Y dios que no existe

El ingeniero y activista ateo Fernando Lozada construyó desde la razón un sistema de creencias que explica la espiritualidad y ubica a la cuestión atea como una lucha de identidad. Desde bien chico caminó la iglesia, leyó el culto católico y fue parte de sus rituales. Pero nunca creyó. La siguiente es una charla sobre la fe.

 Fotos: Federica Gonzalez y Romina Elvira

Año 2015. La pregunta sobre la existencia o la inexistencia de dios todavía no tiene respuesta concreta. Dios, pese a quien le pese, es una idea tan sólida, tan bien incrustada en la sociedad que ni la ciencia ha logrado quebrarla. Dios se dobla, cambia de forma, se agranda, se achica, muere y resucita, pero nunca desaparece.

Muere sin desaparecer.

Desde tiempos inmemoriales dios marca el pulso de la sociedad, se mantiene intacto en sus valores y empuja mercados y crea mundos y si es necesario se queda bien quietito sin siquiera parpadear. No sabemos si es su voluntad. A decir verdad no sabemos casi nada de dios. Todo es una suposición, una sugerencia que en algunos casos, en los extremos, cumple el rol de verdad indiscutible.

Hay dioses milenarios y dioses nuevos, flamantes, más livianos y actualizados. Dios está ahí. Viene en todos los talles y en todos los modelos. Es protagonista de las mejores historias que pudo contar el ser humano. Es el más absoluto: el fin de toda pregunta, la contradicción más espectacular. Es, todavía en el siglo XXI, el mayor interrogante de todos los tiempos.

Es dios.

Y tiene sus detractores, claro.

Dios sin detractores sería un ente opaco, deslucido, no tendría batallas que ganar: probablemente no sería tan dios, porque dios, cada tanto, tiene que tener a alguien a quien vencer. Esos que dan batalla son los ateos. Ateos, no agnósticos. Los agnósticos navegan aguas más calmas. Van tranquilos. El ateo se preocupa por apoyar su postura en un cuerpo argumentativo racional, lógico, lo más científico y terrenal posible. Llevan los bolsillos repletos de datos y definiciones. Redefiniciones. La discusión es su campo de batalla.

En esa batalla Fernando Lozada avanza a capa y espada. Es marplatense, nació en 1973, se recibió de ingeniero y se especializa en biotecnología. Su formación como activista ateo comenzó temprano. Hizo la primaria en el Colegio Jesús Redentor. Y el secundario en el Pablo Tavelli. Desde bien chico caminó la iglesia, leyó el culto católico y fue parte de sus rituales. Pero nunca creyó.

“Mi adolescencia marcó lo físico. Lo que cada uno siente o valora como parte de su identidad. Vos hablás con cualquier persona trans y te dice que siempre tuvo un conflicto con su género asignado. Hay cuestiones que tienen que ver con cierta afinidad a algunas corrientes ideológicas casi como una cuestión física. Yo nunca tuve fe religiosa, nunca supe qué es eso”, dice.

Durante el secundario, Fernando comenzó a formularse preguntas. Así llegó a la filosofía de Nietzsche y entendió, por primera vez, que se puede ser feliz sin creer en dios. “Tuve un padre bastante autoritario y siempre me rebelé contra el autoritarismo. La religión es autoridad, dios es una autoridad, el dogma es una autoridad. Eso siempre me trajo infelicidad, tanto con el catolicismo como con cualquier fe religiosa”, dice.

De Nietzsche pasó a textos más fuertes en busca de eliminar todos los dogmas, no sólo religiosos —explica— también los que están relacionados con cuestiones de género, de sexualidad, de cultura, etcétera. “Esa es la construcción de uno mismo. Uno es una cosa moldeable y uno se va conociendo a partir de que somos responsables de construirnos. Como dice [Jean-Paul] Sartre: Uno es lo que hace de lo que hicieron de nosotros. Hay cosas que uno no va a poder cambiar, pero se puede trabajar bastante”, dice.

El discurso de Fernando Lozada es esencialmente político. Está diseñado así. Es un ensamble de ideas pulido al detalle. Es el discurso de un obsesivo que buscó los argumentos para llevar la discusión del ateísmo al terreno de lo identitario. O sea: una discusión social con base científica que pregunta por el poder más grande que rige la humanidad y que define al sujeto.

Una guerra, una muy cruda.

—¿Las cuestiones ideológicas pueden entenderse como cuestiones de identidad?

—Si la identificación con una ideología es suficientemente fuerte como para que el individuo sienta que eso lo define como tal y le genera sentido de pertenencia, podemos decir que es una cuestión identitaria.

