil totales, los fresqueros aportaron 115 mil y los congeladores, 94 mil. Esa merluza procesada y congelada a bordo por fileteadoras automáticas y envasadas directo para su exportación no agrega valor a la cadena en tierra.

Hasta que la merluza diga basta III

Mal negocio

La merluza también brilla por su ausencia porque ya no es negocio pescarla, dicen los empresarios del sector. O tan buen negocio como era antes, “cuando la zona de pesca estaba más cerca del puerto, el dólar era competitivo y los costos laborales y de combustible todavía no tenían una importancia preponderante como lo tienen hoy en día”. En cada reunión ministerial a la que son invitados, los armadores señalan que en su estructura de costos el combustible y los salarios del personal embarcado representa más de un 70% de la venta del pescado en muelle.

Reprochan que, desde el año 2010 hasta la fecha, el SOIP ha tenido incrementos salariales de un 177% y el precio del gas oil en igual período se incrementó en un 210%, mientras que en ese lapso el tipo de cambio no superó el 115% de variación. “La diferencia entre esos conceptos fue soportada por las empresas, que perdieron su capacidad de ganancia y fueron consumiendo sus stocks para poder abonar esa diferencias”, asegura Fernando Rivera, abogado laboralista y desde hace más de un año, Presidente de la Cámara de la Industria Pesquera Argentina (CaIPA), que agrupa las principales empresas del sector, como Moscuzza, Solimeno y Valastro.

“Si a esta distorsión le sumamos los perjuicios originados por la demora en la devolución del IVA, en la tasa sobre el gas oil que deben abonar las empresas, tasa que se estableció para el fomento y desarrollo de las autopistas, que es evidente que los barcos no pueden utilizar, que en el caso del pago de los reembolsos llega a los 3 años, que abonamos derechos de exportación, que no tenemos rentabilidad en los productos que se elaboran en Mar del Plata, todo termina en una situación terminal que afectará el nivel de ocupación en la industria”, amenazó Rivera en un comunicado de diciembre pasado.

Hoy el armador de un barco fresquero de 5 mil cajones debe pagar medio millón de pesos para iniciar la marea. Eso sale el combustible para navegar más de 50 horas hasta llegar al área de pesca, pescar durante 5/6 días y pegar la vuelta con lo que tocó en suerte. En la última semana de mayo CaIPA volvió a insistir con lo mismo: la recuperación de rentabilidad para hacer mover la rueda.

Hasta que la merluza diga basta IV

Las penas son de los otros

“Hoy a los armadores no les resulta rentable salir a pescar merluza y muchos prefieren tener a los barcos parados antes de pescar y perder plata”, dice Pablo Trueba, secretario General del Sindicato Marítimo de Pescadores (SIMAPE). El dirigente calcula que en lo que va del año hubo 200 mil cajones menos de pescado fresco descargado en el puerto. A 35 kilos por cajón, 7 millones de kilos de pescado fresco que faltó en la mesada fría de los fileteros.

Fruto de la sobrepesca, las mayores concentraciones de merluza se encuentran al borde de la zona de veda, a la altura de las provincias de Santa Cruz y Tierra del Fuego. Es imposible trasladar la estructura productiva montada en Mar del Plata a miles de kilómetros.

Más allá que vayan provistos de hielo en escamas, que atempera el proceso, la merluza comienza a descomponerse después de los 13 días. Extender la búsqueda, o enfrentar un prolongado periodo de mal tiempo altera todos los planes. Los altera pero no los cambia. Hoy es frecuente que los obreros que cortan el pescado protesten porque llega completamente podrido a la mesa del fileteado.

“Nosotros estamos cansados de trabajar con merluza podrida”, sentencia Isabel Alegre, envasadora de 44 años, que hace 10 trabaja en la empresa del Grupo Mattera. Hace seis años que fue registrada bajo Anexo PyME del CCT 161/75 que liga al SOIP con CaIPA.

Antes trabajó en la cooperativa “Costa Sur”, dentro del propio frigorífico de la calle Guanhani en que lo hace ahora. En dosis homeopáticas, claro. En el último año, Isabel solo en dos meses llevó un sueldo digno a la mesa de sus 5 hijos. Vive en una casita a medio terminar en el barrio Las Heras.

En esos días de trabajo arduo, junto a sus compañeras completaron 80 bandejas de 7 kilos de filet de merluza. En lo que va del año, la llaman uno de cada 3 días y solo para hacer 13/15 bandejas. Con este nivel de trabajo no puede cobrar más que el salario garantizado. Menos de 4 mil pesos.

“Se te desarma en la mano, tenés que rearmar cada filet en dos o tres pedazos”, describe la obrera. Todo ese pescado va congelado en bloques a Brasil, que el año pasado compró por casi 40 mil toneladas, transformándose en el principal comprador de la merluza marplatense.

Hasta que la merluza diga basta V

La revolución silenciosa

El sol, la energía que llevan los rayos solares, son una pieza clave para la vida marina. Como esa energía es sostenida en el tiempo, los científicos que abonan el enfoque ecosistémico dicen que si aumenta fuertemente la abundancia de algunas poblaciones, otras deberían estar disminuyendo.

Eso estiman que puede suceder con la sobre abundancia de langostino. Y uno de los recursos que estaría retrocediendo en esta batalla en las profundidades del mar es la merluza hubbsi. Lo piensan porque no tienen posibilidades de verlo en vivo y en directo. El INIDEP hace más de un año que no realiza campañas de investigación por un reclamo del personal embarcado. Hay antecedentes en otras pesquerías del mundo que invitan a sembrar esta hipótesis.

”Esa energía que se mantiene siempre constante, nunca se pierde cuando disminuye una población; solo se transforma”, explican los manuales del biólogo marino. En el INIDEP nadie se anima a hablar del tema públicamente porque no hay muestras ni datos que avalen este fenómeno.

Tal vez la falta de voluntad política para solucionar el planteo de los tripulantes de los barcos de investigación tiene motivos adicionales a la falta de encuadre gremial del SIMAPE. Tal vez nadie quiera corroborar en un informe técnico la involución de la merluza. A falta de campañas las especulaciones sobran en el INIDEP.

Cuando la presión de pesca es muy fuerte, sobre todo en poblaciones de peces, éstas son llevadas a niveles muy bajos o mínimos de ejemplares reproductores. Por consiguiente, producen menos descendientes y se altera la cadena trófica. Las especies que ofician de alimento de estas otras especies, comienzan a sobrar. La energía que sobra es aprovechada por especies mejor adaptadas para la presión de pesca y que ya no tienen competencia para llegar al alimento que les permite crecer, desarrollarse y seguir reproduciéndose.

Los científicos explican que, en general, los invertebrados que tienen crecimiento rápido, producen miles de descendientes y son más resistentes a la presión de pesca. El langostino y el calamar son dos recursos que no han parado de crecer en los últimos años. Hace una década se desembarcaban menos de 20 mil toneladas de langostino. En el 2014 se descargaron 127 mil toneladas.

Esa es la batalla silenciosa que ocurre lejos del bullicioso movimiento de 12 de Octubre. Esa es la lucha que parece perder la merluza. La que altera los ánimos en el muelle y crispa el humor en las desangeladas plantas de procesamiento. La que pone en jaque a toda una industria y las criaturas que la hacen girar. La que dibuja un panorama oscuro sobre el porvenir. La que puede correrle el maquillaje a la Mar del Plata de los 12 meses, a la ciudad inclusiva, pero que contempla de manera parsimoniosa como se descompone en mil partes el motor principal de la economía doméstica.