Artistas del ingenio

Integrada por ingenieros emprendedores, existe en Mar del Plata una cooperativa de trabajo que desafía los engranajes tradicionales de la profesión. La mecánica que la llevó a vincularse  con una de las petroleras más importantes del mundo, nunca le impidió dedicar su proyección a otro tipo de ingeniería: la colectiva. 

Inco I

Fotos: Federica Gonzalez

La tensión entre lo académico y el mercado laboral tampoco dejó escapar a Guillermo Idone. Aquella Facultad en la que se planteó el compromiso de ser ingeniero, no lo encontró en soledad. No nos referimos a los circunstanciales compañeros de egreso, -se sabe que los estudiantes de esa carrera en Mar del Plata se cuentan de a miles-. La historia viene por otro lado, la de los proyectos compartidos.

Estudiar y trabajar pueden ser actividades incompatibles o bien congeniar de algún modo. Pero en la vida de un ingeniero, parecen ser una condición. No hay trabajo si no hay estudio. Y no hay estudio, sin trabajo a la vista.

Mucho antes de terminar sus carreras, un pequeño grupo de ingenieros logró conjugar sus objetivos: desarrollar tecnología propia en el uso de las energías renovables. No estaban más que prefigurando su futuro, formándose a través de la acción creadora. Y se pusieron a estudiar el viento.

Génesis

“Ya veníamos de encontrarnos mucho y hablar de lo que nos gustaría hacer, se nos ocurrió trabajar con energías renovables y ahí empezamos a preguntarnos con qué sí y con qué no. Nos metimos en todas pero fue más fuerte el proyecto de trabajar con el viento, veíamos que era un recurso muy importante en esta zona a lo largo de todo el año. Por ahí ahora el sol en verano es buenísimo, pero en el invierno no” relata Idone.

Las técnicas de aprovechamiento de las corrientes del aire tentaron a este conglomerado de seis ingenieros a diseñar y construir una turbina eólica. Para ese entonces, no tenían ni siquiera un nombre que los identifique. “Nos poníamos cualquier cosa. Pero ya aparecía la idea. Nosotros nacemos por un proyecto muy idealista: querer fabricar un molino para lugares en donde no había energía. Nos enloquecía producirla y empezamos a encontrarnos con otras experiencias que nos fueron dando esta idea de formar una empresa”.

Especializarse en ingeniería mecánica y electromecánica los llevó por diferentes foros y oficinas. Y un día alguien se los confirmó: “ustedes tienen que buscar la forma jurídica que más se asemeje a quiénes son, a cómo se organizan y a cómo funcionan”.

Si la acción de pensar en ingeniería es pensar en ingenio, y si la intención en ingeniería es reunir profesionales emprendedores, el nacimiento de la cooperativa Inco resultó inevitable: el sueño de la ingeniería colectiva se echó andar y a partir de esas dos palabras, su nombre finalmente apareció.

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El molino

De tres metros por tres metros, la turbina eólica de baja potencia y eje vertical se mueve como una calesita. Y a toda velocidad. Compuesta por tres álabes (paletas), tiene una ventaja inicial en relación al molino tradicional: no necesita orientación. Los rayos que las sostienen  y su centro,  se fabricaron de acero. En el caso de algunos materiales compuestos, se recurrió a un proceso igualito al de la fabricación de las tablas de surf. Para los alabes se utilizó poliestireno expandido de alta densidad, recubierto con tela de vidrio y resina poxi. Todos productos que pueden obtenerse en el mercado marplatense.

La supervivencia del molino de Inco radica en que su cola jamás podrá cerrarlo de modo que se vaya en vuelta. Su sistema de anillos para pasar los cables sin que se enrede, también es una característica especial. “El molino generalmente es ruidoso en la punta de la pala, porque va muy rápido y entonces chifla, silba y en algunos lugares eso es molesto. Por ahí en el campo no pasa nada, pero en una zona urbana no va. El nuestro lo pensamos para una casa, lo pensamos para un lugar urbano y entonces sabíamos que no tenía que hacer ruido. Y no lo hace, es fantástico”.

Aunque celebra los logros de esa primera creación cooperativa, Guillermo no esconde tampoco las frustraciones. La construcción de un par de prototipos para realizar ensayos en diversos lugares de Mar del Plata no fue nada simple. “Conseguimos plata del concurso Capital Semilla del Ministerio de Industria. Diseñamos, calculamos, fabricamos, hicimos un prototipo, lo subimos y nos dimos cuenta que, sí, daba vueltas como muchos molinetes de juguetes, pero no generaba nada. Es parte de las primeras cosas que pasan cuando experimentas. Y tenés que jugártela. Habíamos invertido mucha plata. Calculamos otra vez, afinamos el lápiz e hicimos uno nuevo. Conservamos la estructura, el generador, las partes esenciales y modificamos la aerodinámica que eran las alas”.