—¿El ateísmo es una ideología?

—El ateísmo es únicamente un principio, la negación de la existencia de dios o deidades, ser ateo no implica ningún deber. No existe una moral o doctrina atea, pero el ateísmo sí puede ser componente de una ideología o sistema de creencias no necesariamente adogmáticas. En mi caso he tratado de eliminar toda componente dogmática para reconstruirme y desde el ateísmo formé una ideología con fuertes componentes racionalistas, humanistas, hedonistas y utilitaristas que me definen.

—Hablás de componentes utilitaristas y hedonistas. ¿Por qué el ateo militante dedica esfuerzos a explicar y divulgar la inexistencia de dios? ¿En qué le mejoraría su vida?

—A mí ya me aburre eso. Bastante. Le dediqué mucho tiempo de mi vida. Ya está.

—¿Por qué te aburre? ¿Te diste cuenta de que la fe no se anula con la explicación racional?

—Eso por un lado. Y me aburre por obvio. Ya no hay desafío. La mayoría de las proposiciones de dios son fácilmente falsables desde lo racional. Me meto en estas discusiones cuando sirven a planteos interesantes y de manera contundente. Cuando alguien rige su vida y arma un sistema ético sobre la base de la fe, y ese sistema es perjudicial para el entorno, está bien cuestionar el origen de ese sistema.

—Vos hablás de lo fácil que es falsar, pero la demostración científica sobre la inexistencia de dios todavía está incompleta, por poquito, pero está incompleta.

—Sí, pero en las últimas noticias sobre la formación del universo hay un dato clave: la suma de toda la energía del universo da cero. No hace falta un dios que aporte nada.

—Podemos decir que la inestabilidad de la nada es dios. Y listo.

—Sí, pero bueno, desde un juego de palabras podemos decir cualquier cosa. La verdad, me interesa más cuestionar las reglas morales emanadas de dios que cuestionar a dios mismo.

—¿Por ejemplo?

—Los mandamientos. Las reglas morales están puestas sobre las emociones y no sobre las conductas. Y eso es perverso. Cuando te dicen que amarás a dios por sobre todas las cosas te están pidiendo que generes un sentimiento. Si el deseo aparece antes de la acción, ahí está la perversión: uno siempre va a estar en falta. Si vos ponés la norma moral en la acción no hay culpa. Decir No desearás… es imposible. Estás en pecado indefectiblemente. Y el que administra esa culpa tiene una herramienta de poder. Esa es una crítica importante, y no tanto el tema de la inexistencia de dios.

Y dios que no existe II

En la década de 1960, en la Argentina había un 90% de creyentes católicos, un 8% de otras religiones y apenas un 2% de no creyentes. Para 2008, los creyentes católicos disminuyeron a un 77%, según la Primera encuesta sobre Creencias y Actitudes Religiosas en la Argentina, elaborada por cuatro universidades nacionales y el Conicet. De ese 77%, apenas el 30% es católico practicante. Mientras que la cantidad de no creyentes aumentó al 11%. Estos números encendieron una alarma en las altas esferas eclesiásticas, los sintieron, en especial, por la falta de jóvenes interesados en formarse como curas.

Es curioso: ese 11% de no creyentes tiene muy poca visibilidad. Por ejemplo, la comunidad judía es ínfima, en Argentina hay 200 mil judíos, un 0,5% de la población. Incluso en el mundo son pocos, se calcula que hay sólo 8 millones. Sin embargo, su visibilidad es imponente: medios de comunicación, presencia institucional, organizaciones, participación en la agenda política. Parecen más de los que son. Los ateos son 22 veces más numerosos y siguen creciendo. Pero casi no hacen ruido.

Tener poder vs. No tener poder.

—¿Creés que alguna vez el mundo va a ser ateo?

—No creo. Y no me interesa luchar por eso. Ni generar más ateos. Simplemente busco una sociedad que respete a los ateos. Que no se oprima a los que no tenemos fe.

—¿Te sentís expulsado?

—Es bastante clara la permanente invisibilización del no creyente y el uso del ateo como sinónimo de persona amoral y carente de valores. Ser ateo hoy es una cuestión de identidad. La lucha es por la identidad, por el orgullo de ser ateos.

—Por lo que veo, tu lucha no es filosófica.

—No. Me importa poco lo filosófico. Porque la lucha filosófica cae en abstracto. Acá estoy poniendo en juego que hay un sector que hace todo lo posible para que yo no exista. Mi identidad les molesta. No tener fe es algo peligroso para un sector del poder que con la fe construye más poder. Como existen ellos, yo tengo la necesidad de defender esa porción de mi identidad.

