La maravillosa liviandad del ser

El plástico Felipe Giménez encuentra en el arte una forma de enfrentarse con el ego, las instituciones y la academia. Habla de la naturaleza y cree que los seres humanos somos bastante parecidos. Admirador de Alberto Bruzzone, asegura que al arte no llegó para hacerse famoso sino “porque estaba todo roto adentro”. Una aventura al corazón de sus obras.

 Fotos: Federica Gonzalez

El mundo de Felipe Giménez es un mundo complejo. Su obra, tan sintética, se sostiene en las huellas de un camino emocional intenso. Como psicólogo conoció los engranajes de las instituciones, vio cara a cara las estrategias del poder y probó meter palabras para generar un cambio. Hasta que un día, hace trece años, decidió llevar las palabras a otro plano. Y contar historias. Así tomaron fuerza sus personajes, cuerpos y figuras que desde la inocencia se rehúsan a ciertos mandatos. El juego: la profundidad de lo simple.

Antes que todo fue el taller.

–¡Pinte la locura!– le sugería su maestro, Alberto Bruzzone.

Felipe Giménez era un estudiante que vendía sándwiches en un local de la calle Alem. Zigzagueaba entre la academia y sus pinturas buscando espacios para decir. Ni galeristas, ni premios, ni salones, ni conferencias, ni mercado formal. Lo de él siempre fue pintar. “Creo fervientemente en el arte. No va a cambiar el mundo pero lo va a hacer mucho mejor. Un cuadro puede hacer algo. No sé qué, pero algo logra. Hay que transitar esas infinitas complejidades”, dice.

Su postura frente al mercado es clara: sí pero no. Y lo dice desde el éxito, Felipe Giménez vende en todo el mundo, vende bien en todo el mundo. “Cuando hablamos de mercado hablamos de pura especulación. El arte, en los últimos veinte años de crecimiento exponencial de capitalismo, vino a solucionar problemas relacionados con la necesidad de gastar el dinero excedente en objetos de lujo para diferenciarse. Empezó a utilizarse como mercancía para que grupos de poder puedan inventar nuevos nichos económicos y seguir generando flujos de capital ficticios. Eso está de acuerdo con cómo los grupos de poder lo suben o lo bajan. Está el oro, las acciones y está el arte también. Que una obra de arte cueste mucho no quiere decir que esa obra le ayude a la sociedad a ser mejor”.

– Ni que esté buena…

– Obvio. Y eso es todavía más difícil de pensar. El arte contemporáneo le trajo muchos beneficios al mercado. Ya nadie puede decir que esto vale uno o dos. El mercado es un gran creador de descontrol para poner reglas de control.

– Y estéticas…

– Es que el mercado se apodera. Es peligroso. Así estamos, Agustín.

Pausa. Primer mate. La mañana está templada en Sierra de los Padres.

– El que era un enemigo del mercado del arte era Alberto Bruzzone, tu maestro. ¿Qué te quedó de tu formación con él?

– Infinidad de cosas. Sobre todo una posición ética y solidaria muy grande. Una dimensión del arte como una herramienta, no sólo para vivir de un oficio digno, sino para poder expresar algunas cosas.

Felipe Giménez nombra al arte como un oficio digno. Hablar de oficio tiene que ver con la lógica del trabajador, dedicarle tiempo a la tela, la gramática básica de la producción. En eso está: a las siete de la mañana empieza el día, todos los días. Lo difícil –asegura– está en creerse la película, en especial en esos momentos en que no es tan fácil enfrentarse a una tela en blanco. “Eso me dejó Bruzzone. Me enseñó que mientras uno se acuerde de qué va la cosa, hay que poner una tela y darle para adelante. Además de todo lo ético e ideológico, era un gran pintor. Tenía una posición sobre ciertos valores sociales y ponía a disposición su arte en esas luchas. Cada tanto aparece Bruzzone en mis búsquedas”.

– Y entre esas cosas que aparecen en el arte, en un momento también apareciste vos. ¿Cuándo te diste cuenta?