-¿La creación del molino es íntegra de Inco?

-Nosotros lo diseñamos, no es que inventamos la forma del molino. Utilizamos ese tipo de molinos, que se llaman darrieus. Son de tecnología vieja, tienen 150 años o más. Si te remontas al uso del viento como energía hasta para demoler granos, es muy antiguo. En el pasado, se aplicó para generar energía eléctrica y a lo mejor, por ser costoso armarlo, resultó más fácil usar petróleo. Que es lo que hoy también pasa. Lo que existe ahora es una tecnología de materiales más evolucionada, que te permite trabajar con resistencias elevadísimas a muy bajo peso, como es el carbono o la fibra de vidrio. Nuestro ideal es hacer un producto definitivo de carbono, ultra liviano, con la resistencia de acero y una duración de 20 años garantizada. Pero no es nada barato.

Inco

Los sueños no siempre se cumplen

La energía eólica es un recurso renovable, abundante y, sobre todo, limpio. En 2014, representó alrededor del 5% del consumo de electricidad en todo el mundo. Dinamarca, por ejemplo, garantiza  más de una cuarta parte de su electricidad mediante la energía que provee el viento.

El proyecto de turbina eólica de Inco se planteó desde una necesidad: los lugares en donde el acceso a la energía eléctrica no existe. La generación de ese recurso faltante se realiza a través de los famosos grupos electrógenos, motores de combustión interna que queman combustible. Para un consumo promedio anual de una casa tipo, que alcanza los 2.185 kwh/año, se necesita medio litro de combustible por hora (según datos de la Facultad de Ingeniería de la UNMdP). A los precios actuales de la nafta, si el mismo está encendido durante al menos 10 horas, el costo anual se reiría de la inflación.

Ahora bien, si el precio de un molino como los de Inco ronda los 50.000 pesos y genera la misma cantidad de energía (un molino de 1KW en funcionamiento 24 horas generaría 8.160 kwh/año), entonces la inversión se recuperaría en menos de 36 meses y con un molino que asegura vida útil por dos décadas.

“Teníamos toda la previa, lugar de investigación y aunque sabíamos que el prototipo era tres veces más caro que uno fabricado en serie, cuando afinamos el lápiz para llegar al producto final, nos dimos cuenta que no nos lo iba a comprar nadie. ¿Cuál era nuestra estrategia comercial? No teníamos ni idea. Ahí empezamos a ver esa otra parte, tal vez más importante que la primera. Habíamos hecho algo fantástico, pero no teníamos un buen precio de venta”.

La inevitable desazón que percibe Guillermo no logra de todos modos que el objetivo se pierda.  “Ahora no están las condiciones para fabricar estos molinos chicos, son caros en relación al costo de la energía eléctrica. Para hacer molinos grandes, aparte de ser necesaria mucha infraestructura, tenés que venderle energía a Cammesa (Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico), a través de la legislación argentina. Y tampoco te da un margen de ganancia. La idea es seguir. Hoy en día lo vemos y ya sabemos qué tenemos que hacer. Cómo tiene que ser la pala, cómo tiene que ser el generador, cuánto va a generar, los rendimientos máximos, sabemos todo”.

Alzar la vista

El último molino que fabricó Inco está ubicado ahora en una casa de Avellaneda entre Catamarca y La Rioja, mano izquierda. Con sólo prestar atención un instante y dirigir los ojos no muy arriba, la primera creación de la primera cooperativa de ingenieros de Mar del Plata está al alcance de cualquiera.

Inco

“Lo probamos un par de días con vientos intensos y funcionaba maravillosamente bien, cargaba baterías cómodo. Lo tiene un ingeniero de alimentos, muy interesado en la temática de las energías renovables, que es alemán. Quería usarlo, le ofrecimos probarlo y se entusiasmó tanto que ahora no se lo podemos sacar. Pero lo tiene parado. La estructura sufrió algunos impactos, llegó a caerse por las bases mal hechas y luego de reparado, ahora cuando gira, vibra toda la estructura de la casa. Nos lo queremos llevar y dárselo a Granja La Piedra” explica Guillermo, actual presidente de la cooperativa.

“La cuestión es que ese molino responde a todos los requerimientos que nosotros nos planteábamos, funciona, pero nos dimos cuenta ahí que no teníamos una estrategia de mercado. No habíamos pensado en un producto vendible”. Reconocer de ese modo la situación significó un duro golpe para Guillermo y sus compañeros.