—¿Por eso los ateos en Argentina accionan en concreto y casi exclusivamente contra la iglesia católica?

—En realidad, vamos en contra de la corporación. Criticamos todos los dogmatismos por igual, pero el que nos oprime es uno, mayoritariamente, acá en Argentina.

—¿Será que la lucha filosófica ya está perdida?

—Un poco sí. La lucha filosófica es para muy poca gente. Son debates que para el que está de afuera terminan siendo eternos y aburridos. Hay que estar muy embebido con las distintas corrientes filosóficas y con las falacias y las estrategias de argumentación. A mí me quedó claro con el debate entre Sam Harris [antropólogo, ateo, activista] y un rabino, en el canal judío. Uno piensa que el religioso perdió ampliamente. Pero el religioso sigue pensando que tiene los mejores argumentos.

Fernando Lozada ha recorrido el mundo dando charlas y participando en debates sobre la causa atea. Es portavoz para Latinoamérica y Director de la Asociación internacional del LibrePensamiento (AILP), dirigió cuatro ediciones del Congreso Nacional de Ateísmo y es Miembro fundador y ex presidente de la Asociación Civil Ateos Mar del Plata, entre otros incisos de un currículum que ocupa más de tres páginas acuatro. La estrategia discursiva de sus análisis, por oficio de orador, es la síntesis. Busca desarrollar temas complejos del modo más accesible. He ahí otra señal de su objetivo: incluso en la forma su esencia es política.

—¿Cómo se puede definir a un ateo?

—Hay tantos ateísmos como ateos. Y eso es bueno, porque el ateísmo no tiene una doctrina.

—No la puede tener.

—No la debería tener. Ateo no es solamente negar la existencia de dios. Con eso no alcanza, porque puede haber ateos dogmáticos, como el religioso más dogmático. Mi ateísmo parte del rechazo visceral a un ser superior, más allá de las definiciones, que son miles. Yo niego a dios por ser una concepción de tipo dictatorial, que me señala como un ser insignificante y al cual debo sumisión. De ahí parto. Pero creo que el ateísmo no es una elección.

Se hace un silencio en la charla. Y pregunto, repregunto, subrayo sorprendido lo que acabo de escuchar:

—¿No se puede elegir ser ateo?

—No se puede elegir ser ateo ni ser religioso. No son elecciones racionales. Yo no tengo fe. O me asumo como ateo o tengo una contradicción como religioso. Pero no puedo elegir ser religioso. No puedo forzarme a elegir algo. Es como enamorarse, uno no puede forzarse a enamorarse de alguien. Uno no puede elegir ser homosexual, eso no funciona así. Tampoco puede elegir ser mujer si es varón. Por más esfuerzos que uno haga es una cuestión de identidad. Acá lo mismo. La persona que tiene fe no la va a perder, la fe le da algo. Para los que estamos afuera la fe no nos da nada. Yo no puedo elegir la fe. Y el religioso no puede elegir el ateísmo. Se puede perder la fe, pero no es una elección, es parte de un proceso.

—Pero aquel que pierde la fe toma la decisión de perderla, entonces transita el territorio de la razón y demás. Desde tu óptica, la fe se convierte en un atributo biológico.

—A mí me gusta preguntar cómo fue que alguien llegó a ser ateo. Y se ve que hay dos o tres cosas típicas. Alguien que sufrió un episodio que lo hizo cuestionar la fe. Un padecimiento. Ese disparador hace que empiece el proceso de perder la fe. Pero no es una elección. Ese disparador hace que se acerque a otra forma de pensar, pero sin el hecho no hubiera sucedido.

—Insisto: parecería que la fe, desde tu punto de vista, viene incorporada en la genética.

—No. Es como la identidad de género. Vos tenés a esta chiquita Luana [la más joven en obtener un cambio de sexo en el dni] que a los dos años ya manifestaba tener una identidad opuesta al género asignado biológicamente. Es difícil saber cuánta es la carga biológica y cuánto es lo construido culturalmente. Hay muchas discusiones.

—Acordemos que lo genético es muy poco. La construcción cultural modifica lo genético.

—Sí, por supuesto. Por eso las discusiones de la neurociencia. No hay acuerdo en saber si las conexiones neuronales son genéticas o se conectan por la construcción cultural. Es muy difícil. Lo que sí puedo decir es que a determinada edad, cuando uno comienza a tener cierta autonomía, ya manifiesta rasgos o características bastante fuertes. No son todos los bebés iguales. Y desde que nacemos comenzamos a recibir información. Yo no sé si no lograron introducirme culturalmente el esquema para que yo pueda tener fe. Evidentemente no funcionó. El biólogo Richard Dawkins plantea a la fe como un virus que se inocula desde temprano.

