La sangre de los pobres seca rápido

La policía comunal de General Madariaga había encontrado una respuesta rápida a la muerte del marplatense Damián Sepúlveda: suicidio por ahorcamiento dentro de la comisaría. Sin embargo, dos pericias posteriores demostraron que fue apaleado y estaba desvanecido al momento de perder la vida. Un nuevo caso que expone la violencia institucional dirigida contra los jóvenes.
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Estefanía, Nélida, Jorge, Pamela y Sabina junto al retrato de Damián en la casa donde vivía con su familia.

Fotos: Federica Gonzalez

Cada vez que ella pasaba caminando, Damián no hacía otra cosa que mirarla. Si podía, le decía algo. Ni siquiera eran los perimidos piropos, más bien se trataba de palabras dichas al pasar, con una sonrisa lánguida, con el afán de acercarse pero sin demasiadas expectativas.

Ella se llamaba Lorena, él no lo sabía. Estaba de novia con el Oficial Mauricio Díaz. Él tampoco lo sabía.

Las primeras detenciones, los golpes y el escopetazo que le disparó el mismo Díaz en la puerta de la panadería fueron algunas señales antes del desenlace del domingo 13 de enero de 2013.

Dos palabritas

Cuando Jorge Sepúlveda abrió la puerta, se encontró con los dos policías parados como estatuas.

―El comisario mandó a buscarlo, quiere hablar dos palabritas con usted.

―¿Por qué? ¿No me lo pueden decir acá?

―No, tiene que ir a la comisaría ¿Lo llevamos en el móvil?

―No, voy en la bicicleta ―respondió, mientras trataba de serenarse y pensaba que en su puta vida iba a subirse a un patrullero.

La presencia de los uniformados no lo sorprendía, en los últimos tiempos las visitas se habían vuelto habituales. A su hijo Damián, la policía comunal de General Madariaga solía detenerlo por contravenciones, una figura utilizada por el Estado desde el siglo XIX  para limpiar las calles de “elementos indeseados que atentan contra la moral y las buenas costumbres”.

Algunas veces, lo levantaban por tomar alcohol en la vía pública, aunque también lo llevaban cuando se encontraba sobrio y sin botellas a la vista. Cualquier excusa era buena para cargarlo en el patrullero. Unas horas después, lo largaban con las marcas de la brutalidad policial en su cuerpo. Damián nunca hacía la denuncia, decía que iba a ser peor.

Una de tantas veces que lo llevaron, como no tenía dinero para pagar la multa de una contravención por ebriedad lo tuvieron detenido casi 40 días. Un par de años antes, ocurrió el episodio de la panadería.

Después del boliche, cuando amanecía, fue con otros pibes a comprar facturas recién horneadas. Se las alcanzaban los panaderos por una puerta de servicio, al costado del negocio que todavía permanecía cerrado al público.

Y en ese momento,  aparecieron ellos. Otra vez. Ni bien los vio, intentó escapar. El Oficial de la Policía Comunal Mauricio Díaz se lo impidió, le disparó un escopetazo a corta distancia cuyos perdigones quedaron tatuados cerca de sus glúteos.

Nélida ―la pareja de su padre― se los había sacado con paciencia oriental y una pinza de depilar. Las marcas le quedaron hasta el último día.

Cada detención era una pesadilla. Damián trataba de escabullirse de los uniformados, pero no siempre lo conseguía.

―Cagón ―le lanzaban desde el patrullero.

Se desplazaban a paso de hombre en la quietud pueblerina. Lo seguían. Obsesionados. Impunes.

Por estas corridas y por no mirarlos cuando lo provocaban y hostigaban, sus captores lo apodaron: “el cobarde”.

La noticia

Jorge pedaleó las siete cuadras que separan su casa de la Estación de Policía Comunal con los más sombríos presentimientos. Recorrió las primeras tres calles de tierra, bordeadas por antiguas quintas de un lado y campo yermo del otro, subió al asfalto y pasó por la plaza principal antes de desembocar en Hipólito Irigoyen 528. Su cabeza no paraba, sospechaba lo peor. Pensó en vengarse. Pero se acordó de sus otros hijos y enseguida desechó la idea.