Sergio Zagnoni se desempeña en la parte de iluminación del Emvial; Hernán Esteberena realiza trabajos de ingeniería en electricidad por su cuenta, Juan Ithurrart ocupa el mismo rubro; Agustín Marsigliani se encarga de diseñar máquinas para terceros, entre ellas algunas balanzas multicabezales, y Luciano Garmendia desarrolla máquinas envasadoras de alimentos para la fábrica Cramsa. Todos ingenieros de experiencias metalmecánicas, metalúrgicas, en astilleros y en la industria de las máquinas envasadoras. Debieron alzar la vista y buscar también otras actividades. Y así edificaron una serie de servicios para seguir dándole vida a Inco.

Motores diesel para uso en riego

La última década de la que habla el kirchnerismo, tuvo en el campo -más allá de los intereses-, su principal plataforma. Y de esas regiones agrícolas, precisamente, prosperó el sostenimiento de la cooperativa Inco, incluso en momentos en que aún no estaba inscripta como tal.

En 2010, la empresa CPC, oriunda de Otamendi, se asoció con la compañía Total Gaz, famoso grupo empresario del sector petroquímico y energético, con base en Francia, que auspicia la Copa Sudamericana de fútbol. En esa localidad bonaerense, habían desarrollado un producto innovador, que permitió sustituir diesel por gas licuado de petróleo en los motores. Y resultó todo un éxito.

Con el crecimiento en el volumen de equipos y sus respectivas instalaciones, la petrolera multinacional decidió aumentar su comercialización. Mientras CPC se hacía cargo de la fabricación y Total Gaz de las compras, alguien debía resolver el servicio de post-venta. Allí fue Inco  quien desarrolló un sistema de gestión basado en las famosas normas ISO que le permitió ofrecer sus conocimientos con excelentes resultados.

“Cuando en 2013 la petrolera pide 200 equipos, CPC nos viene a buscar y nos pide una mano, porque no se podía hacer cargo de todas las instalaciones. Hicimos un trato con ellos e instalamos 100 de los 200 motores. Pero la idea nuestra era tener un vínculo directo con Total Gaz. Nos hicimos cargo de esa campaña, toda la post venta del país y entramos. Seleccionamos y capacitamos a una red de técnicos en siete diversas provincias, nos fuimos desde acá hasta el límite con Bolivia, viajando sin parar. Teníamos línea directa con los administradores, tuvimos un par de reuniones. Pero a la petrolera le importa sólo vender, se aventuran a hacerlo en cualquier lado. Por eso fue tan serio nuestro planteo de hacernos cargo del servicio técnico pero de manera más sólida y a largo plazo. Y ellos dijeron que no. Entonces a nosotros se nos complicaba. Muchos kilómetros, no nos era rentable. Cambiaron de gerente y al final, por errores que vinieron de la fábrica, no nos dieron más bola”, rememora Idone.

De la ciudad al campo, la misma burocracia

A pesar de los reveses, en Inco han sabido también aprovechar las circunstancias. Al andar por las ricas llanuras de la Argentina cayeron en la cuenta de las muchísimas cosas que hay para hacer. “Una empresa que tiene por ejemplo treinta equipos de riego grandes tiene gente dando vueltas todo el tiempo, porque tiene un motor prendido, porque está echando agua a un cultivo y más si lo alquila, tiene que garantizar que va a regar tanto tiempo. Esos equipos se pueden encajar, se les puede cortar un cable, romper un caño, se les puede parar el motor. Por eso, los tipos tienen que estar todo el tiempo con repuestos y teléfono en mano. Y todo eso tiene mucho costo” explica Guillermo.

La lamparita del ingenio no se les tardó en prender. “Cuando vimos eso pensamos: ¿si hacemos un equipito para monitorear el riego? Que muestre en mi teléfono si se encajó un equipo o si se paró el motor, que me tire una alarma si pasa algo. En la mayoría de los campos no hay señal. Entonces empezamos también a buscar la tecnología para transmitir de un equipo a otro hasta una central sin señal. Lo hicimos. Está todo pensado. Pero no tenemos el equipo. Es que… vos me preguntas sobre la experiencia de ser emprendedor y yo te digo que son todos fracasos. Aprendimos un montón, más vale, la experiencia al menos la revertimos. Arrancamos poniendo plata y armando algo que después no se lo vendíamos a nadie. Ahora vendemos primero la idea. Este equipo no solo le serviría al que tiene que controlar, le sirve al jefe de riego, al gerente de la estancia, al que termina el año e imprime un informe de la cantidad de agua que se echó. Le puede servir hasta al gobierno ambientalmente, si se quiere controlar la cantidad de agua que se usó para la cantidad de maíz que cultivaste”.