—Es espectacular que digas que no se puede elegir ser ateo. Es muy arriesgado defender esa postura. Además de ser determinista.

—La mayoría de los ateos que conozco dicen que sí, que se puede elegir. Yo no. Me aparto de esa postura, digo que no es una decisión racional.

—Aun cuando el ateísmo es la defensa máxima de la racionalidad, la elección de ser ateo no es racional.

—Claro.

—Suena contradictorio. Lo cual no es un problema, pero está bien subrayar la contradicción.

—Para mí no lo es. Porque cuando uno llega a determinado estadio en el cual uno abandonó dogmas, parece bastante razonable que uno después siga por el camino de la racionalidad. Conozco muchos ateos que no son para nada racionales.

—Muchos. Que son los que le hacen daño al ateísmo.

—Sí. La verdad que sí. La decisión racional es aceptarse como ateo. Llega un momento de la vida en que uno se detiene y se pregunta si tiene fe, si la siente, o si no la tiene. Si la fe no rige mi vida tengo que tomar una decisión. O sigo actuando y obedeciendo a un sistema que se basa en la fe. O construyo mi propio sistema de creencias. Ahí está la decisión racional.

—¿Qué es la fe entonces?

—Un sentimiento. Lo pongo en el dominio de las emociones. Por eso es difícil de definir. Como el amor. Cada uno tiene una concepción diferente. Sí hay una coincidencia de cómo se comporta cuando uno siente eso. Habría que ver si existe la fe.

—¿Podrías poner en duda la existencia de la fe?

—Es que al no poder definir bien qué es…

—Pero la fe se ve. Incluso a lo ojos del que no cree. Los fieles, las construcciones, los comportamientos. Podríamos nombrar mil situaciones.

—Se ven las manifestaciones de la gente que tiene fe.

—Sí, lógico, pero son manifestaciones de una profundidad y una intensidad que mueven el mundo. Literalmente.

—Sí. Hay un libro interesante de Daniel Dennett, filósofo, para mí uno de los grandes pensadores, que se titula Romper el hechizo. Y trata este tema de la fe. Tira muchísimas hipótesis. Es un filósofo que construye su pensamiento desde el sustento científico. Cuando desarrolla qué es esto de la fe desarrolla teoría evolutivas a partir de dónde empieza a manifestarse, busca los lugares de cerebro y demás. No hace filosofía con ideas aisladas, busca herramientas y después construye filosofía. Una de sus hipótesis es que la fe se siente porque es útil para la supervivencia. Aquel que pelea con vocación religiosa llega hasta el final. En un ejército de personas racionales, la mayoría no elegiría morir por una causa o por una idea. La fe, por ejemplo, puede ser una herramienta evolutiva de supervivencia. Y la fe pudo haber quedado desde esos tiempos.

—Como si la batalla hubiese terminado. Podríamos discutir si terminó. Parece bien armada esa hipótesis, pero aun así, la fe está.

—Está, pero es difícil saber qué es. Sabemos que la gente que tiene fe se comporta de determinada manera. Pone la fe por sobre la razón. Porque la fe es la aceptación de algo sin la necesidad de una explicación.

—¿Los ateos tienen creencias?

—Sí. Los ateos tenemos muchísimas creencias. Pero no son de tipo dogmático.

—¿Incluso creencias irracionales?

—Partamos de una base, todos tenemos sistema de creencias. No se puede vivir sin un sistema de creencias, es lo que nos permite vivir ágilmente. Y sí, los ateos tenemos creencias subjetivas e irracionales. Esto es muy interesante y no se escucha demasiado desde el ateísmo. Yo hago una diferenciación entre creencias: fundadas e infundadas. Las fundadas son las que tienen argumentos muy sólidos, con demostración matemática, validadas. También están las fundadas con márgenes de error, las estadísticas, por ejemplo. Pero también están las que no son fundadas, que no puedo saber si son ciertas o no. Por ejemplo, el amor de pareja. Yo creo que mi pareja me ama, pero no puedo saber si me ama, ni siquiera con su comportamiento puedo saberlo, pero lo acepto y le creo. Son creencias no racionales que nos permiten vivir.

—¿Y cuál es la diferencia con el que profesa una fe religiosa?

—La diferencia con el dogmático, que arma sus creencias por fe, es que cree que son verdades. El que tiene un sistema de creencias irracionales e infundadas fuera del dogmatismo sabe que son subjetivas. Ahí está la gran diferencia. Mis creencias subjetivas son sólo válidas para mí y ni siquiera sé si son del todo verdaderas. El que arma creencias subjetivas por la fe las ubica en el terreno de lo incuestionable.