– Es incansable esa cuestión de aparición. Me gustaría que las cosas se quedaran en su lugar para no tener que andar buscándome todo el tiempo. Es como en el análisis, si no hay angustia ¿qué vas a hablar con el analista? ¿hablar del día? Cuando digo angustia hablo de exceso de sensibilidad, cuando algo ya no te entra en el cuerpo y lo tenés que volcar, en una imagen, en un papel, en algo. En cierto momento compartí esto con el psicoanálisis.

– Y después te alejaste.

– El psicoanálisis, como paciente, me dio muchas herramientas para entenderme. Y como analista también me ayudaba a poner cosas mías que iba entendiendo. Pero llegó un momento en que el psicoanálisis no me resonaba. Ahí es dónde el arte se convirtió en un territorio, donde el arte fluía con más naturalidad. Ahí es donde comencé a aparecer. En un momento se me hizo una confluencia entre las cosas que decía desde la psicología y las que decía desde el arte. En realidad, hablar desde el arte me daba cierto pudor. Era mi época de pintar gatos y otros personajes. Eran cuadros más plásticamente desarrollados. Me escondía detrás de esa marabunta de densidad plástica.

Felipe Giménez

En esa época de gatos y otros personajes, su desempeño como psicólogo iba al hueso del trabajo en equipo, buscaba –dice– instituciones más equilibradas y sensibles. Hasta el 2001. El país, como institución, implosionó. Cansado de las ataduras profesionales, Felipe Giménez pensaba en la posibilidad de dedicarse exclusivamente a su obra. El punto de inflexión fue el asesinato de su padre en un robo violento.

“Al arte no caí para hacerme famoso.

Caí porque estaba todo roto adentro”.

Así lo explica, como si fuese el título de uno de sus cuadros.

Fue en septiembre. Viajaba a Bahía Blanca para dar una charla sobre el lugar de la familia en el desarrollo institucional. El micro frenó en Tres Arroyos y le dieron la noticia. “A partir de ahí la noche. La noche de los tiempos. Me metí en el mundo del dolor. Y también tuve que meterme en el mundo de la justicia, donde hay de todo. En el mundo de la ideología. Tuve que aprender todo de vuelta. Dentro de eso seguía siendo psicólogo, en un momento muy difícil. Y un día me dije a mí mismo: no tengo fuerza. El arte me ayudó a poner en algo de afuera lo que tenía adentro y no entendía. El dolor me quemaba. La plástica me ayudó a expresarme de un modo que ni en terapia lograba. Fue una contención total”, dice.

– ¿Cómo viviste tu propia obra con semejante carga emocional?

– Le di una dimensión gigante, me agarró una compulsión que no podía parar de pintar. Eso lo fui transformando. Mi viejo me anuló la sed de venganza. Pasó lo que pasó. La sociedad tiene un camino que es el de la justicia, ahí hay gente mejor que otra. Es lo que queda. Eso se hizo. Los asesinos están presos. En ese momento apareció el color rojo, que no era mi color, era el color de la sangre, en un pleno muy presente: la sangre de mi viejo asesinado de una manera brutal. Eso te queda en el inconsciente. Y esta cosa de a pesar de la sangre poner en la tela cosas buenas. El optimismo fue compulsivo, pero también reparador. Y seguí escribiendo. Y me hizo muy bien. Sino, tal vez, la amargura, la desazón, la frustración, el odio hubieran ganado un territorio mucho más grande. Por eso creo tanto en el arte.

– ¿Cómo era la relación con tu papá?

– Con mi viejo tenía una relación vital, no era sólo mi viejo, también era mi amigo. Muy cercano, de identificación, era la persona con la cual había elegido compartir los avances y los cambios de mi vida. Era un tipo muy humanista, muy creyente del ser humano. Él me abrió la cabeza desde un lugar no muy declamado, ni banderas ni nada. Era un humanista. Un tipo bueno con el otro. Él era ingeniero agrónomo, trabajaba en las instituciones, en la municipalidad, y también era talabartero. Igual que yo, que era psicólogo y pintor. Congeniábamos en lo institucional y en lo artesanal, en el oficio.