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Calle Yugoslavia, General Madariaga.

Al llegar fue recibido por el comisario, el subcomisario y otro uniformado que no reconoció. El primero lo hizo pasar a una oficina y escueto le dijo:

―Le tengo que comunicar que su hijo se ahorcó.

―¿Cómo que se ahorcó…con qué se ahorcó?

―Con su propia remera

―¡No puede ser, es imposible ahorcarse con una remera. Además, él no tenía motivos, él tenía ganas de vivir…ustedes lo mataron y van a  tener que pagar por la muerte de mi hijo! -gritó, mientras señalaba a los tres.

Jorge salió de la comisaría aturdido, sin más respuestas que esas. No pudo ver el cuerpo de su hijo, lo habían enviado a Pinamar como NN. Sin embargo, la fuerza de seguridad de Madariaga resultó tan efectiva que igual supo hallar su casa.

Le avisaron de la muerte ocho horas después de ocurrida. En el pueblo, fue el último en enterarse.

Ciudad gaucha

La entrada a General Madariaga no es distinta a la de muchos otros pueblos bonaerenses. Los galpones con sus máquinas agrícolas en exposición, algún tractor moderno, comercios de rubros similares unos pegados a otros y de repente, en un solar lindero, un par de caballos pastando.

El centro dura lo mismo que un suspiro. Sus calles, desiertas; la hora de la siesta es un rumor apagado. Un grupito de pibes juega en la plaza a la sombra de la arboleda. El escape furioso de una moto lejana, es la única nota disonante.

Esteban no encaja en el estereotipo de madariaguense que nos vendieron. Sus rastas y tatuajes al por mayor, no tienen nada que ver con el slogan “Madariaga, ciudad gaucha”. Murguero e integrante de una cooperativa de trabajo que fabrica adoquines, conocía a Damián desde los 13 años. Le cuesta hablar de esa madrugada, de lo que pasó a la salida de La Esquina Disco. Pronunciar la palabra matar puede ser muy doloroso cuando se trata de alguien tan cercano, por eso él utiliza el eufemismo “lo que le hicieron a Damián”.

Detiene su bicicleta frente al Mural por la Memoria, en los ladrillos desnudos de una vieja barraca; a un costado de una frase que recuerda el 24 de marzo de 1976, pintaron el rostro de su amigo.

―Todos los 13 nos juntamos para marchar, para que se haga justicia. Salvo en las marchas del aniversario que hay una cuadra de gente, en las demás somos pocos, 15 ó 20 personas. La sangre del pobre seca rápido.

En esta ciudad de 20 mil habitantes, donde predomina la tradición y el acervo criollo, no cunde la solidaridad. Las familias acomodadas miran con recelo a los pobladores de barrios humildes como Belgrano, San Martín o Quintanilla. Pasan. Observan las movilizaciones desde lejos. Y si se acercan una vez, es por mera curiosidad. Jorge recuerda que imprimió cuarenta remeras con el rostro de su hijo para que la gente llevara a las marchas pero “veinte no volvieron nunca más”.

Es posible que la originalidad de esta vieja estancia que los Zubiaurre transformaron en pueblo en 1907, esté dada por ser una de las colonias de montenegrinos más importante del país.

A principios del siglo XX, los eslavos que no pasaban los exigentes controles de Nueva York seguían hasta la Argentina, donde la política inmigratoria era más abierta. En Madariaga hay alrededor de 150 familias montenegrinas que desde su llegada se instalaron en el campo, dedicados a la cría de ganado y a la generación de riqueza. Sin embargo, no quedaron aislados en el monte; la participación política de la colectividad dio los últimos tres intendentes: Adrian Mirkovich, Juan Knesevich y Cristian Popovich (todos del Frente para la Victoria). Popovich, es el responsable político de la Policía Comunal que mató a Damián Sepúlveda. De los sueldos de la nueva fuerza, se encarga el Ministerio de Seguridad de la provincia. De la provisión de efectivos, la bonaerense. El intendente, administra el dinero que le mandan.