La charla, de a poco, permite preguntas abstractas que, estoy seguro, van a tener respuestas concretas. El traslado de lo abstracto a lo concreto parece la especialidad de Lozada. Casi como un juego: construir argumentos racionales para todo. Explicar el mundo. Este mundo. El que se toca, el que se puede definir como real, el que se mide y se transforma. Y ponerlo por encima de otros mundos, los mundos celestiales, por ejemplo. Si es que existen.

—¿Qué es el alma?

—Yo prefiero usar la palabra espíritu, por una batalla del lenguaje elijo la palabra espíritu. Pero se puede aplicar a cualquiera de las dos. Para mí, el espíritu es el ordenamiento particular de la materia orgánica en un momento determinado que al mismo tiempo es cambiable. Y que finalmente es una propiedad emergente de un sistema complejo. ¿Quedó medio raro?

—Se entiende. Pero puede haber un componente místico en esa explicación.

—¿Por qué?

—Porque de alguna manera no tenés certeza de ese ordenamiento. No lo podés explicar, da lugar a muchas hipótesis, entre ellas la mística.

—Es que tampoco podés explicar la cantidad de probabilidades de un sistema neuronal. Los sistemas complejos tienen propiedades emergentes. El espíritu o el alma sería una propiedad emergente a ese sistema complejo, que se manifiesta en nuestro carácter y en nuestra personalidad. Y es cambiable. Mi espíritu es distinto al de hace diez años y va a ser distinto al de dentro de diez años.

—Es interesante que un ateo no niegue la espiritualidad.

—Creo que es importante dar batalla en ese terreno. Yo no niego la espiritualidad, todo lo contrario. Pero no es lo mismo que para un creyente. El espíritu es lo que vos podés hacer con ese ordenamiento de la materia. Las religiones dan recetas para la espiritualidad y no todas las acciones que te piden esas recetas son gratificantes. La no creencia en dios ni en los dogmas te da un amplio margen de libertad para explorar tu espiritualidad. El ateísimo, bajo esta perspectiva, es muy espiritual.

— Es estratégico lo que decís. Te querés apropiar del concepto de espiritualidad y llevarlo también para el ateísmo.

— Por supuesto. Más que apropiar, prefiero hablar de recuperar la espiritualidad.

¿Por qué creés que hay tantos creyentes si la refutación de dios y la explicación del alma es tan racional?

—Habría que ver si los que creen realmente creen o aceptan. Que no es lo mismo. Una cosa es creer y otra arrastrar cuestiones culturales.

—A ver. Desde la explicación científica queda bastante claro que es altamente probable que dios no exista. Aún así se sigue creyendo.

—Hace poco Stephen Hawking explicó que dios era innecesario. Y si un dios es innecesario… bueno.

—¿Por qué? Es muy interesante la idea de un dios innecesario. A lo que voy: la creencia no tiene nada que ver con el desarrollo de la razón.

—Eso va con la idea de que no se puede elegir ser ateo o creyente.

—Todavía no puedo entender esa postura. Es como si no tuvieras libertad de ir en un camino inverso a lo que ya te fue asignado desde algún lugar.

—Es muy difícil creer que vos vas a tomar esa decisión desde un lugar de comodidad. Me resulta imposible ponerme en el lugar de un creyente. Yo no tengo la componente fe. Y no puedo desear tenerla. No puedo hacer ese simulacro.

—¿Y por qué no creer?

—No le veo el sentido. El fin último para mí es la felicidad. La creencia no me suma a mi felicidad.

—¿No pueden convivir la fe y la razón en la misma persona?

—Hay gente que vive así. En mi caso, la aceptación de algo que no se puede explicar no me sirve de nada.

—¿Por qué todo tiene que tener necesariamente un propósito?

—Adoptar una creencia no me va a hacer más feliz, ni va a mejorar mi vida. No tiene ventaja, no la encuentro. No me suma a la felicidad. Y tengo espiritualidad, no necesito fe para mi espiritualidad.

La charla podría durar meses. Siglos. Y las preguntas y las respuestas seguirían apilando argumentos para explicar lo que todavía nadie pudo explicar. Estaría bien reflexionar si algo, lo que sea, se puede explicar, si existen explicaciones definitivas. La prioridad, cosas que pasan en esto de andar pensando, la tiene dios. Una idea. Una palabra. Cuatro letras que logran, por la negativa o por la afirmativa, mover los hilos de la sociedad.

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