Traigan narices que payasos sobran

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

 narices

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Tuve un sueño horrible.

No sé si fue el encierro, no sé si la comida, pero la pasé muy mal con la pesadilla de anoche. Generalmente, mis sueños pasan por hacer goles decisivos en partidos importantes o lograr pequeñas victorias cotidianas, como por ejemplo encontrarme una moneda en la calle o cambiar el modelo de celular sin que la empresa de telefonía me haga fuerte el amor.

Lo cierto es que -ni bien apoyé mi cabeza en la almohada- las cosas se complicaron. Soñé que me dolía el pecho. Mucho. Tanto me dolía, que terminé en la guardia del Interzonal, algo que ya de por sí hace dolerte el pecho. De repente me encontré sentado en la camilla, con el torso desnudo, esperando atención. Aparentemente, el sueño omitió el viaje en colectivo hasta el Regional, porque todos sabemos que un mundo onírico, los bondis cumplen las frecuencias. A veces.

Allí estaba, en la guardia del HIGA, temblando de frío y miedo (los murciélagos y las ratas me causan pavor) cuando de repente apareció un payaso.

Entró al consultorio y me saludó amablemente. Debo admitir que el cuadro era un tanto extraño: faltaba un enano bailando para ser una escena descartada de Twin Peaks o un spot de Walter Wayar.

“Buenas noches, qué te pasa?”, me preguntó el clown. “Estoy esperando a alguien que me atienda”, respondí. “No esperes más, soy payamédico y estoy de guardia”, sentenció.

La verdad es que la respuesta me dejó sin reacción, como cuando me enteré que Mar del Plata iba a ser sede de un Congreso de Turismo de Cruceros sin siquiera haber recibido un puto barco en los últimos años.

“¿Un payamédico?¿Y el delantal?”, pregunté casi sin ganas. “Falta de insumos”; fue la seca respuesta, mientras se sacaba tres metros de gasa de la boca y me hacía una jirafa con globos, en un truco realmente increíble.

Lo que vino después fue un discurso acerca de las propiedades curativas de la risa que me dejó pensando. El payamédico terminó de revisarme, me tomó la presión e intentó convencerme –títere mediante- de ciertos controles que hay que hacerse después de los 45 años. Innecesario.

Después de contarme algunos chistes (debo reconocer que el del repudio social a los que lavan plata me causó mucha gracia), el payamédico me regaló caramelos y un revólver para defenderme en los pasillos del Interzonal. Me pareció de mal gusto. Lo de los caramelos, porque eran marca Media Hora.

Una vez curado, salí del consultorio y le pregunté a un policía cuál era la salida. El uniformado me dijo que la única salida era matar a todos los negros y dejarse de joder con los derechos humanos. Calculo que no me entendió, pero no le quise discutir. Aprovechando que las ventanas del Regional no tienen vidrios, me tiré por una de ellas. Caí sobre unos indigentes que dormían plácidamente, les pedí disculpas, les dejé una tarjeta SUBE con 10 pesos de carga y salí corriendo, con la velocidad con la que un radical le suelta la mano a un abogado sospechado de lavado de dinero

Mientras esperaba un colectivo que me llevara de regreso, me puse a pensar en el poder de la risa y en lo qué pasaría si todos desdramatizáramos un poco todo lo que pasa. Cuando me desperté, recordé al payamédico y empecé a preguntarme si como ciudad estábamos preparados para dejar nuestras vidas en manos de payasos.

Sería interesante ver el accionar de un bloque de payaconcejales. Me los imagino llegando a la Municipalidad todos juntos en un Fiat 600, saliendo de adentro del auto, repartiendo globos y excepciones al COT, declarando visitante ilustre a cualquier gil que pase por la vereda.

O payapolicías, por qué no. Sería divertido verlos empujar los patrulleros que se quedan sin nafta, reprimir manifestaciones a puro tortazo de crema o contar chistes en ese lenguaje tan particular que tienen: “Resulta que un masculino, argentino, desocupado, de 25 años, procedió a entrar a un establecimiento comercial dedicado a la venta de artículos sexuales…” Me río de solo pensarlo.

¿Y un payaperiodista?

Me lo imagino escribiéndole una carta abierta al Papa, enojado por boludeces.

No creo que falte mucho para que lleguemos a eso. Soy optimista. O mucho mejor aún: tal vez, en una de esas, esto ya está lleno de payasos y no lo sepamos.

Estarían faltando narices rojas, aparentemente.