Madrugada

Desde que Damián Sepúlveda dejó el barrio Las Américas de Mar del Plata ―donde vivía con su madre y sus hermanas― no volvió a la escuela. Tenía 13 años.

Armó las maletas a regañadientes. En Mar del Plata dejaba el mundo conocido, sus amigos, los partidos de fútbol en las canchas de atrás del hospital.

Teresa y Norma, hermana y madre de Damián.
Teresa y Norma, hermana y madre de Damián.

A su padre, que había formado una nueva pareja con Nélida en Madariaga, la noticia de su llegada lo colmó de alegría.

―Era un buen nueve ―dice, sentado en los escalones de entrada a su casa―. Jugó en Kimberley y también en Aldosivi; yo lo alentaba, le compraba los botines. En esa época, cuando él todavía vivía allá, me iba a verlo los fines de semana en un Peugeot 404.

Instalado en Madariaga, Damián siguió jugando en los torneos barriales mientras empezaba con sus primeros trabajos en la construcción, haciendo tanques en las estancias junto a su padre, y después como alambrador.

Hasta su muerte, realizaba las tareas propias de un peón de campo en un establecimiento rural del paraje La Tablada, a  20 kilómetros del casco urbano. Allí pasaba toda la semana antes de regresar los viernes.

La madrugada del domingo 13 de enero de 2013 lo encontró volviendo de los boliches del centro.  A las seis de la mañana, fue a pedirle prestada la moto a Darío  -el hijo de Nélida- con quien compartía la casa y tenía buena relación.

―Si podés hacerla arrancar, llevala ―murmuró Darío desde su cama.

Damián intentó pero no hubo caso, no arrancó. Se dio por vencido y se fue caminando.

Miguel Ángel Escobar, un vecino que es jubilado de la policía, fue uno de los últimos en verlo con vida. Dice que esa mañana Damián estaba conversando en la puerta de la casa de un amigo, él pasaba y lo saludó como siempre.

―Cuando yo todavía trabajaba en la comisaría, lo veía. Lo llevaban por alguna contravención pero no era agresivo ni de andar tambaleando. Siempre fue un chico tranquilo ―afirmó Escobar ante el Fiscal Juan Pablo Calderón.

Esa madrugada se quedó deambulando, yendo de un lado a otro, tomando una cerveza en la vereda, algo que a la policía de Madariaga no le gusta. Y en una esquina cualquiera, se lo cruzaron. Fue en las calles 21 y 6.

Los amigos de Damián coinciden en que los abusos policiales eran moneda corriente cada fin de semana, sobre todo las detenciones por averiguación de antecedentes (a vecinos que conocían de sobra y que tenían como único antecedente las averiguaciones anteriores) con su posterior golpiza.

–Ejercían un control territorial extremo, brutal. Se entrenaban, practicaban boxeo con los pibes pobres de Madariaga –resume el abogado Julio Hikkilo, que junto a la Comisión Provincial por la Memoria (CPM) acompañan a la familia de Damián.

Los abusos explotaron con el caso Sepúlveda; la noche del crimen se produjo una pueblada que terminó con la comisaría apedreada y la infaltable  represión policial con balas de goma y gases lacrimógenos.

Jeremías Guzmán  también fue llevado a la comisaría ese domingo, antes que Damián. Tuvo suerte, lo liberaron. No sin antes darle una feroz paliza dentro del calabozo. Ahora, esa  causa irá a juicio oral.

―Si respirás, vivís ―zumbaban en sus oídos los agentes.

Y cuando volvía a respirar, a recuperarse de un ataque, comenzaban a ahorcarlo de nuevo.

Jeremías es epiléptico.

La anestesia de la bonaerense

La familia de Damián Sepúlveda no quedó conforme con la primera autopsia, firmada por el médico Isaac Dabbah de la Morgue del Instituto de Ciencias Forenses de Lomas de Zamora. El examen sostenía la versión policial del suicidio: Damián se había quitado la vida colgándose de espaldas -con su propia chomba- de un barrote a 1,64 metros de altura. Él medía 1,73 metros (según el expediente judicial, aunque su padre asegura que alcanzaba el metro ochenta) y pesaba más de 90 kilos. Además, tenía una discapacidad de nacimiento en su mano izquierda, lo que le impedía girarla con normalidad.