Inco

-¿No conocieron ninguna empresa interesada en invertir en sus creaciones?

-No levantamos mucho la perdiz. Vendimos uno, dos, tres. Cuando nosotros pensamos ese producto, estábamos trabajando con una empresa de Santa Fe que hace soluciones integrales de ingeniería y desarrollo para el agro. Monitores, banderilleros y sensores de consumo de combustible. Para el campo está buenísimo, porque hay mucho afano, no se sabe lo que se gasta. Pudimos vendérselos a una estancia que está en Balcarce. Le hicimos un trabajo buenísimo y recién ahí teníamos el talonario de Inco. Fue el primero al que le hicimos factura, a fines del 2014. Pero las empresas cuanto más grandes, más lentas para pagar. Nos piden una cuenta bancaria y no sabemos cuando la podremos tener habilitada. Todavía no pudimos cobrar. Te diría que estamos más o menos al borde de la quiebra.

El futuro en manos de terceros

Con la llegada de la matrícula que el Inaes proveyó hace cuatro meses, el proyecto de Inco busca renovarse para este 2015. Sin embargo, los estímulos de captación de las empresas en cualquier ciclo positivo de una economía, siguen transformándose en un escollo para algunos objetivos.

“La mayoría de los empresarios que te necesita te quiere adentro de la fábrica, y es lo que nosotros no queremos, no es la idea nuestra. A veces lo aceptamos porque no sale otra, pero la intención es vender servicio”, reconoce Idone.

“Hacemos muchos trabajos para terceros, por ejemplo una firma que hace máquinas embasadoras nos contactó porque necesitaban un dibujante. Ellos tienen capacidad de fabricar algo y piden una máquina de tres costuras para empaquetar fideos. Nosotros te hacemos el desarrollo de esa máquina, para tanta cantidad de producción. La dibujamos, entregamos los planos de fabricación, cómo se ensambla. Si pudiéramos hacerlo todo el tiempo sería un golazo. Luciano hoy lo hace para una firma y es difícil a veces salirte de ahí y hacerlo afuera”.

Los ejemplos entre poner límite al trabajo en relación de dependencia y lograr un contrato laboral como cooperativa, los incluyen a todos. “Agustín, por ejemplo, hizo el desarrollo de una máquina para extraer el almidón de la papa, una balanza multi-cabezal que se usa para envasar papitas, maní. Lo que hace es promediar lo que lleva cada compartimiento para que de la suma de 100 gramos. Dosifica justo las bolsitas en cantidades. Es una cosa de lujo que acá las empresas marplatenses -de hecho en Buenos Aires también- la compran a dos firmas, una japonesa y china. No se fabrican acá y Agustín la dibujó en 10 días.  Tenemos esa capacidad, pero a veces es difícil venderla”.

-¿Es un camino de cambiar la lógica de las empresas a la hora de contratar ingenieros?

 -Nos rompemos la cabeza para ver cómo hacer. Cuando empezamos a hacer estas cosas con mis compañeros pensábamos que desarrollar tecnología era desarrollar tecnología y nada más. Hacer un aparato y ver cómo funciona. Pero eso es una idea muy acotada. Desarrollar tecnología también significa desarrollar un mercado. Si no, en el mundo de hoy, no vales nada. Podemos discutir toda la vida si esa idea es válida o no, pero si no hay mercado no lo compra nadie y va a quedar sólo en una idea propia. No somos exitosos haciendo negocios, claramente.

Guillermo tiene la capacidad genuina de reír. A pesar de las adversidades que cuenta, el espíritu de Inco tiene un derrotero que incluye ofrecimientos de ayuda al frigorífico Sadowa, a la cooperativa Nuevo Amanecer y hasta la idea de diseñar una grúa pedida por una terapista ocupacional. Entre las extensas experiencias, trabajaron para una consultora en ingeniería en el análisis estructural de ductos de petróleo, con la que debieron trasladarse a plataformas marinas para diagramar el croquis de las tuberías. Duró sólo 3 meses, “pero nos servía como profesionales independientes para pasar por el Colegio de Ingenieros y pagar la matrícula”.

Así, sin inmueble propio ni alquilado, mucho menos con un taller o centro mecanizado y provistos únicamente de las herramientas de la actividad laboral diaria, en Inco saben muy bien de aquellos colegas a los que les va muy bien económicamente y que cada tanto les preguntan: por qué hicieron una cooperativa.

La respuesta llega en formato interrogativo y no ha dejado de ser otra: “¿ustedes hacen lo que les gusta?”.