Felipe Giménez

Felipe y su alusión al oficio. A esta altura se entiende –entiendo yo al menos– que no es una exaltación de lo romántico, sino una manera de subrayar esa complejidad de lo simple en temas tan amplios como lo cotidiano, la creatividad, el amor hacia un padre. “En la institución podés llegar por los pasillos. En el taller te ganás el lugar en la cancha, hay otra honestidad. El taller tiene variables mucho más lindas. Yo aprendí en casa, mi papá venía a mi taller, yo iba al suyo. Me acuerdo cuando íbamos a lo del afilador, a lo del soldador. Y por otra parte era el ingeniero, sin perder su condición social. Eso me quedará presente para siempre”.

El taller de Felipe Giménez es un cuadrado completo de ventanas, se ve el jardín y los perros correteando, hay obra, un entretecho, cientos de pinceles y pomos de acrílicos dispuestos en cajas chatas, algunos muebles, libros, sillones rojos, una computadora para escuchar jazz, mesas largas y una cocina. Los pisos son de madera. El cielo está gris. Felipe Giménez usa poco gris en su obra. Y poco blanco. Prefiere –elige– los contrastes vivos, el color le permite decir con otra inmediatez. Es su herramienta. En literatura no hay historia si no hay personajes. En las obras de Felipe Giménez tampoco. Los personajes pueden estar disimulados en líneas finísimas, detrás de lámparas y mesas o al lado de unas margaritas quebradas. Pero están. Por todos lados.

– ¿Por qué tus obras tienen cada vez más personajes?

– Tiene que ver con la dimensión de lo social. Con lo cromático, con los universos. Tiene que ver con esto de que yo voy incorporando más a todos. Este se llama “La noche que estaban todos”.

Felipe me señala un cuadro de dos por dos apoyado en un atril de madera. Sobre un fondo negro hay personajes multicolores que se alargan y se tuercen sin tocarse. El sol de la mañana le da la luz exacta. Queda claro que Felipe sabe cómo mirar su propia obra: sabe mirarse a sí mismo.

– No hay un solo espacio en blanco, no hay silencios.

– No. Estos últimos años he trabajado con mucha gente, en muchos lados. El tema del arte me ha presentado una cuestión transversal. Han sido tiempos donde viajé mucho y hay gente esperando y vas a una escuela y organizás una muestra, también el tema de internet que tiene un rebote increíble. Hoy el mundo ha encontrado en la plástica algo que no pasaba, porque era una práctica elitista y críptica. Se abrió. Y algunos hemos armado una pintura natural, de puro desparpajo.

– ¿Cómo equilibrás la obra, por ejemplo, cuando hay demasiado silencio, o poco silencio, o demasiados personajes, o estás diciendo mucho?

– Hay grupos sociales que me motivan, por ejemplo la infancia.

– Se nota…

– Sí. De hecho ahora estoy en un proyecto con chicos que se llama “Lucecitas de colores”. Eso es una forma de retroalimentarme con los pibes. Voy a compartir con ellos. Yo no le puedo enseñar nada a nadie. Me sería imposible. Sólo podría enseñar una actitud hacia esto de la pintura. Yo laburo desde esa espontaneidad. Me maravillo con la obra de los chicos. Hasta me da envidia el posicionamiento y la libertad que tienen. Los silencios cuando tienen que venir van a venir. Si ese día era colorido, va a aparecer el color. Si ese día estaba lleno de agujeros la obra va a parecer un gruyer, pero ese gruyer va a tener una potencia. Nada de por sí tiene un equilibrio que sostiene la obra. Y también está lo desequilibrado que tiene una potencia increíble. Lo importante es la naturalidad. Cuanto menos me enrosco más y mejor sale.

– ¿Y la reflexión sobre la obra?