En ese momento, el Instituto de Ciencias Forenses estaba bajo la dirección de Alfredo Romero, un expolicía de la bonaerense.  Una razón más para pedir la reautopsia al Fiscal.

―En la Morgue de Lomas de Zamora no preservaron el cuerpo; en vez de congelarlo, lo pusieron en una cámara que sólo tenía un ventilador con el objetivo de que entrara en un proceso de putrefacción. Se extraviaron muestras importantes, como el cerebro, por ejemplo. Buscaban que en la segunda autopsia no se pudiera ver todo lo que se ocultó en la primera –afirma Hikkilo.

A pesar de esas irregularidades, la reautopsia realizada un mes más tarde en la Morgue de la Asesoría Pericial de La Plata arrojó resultados contundentes: Damián tenía dos costillas fracturadas y más de 60 golpes desparramados por todo el cuerpo. Además, uno de ellos -en medio de la cabeza- sirvió para que perdiera el conocimiento antes de que lo estrangularan.

El perito de parte Luis Fernández Perona definió a la víctima como “un hombre apaleado, no de otra manera se pueden explicar las múltiples lesiones de fuerte energía cinética en distintas partes del cuerpo”.

Al momento de ser estrangulado, Sepúlveda estaba inconsciente por el fuerte golpe que recibió en la cabeza (conocido como Anestesia Previa de Brouardel). Según la pericia, este impacto “intimida, obnubila y facilita las tareas de estrangulación”.

Por pedido de la CPM, intervino la titular de la Dirección de Coordinación de Institutos de Investigación Criminal y Ciencias Forenses de la Procuración General, la médica forense Virginia Creimer.

El informe advierte que “los golpes no lo han llevado a la obnubilación sino, casi con seguridad, a la pérdida de la conciencia”, y concluye:

1- Muerte por asfixia por ahorcamiento

2- Apaleamiento (le provocaron la fractura vital de la quinta costilla)

Virgen ubicada dentro de la comisaria de General Madariaga, lugar donde fue asesinado Damián.
Virgen ubicada dentro de la comisaria de General Madariaga, lugar donde fue asesinado Damián.

En febrero de 2015, dos años después del crimen, el Cuerpo de Peritos de Gendarmería Nacional entregó el resultado de su trabajo. También descartó la hipótesis del suicidio que instaló la policía y fue tajante con respecto al hallazgo de Damián: al momento de morir estaba desvanecido. Todo gracias a la famosa anestesia de la bonaerense.

A fines del siglo XlX, el Forense francés Paul Brouardel enseñaba éste y otros secretos -en la Facultad de Medicina de París- a alumnos como Sigmund Freud o Gilles de la Tourette. Escribió el mismo Freud: “Brouardel solía señalarnos en los cadáveres de la morgue cuántas cosas dignas de conocimiento para el médico había, de las cuales la ciencia no se dignaba a anoticiarse”. Las autoridades políticas actuales tampoco terminan de enterarse que la Policía Bonaerense utiliza esta herramienta más seguido de lo que parece.

Aunque es poco probable que conozcan a Brouardel, en la bonaerense aprendieron a realizar la técnica con precisión. Otros dos casos así lo demuestran: en la masacre de Villa Ramallo ―asalto al Banco Nación y toma de rehenes, en 1999― Martín René Saldaña, el único asaltante que sobrevivió, fue encontrado ahorcado, colgado de una tira de colchón en la celda de la comisaría.

Varios años después, la Asesoría Pericial de la Corte bonaerense confirmó que Saldaña no pudo colgarse solo de un pedazo de tela del cotín de su colchón y que antes fue anestesiado con el golpe de Brouardel. Saldaña era el nexo entre policías y ladrones en aquella banda mixta que irrumpió en el banco. Había que silenciarlo.

