La amistad en tiempos de facebook

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

amistad

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Ayer me pasó algo horrible.

Venía caminando tranquilamente, rumbo a ninguna parte, cuando de pronto me encontré con una persona que creí conocer. Empecé a mirarla detenidamente, pero no podía determinar de dónde la conocía. Hasta que me acordé: estaba frente a lo que solemos denominar un “amigo de facebook”.

Acto seguido, me asaltaron una serie de dudas. ¿Debo saludarlo? ¿Lo ignoro? ¿Le doy la mano o un beso? ¿Por qué no hay más puestos de recarga de tarjeta de colectivos?

La verdad es que jamás había entablado una conversación personal con ese tipo, pero debido a distintas interacciones virtuales conocía muchos aspectos de su vida: separado, hincha de Kimberley, votó a Arroyo, el viernes un cerrajero le arrancó la cabeza con un arreglo de madrugada y le gustan muchísimo los chistes que hace Lanata en su programa de tele, por lo que infiero que desconoce totalmente la existencia de algo llamado Saturday Night Live.

Me quedé mirándolo. Y él se empezó a poner nervioso. Tal vez me haya reconocido, pero tengo mis dudas. Mi foto de perfil es de hace algunos años y en ella estoy abrazando a mis hijos. Y ayer estaba solo, no daba ir a buscar a los chicos para semejante pavada.

—Hola, ¿no me conocés?

El tipo se asustó, sacó el celular y llamó al 911. Tenía una cara de desesperación terrible, como si lo fueran a asaltar o —aún peor— como si le fueran a ofrecer entradas para ir a ver “Socios Por Accidente 2”.

—¡Dejame tranquilo! ¡Auxilio, por favor!

—¡Hola, Roberto! ¡Nos conocemos de facebook! ¡Dame un abrazo!

El tipo empezó a correr como un enajenado. Para no dejarlo solo en esa, yo también empecé a correr. La gente que andaba por ahí dejó de hablar de Bailando por un sueño para prestarnos atención. Sin quererlo, protagonizaba un escándalo público por primera vez en mi vida, después de esa ocasión en la que me agarré a trompadas en la playa por un parasol de Florencio Randazzo.

De repente llegó un patrullero, del que bajó una pareja de policías. Al agente lo reconocí al instante, también de facebook: se llamaba Alberto, le saca fotos a las hamburguesas antes de comerlas y una vez le puso Me Gusta a mi frase: “Las perfumerías más antiguas vienen de la época de la colonia”. Un boludo.

A la mujer policía no la pude identificar. Jamás levantó la mirada del celular que llevaba en la mano. Mandaba mensajes a una velocidad demencial, como si con esas maniobras estuviera manejando el ARSAT.

—Qué pasa? Preguntó el agente.

—No sé. Ese hombre me miró mal. Para mí que me quiere robar.

—Documentos, por favor…

Le entregué el DNI. El policía lo miró un rato poniendo cara de interesado. Era obvio que no quería que nos diésemos cuenta de que tenía severos problemas de lectoescritura.

—Vamos a proceder a detenerlo…

—¿No te acordás de mí? Soy Pablo ¡tu amigo de facebook! ¡Una vez compartí una foto de un mono vestido de arquero que subiste a tu muro!

Fue inútil. No tuve suerte. Me esposaron y me metieron en un patrullero. Afortunadamente, el vehículo no tenía nafta. Ni ruedas. Se las afanaron mientras discutíamos.

Aproveché entonces la confusión para pedir la palabra. Se había juntado un montón de gente. Casualmente, los conocía a todos. ¿A qué no saben de dónde? De facebook.

Fue así que me subí a un banquito que tenía un militante del PRO que andaba regalando globos por ahí y empecé a hablar de la amistad en estos tiempos de redes sociales. Propuse ir a festejar el Día del Amigo a algún lado, pero me contestaron que ya estaba todo reservado y que -en realidad- ese festejo surgió de la imaginación febril de un odontólogo, argentino y masón (no específicamente en ese orden) que se inspiró en la llegada del Hombre a la Luna. Y que ya todos sabemos que eso no sucedió jamás, tal como quedó demostrado en la última película de los Minions.

No me rendí. Como si fuera un Ari Paluch pasado de rosca, los rocié con combustible espiritual y traté de prenderlos fuego apelando a los recuerdos. Les hablé de lo más lindo que tiene el mes de julio, esas interminables notas periodísticas debatiendo sobre la existencia de la amistad entre el hombre y la mujer y del tema de Queen “Friends will be friends”, que remite inexorablemente a la serie que protagonizaban Carlín Calvo y Pablo Rago.

No tuve suerte. Un boludo, que nunca falta, me dijo que eso no era un buen ejemplo. Que un programa de tele en donde el personaje principal le dice: “Vos, fumá…” a su amigo a cada rato era una apología del tabaquismo.

Y ahí me di cuenta del engaño.

El gobierno tiene razón: Carlín miente.

En realidad, todo es una excusa para que un montón de gente salga a reservar lugar en restaurantes o bares porque el 20 de julio hay que salir a tomar algo sí o sí con personas a las que -generalmente-uno ve todos los días. O casi todos. Sin contar la aparición de ese azote del demonio que es la selfie grupal.

Y no sé si vale la pena llamar amigo a ese tipo que no nos bancamos mucho y que cada vez que nos ve, nos toca la panza y nos dice “estás más gordito, eh”. O al que te llama a cualquier hora para contarte cosas que no le interesan a nadie. Sépanlo: esa gente no necesita un amigo. Necesita un

esclavo.

Tal vez el Día del Amigo sea una moda, como el agua saborizada o afanarle ideas a campañas políticas de otros países.

Tal vez los verdaderos amigos no se desvivan por salir a tomar algo ni hagan escenas porque uno olvidó mandarle un whatsapp con emoticones.

Eso es lo lindo del asunto. Hay días en que es muy difícil encontrar a un verdadero amigo. Y hay días en donde parece que las licencias de amistad las repartió Belmonte.

Besis.