– No es mi palo en ese sentido. Es como un galgo, salió para correr, el otro salió para lo otro, yo salí para esto. La arruino cuando me pongo a pensar. Pienso en otra cosa. No se le puede poner todo tu yo a la pintura. Hay energías que las pongo en otra cosa, uno está lleno de densidades y de liviandades. La cuestión, creo, es poner lo denso donde corresponde lo denso y lo liviano donde corresponde lo liviano.

– Vos ya tenés una imagen característica que funciona, podrías pintar cuadros en serie hasta el infinito. La repetición en ese caso puede ser estancamiento o virtud. ¿Cómo lo sentís vos?

– Eso es así como lo decís. Depende de vos. A mí no me pesa, porque no hice alianzas con nadie para hacer lo que hago. No me importa lo que me diga ni el crítico ni el curador. Nunca trabajé para ellos. Esto de pintar es una cuestión mía. A veces lo pienso como un cantante, el tipo que canta ¿está repitiendo siempre lo mismo o cada interpretación es distinta de acuerdo al día? Una cosa es repetir y otra interpretar. Si eso que hiciste es tuyo, ya está. Hay un cuadro de un corazón que se llama Alcanza, que podría hacerlo hasta el infinito, sí. Y me lo siguen pidiendo. Y lo puedo hacer. Y soy tan desastre que no me puedo repetir. Esto es un oficio. Puedo respetar la estructura pero reinterpreto todo el tiempo. Ese cuadro es mío, por qué lo voy a negar. Hay veces que hasta repito el título. Sinceramente te lo digo: no me importa nada de las convenciones del arte.

Felipe Giménez

Felipe se acomoda en el sillón, ceba otro mate y sonríe en silencio con la mirada clavada en el piso.

“Cuando dejé la psicología yo había hecho un compromiso ético y supuestamente científico, me decía que si jugaba con demasiadas libertades mías iba a hacer algo distinto a la psicología. El arte es distinto. Ahí hago lo que quiero. A veces me preguntan por qué no firmo la obra. La firmo si quiero y si no quiero no la firmo. Y si quiero hago diez cuadros de eso. La cobro y la regalo también. Me salí del camino formal del arte. No le vendo una inversión a nadie, no le prometo nada a nadie. Y eso me aliviana totalmente. No busco el bronce ni ir a una bienal. Yo respeto mi obra y hago un camino mío. Me fui de la psicología para ejercer esa libertad. Y si no lo hago, al final, estaría cambiando un poder por otro”, explica.

Otra vez la idea de liviandad. Entonces miro los cuadros y los objetos que nos rodean y reviso –atravesado por lo que estamos charlando– las figuras estiradas, etéreas, que buscan altura, que suben.

“Tengo mis conflictos sobre qué quiero contar ahora. Eso está y son cosas que me vienen. La insatisfacción, pero con vos mismo, no con lo que otros andan diciendo. Es importante saber en qué redes caés en esto del arte. Si caés en redes de los otros, perdiste. Los chicos de siete años levantan el dibujo y preguntan: ¿Le gusta señorita? Yo prefiero la actitud de los de cuatro, que hacen lo que pueden como pueden. Puertas adentro conmigo trabajo mi obra. No es fácil reinventarse tampoco. Pero si decís ya está también perdiste”.

– Tu obra es narración, contás historias. ¿Cómo trabajás los elementos que fluctúan en una narración?

– Hay cosas que si las digo con demasiada forma empasto lo que quiero decir. Hay veces que soy un denso. Me gusta lograr lo que quiero decir con dos palabras. Eso es potencia.

– Síntesis…

– Absolutamente. Creo que mi camino en la psicología tuvo que ver con la necesidad de empezar a escribir. Pero desde la psicología hubiese sido más denso. En la pintura voy y lo digo. Aunque me reconozco un tipo generoso y soy consciente de los peligros de la generosidad. Bruzzone decía una frase genial: “Tanta caricia le hizo el diablo a su hijo que lo dejó sin un ojo”. Eso está relacionado con saber cuándo terminar un cuadro. En eso también veo a los chicos, que dejan un dibujo cuando quieren y listo. Yo no pienso en lo que quieren otros que haga con mi obra, porque arruino mi obra. Cuantas más cosas de hambre quedan abiertas, más posibilidades tiene el público de meter cosas suyas en el cuadro.