En noviembre de 2005, efectivos de la comisaría novena de La Plata detuvieron a Daniel Migone, de 38 años; lo acusaban de robar un stereo de un auto estacionado en la zona. La novena tenía antecedentes de brutalidad: en 1993, torturaron hasta la muerte y luego desaparecieron al estudiante de periodismo Miguel Bru.

Después de pasar doce largas horas en la dependencia policial, Migone apareció ahorcado. La versión literaria oficial, afirmó que se quitó la vida con su campera. Toda una proeza.

Los médicos forenses que realizaron la autopsia aseguraron que fue golpeado en el cuello, la cabeza y los testículos. Y que antes de ser estrangulado perdió el conocimiento, se le aplicó la fatídica Anestesia Previa de Brouardel, el golpe que la bonaerense adoptó para poder asesinar sin obstáculos ni oposición.

Además, la familia de la víctima denunció que la causa fue armada y que no se trató de una detención por tentativa de robo sino de un secuestro liso y llano. Daniel estaba involucrado sentimentalmente con una mujer que también tenía una relación con uno de los policías. Otra vez, la mujer como objeto que hay que proteger del robo. Otra vez, la propiedad privada.

Teresa, hermana mayor de Damián, es policía de la bonaerense en Mar del Plata. Ahora, está de licencia. Siente que lo que ocurrió con su hermano le hizo abrir los ojos sobre las prácticas de la fuerza.

―Era jodón, divertido. Siempre se aparecía en Mar del Plata con regalos. Era un pibe que no se metía con nadie.

Ella señala al intendente Cristian Popovich y al gobierno de la provincia como responsables políticos. En las conferencias de prensa -que cubren un puñado de medios locales y regionales- suelen dejar tres sillas vacías con los nombres del exministro de Seguridad Ricardo Casal; del gobernador Daniel Scioli; y del intendente. Las tres sillas, debajo de carteles con signos de interrogación.

Verdugos

Jorge es verborrágico, seguro, y conoce la causa en detalle. Cada 15 días viaja a Pinamar a ver al Fiscal Calderón. Se reúnen 30 ó 40 minutos, el funcionario judicial lo pone al tanto de los avances y estancamientos del expediente. Cuando se va, él mismo averigua el resto. Sabe que Nadia Montenegro, la oficial que estaba en mesa de entradas aquel día, sigue trabajando en la Estación de Policía Comunal; que Guillermo Formentini -era el Jefe de Calle- ahora maneja un auto de Remises Belgrano; y que Mauricio Díaz, de quien está convencido que es el asesino de su hijo, volvió a Dolores y ya no reviste en la policía.

A pesar de su dolor, sólo pide justicia. Que también paguen el resto de los oficiales que estaban de servicio en la comisaría.

―Hace poco, hice el curso de Defensa Civil, quiero ayudar. Antes no me importaban los demás, pensaba sólo en mí y en mi familia.

Jorge está de pie frente a la capilla que está construyendo -junto a unos cuantos amigos voluntarios- en memoria de Damián. Las paredes tienen un metro de altura, las van levantando en los ratos libres. Piensan inaugurarla el 14 de julio, día en que Damián cumpliría 30 años. Los fondos son enviados por parte de un grupo católico que se acercó, el Movimiento Misionero de Francisco.

Retrato de Damián presente en el comedor de la casa en la que vivía con su familia.
Retrato de Damián presente en el comedor de la casa en la que vivía con su familia.

En ese mismo sitio, Damián había comenzado a cavar los cimientos para hacer su casa propia.

―Quería traer a vivir a su mamá, ella está en Mar del Plata. Él quería vivir, no tenía motivos para matarse –repite Jorge.

En la causa, interviene la jueza de Garantías de Dolores, Laura Inés Elías. Los informes y las pericias no dejan dudas, Damián Alejandro Sepúlveda fue detenido ilegalmente, torturado y asesinado en la comisaría de General Madariaga. Ante el peligro de fuga, la detención de los autores materiales y sus cómplices es urgente. Sin olvidar las responsabilidades políticas que tuvo el hecho. Uno más cometido en plena democracia por funcionarios de una fuerza que, cuando nadie los ve, se visten de verdugos medievales.