– ¿Qué sería el hambre?

– Dejar un poco de mi insatisfacción ahí. Si vos te conectás con tu naturaleza te vas a dar cuenta de que somos todos muy parecidos. En el cuadro pongo esas cosas que se me caen. Soy fiel con mi naturaleza. En otros ámbitos de mi vida me importa muchísimo el otro. En el arte me libero. En el psicólogo me importaba demasiado lo que decía. ¡Qué denso que era, boludo! En el arte hago este gatito. Yo no me creo nada. Acá no hay virtuosismo. Hay liviandad. Y no es poca cosa.

– Exponés y vendés en toda la Argentina, pero también en España, Alemania, Suiza, Estados Unidos, Italia y más. ¿Por qué creés que tu narración tiene lecturas tan transversales? ¿Por qué funciona en otros países?

– Es la condición humana. Somos muy parecidos. Me ha pasado de sacar un cuadro de mi casa y que mi vecina, que es una trabajadora de la tierra, me diga que le gusta mucho. Y que ese mismo cuadro le guste a un banquero en Lugano que lo mira en una muestra mientras se fuma un cigarro.

– ¿Qué sentís cuando ves a un banquero con un habano disfrutando de tu obra?

– Que no todo está perdido.

– La sensibilidad del banquero…

– (Risas) A todos nos pusieron lo bueno y lo malo. Pero hay algo. Tal vez ganó lo otro en esa persona, pero hay algo.

– Decís que a todos nos pusieron lo bueno y lo malo. ¿Quién? ¿Dios?

– No, no. Esta marabunta que es la naturaleza, en esto de hacerse y deshacerse, crea especies y crea tantas cosas. Entre todas esas colonias de bacterias estamos nosotros. Y nos creó a nosotros con un potencial.

– ¿Somos una casualidad?

– Las palabras para estos temas son recontra tiranas. Sí creo que podríamos estar como podríamos no estar. Si eso es casualidad o no, no lo sé.

Cambiamos de tema con un silencio. Pasa un perro.

– ¿Por qué estirás las figuras?

– Eso empezó solo. Tal vez es el contrapunto de mi morfología. Uno busca sanar algunas cosas. Es como una bestia que a la noche agarra una mandolina y canta una canción dulce.

– Y también es un recurso funcional para llenar espacios vacíos…

– Sí. Por supuesto. Estos personajitos empiezan y terminan donde yo quiero. Esta es mi república. Ahí siento la cuestión de crear. Esto es un laburo muy moderno y te mueve la motivación personal. No sos una cosechadora de trigo. Tenés que fundar tu oficio. Ojo, no hay que pasarse de ego. En el arte hay algo de eso de matar el yo. No hay que pasarse de listo porque matás la obra. Hablo de mi obra, por supuesto.

– ¿Qué se viene ahora?

– Me parece que un cambio de etapa. Ya encontré un lugar y un respeto. Me siento muy bien tratado. Es alucinante que lo tuyo sea esperado. Eso ya está. Creo que voy a recuperar el silencio. Y a pensar en mí más allá de la demanda. Yo no nací pintor, podría seguir haciendo cualquier otra cosa. Me gusta lo que hago con los chicos, me gusta el proyecto junto a Sebastián Del Hoyo y Patricio Negro. Se viene un libro también. Los últimos doce o trece años fueron de darle y darle. Ahora, tal vez, reconstruya el manantial. Para que fluya. Quiero oxigenarme. Pero me cuesta.

Subimos a su auto y volvemos a Mar del Plata. En el viaje hablamos sobre la pirotecnia del arte. Qué es verdad. Qué es mentira.

Todo. Nada.

Lo importante, en conclusión, dice Felipe, es hacer lo que uno necesita.

A decir verdad, no lo dice.

Es más elegante.

Lo sugiere.