#amarlareja

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

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 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Verano. Mar del Plata. Miles de turistas caminando como si hubieran salido de un hormiguero recién pateado. Calor. Humedad. Gente naranja pintando todo de naranja. Lo de siempre.

Yo tenía que hacer tiempo para llegar a un lugar. No voy a decir qué lugar, porque creo que no aporta nada sustancial al hecho que les quiero contar (aparte, ir al proctólogo no es ninguna vergüenza). Quise escaparle a los amontonamientos, por lo que encaré por la avenida Luro en dirección opuesta a la costa. Para no aburrirme, empecé a jugar mentalmente a encontrar en mi trayecto cosas raras, como un policía no usando el celular o un puesto de recarga de tarjetas de colectivo que funcione.

Fue ahí cuando me topé con esas rejas.

En un principio, pensé que se trataba de esa celda itinerante que la Comisión Provincial por la Memoria instaló en la Feria del Libro, ¿se acuerdan?. La idea era concientizar sobre las condiciones de hacinamiento y precariedad que viven los reclusos en las cárceles bonaerenses, pero en realidad sirvió para que un montón de lectores de Ari Paluch salieran a gritar a los cuatro vientos que a los presos hay que echarles combustible espiritual y prenderlos fuego.

Pero no era eso.

Después pensé que finalmente le habían hecho caso a un candidato a intendente que basó su campaña en la necesidad de trasladar la cárcel de Batán a otro lugar más seguro, para que uno pueda ponerse a salvo de las salideras bancarias o de los movileros del canal América que te enganchan evadiendo a la AFIP en el Mundial de Brasil.

Pero no. Era peor.

Plena avenida Luro, casi llegando a España. Allí estaba esa especie de mini cárcel en donde dejaron encerrados a un grupo de trabajadores del saladero Argen Pesca, porque cometieron la osadía de reclamar la regularización de su situación laboral. Protestaron frente al Ministerio de Trabajo de la provincia y, al no ser escuchados, decidieron tomarlo.

Y ahí si consiguieron una respuesta.

Tal vez la más cruel que se vio por estos lares.

No los reprimieron con palos, gases y perros, la trilogía preferida de las fuerzas de seguridad a la hora de disolver los reclamos en la vía pública. Los encerraron, ni más ni menos. Pero como somos unos genios, ni siquiera los agarraron de los pelos, los metieron violentamente en un patrullero y los llevaron a una comisaría, como piden algunos conductores radiales. A ese grupo de laburantes les pusieron una reja todo alrededor, ahí mismo, sin necesidad de trasladarlos a ninguna parte. En la puerta misma de la delegación local del ministerio, una dependencia provincial que -según cuentan las leyendas urbanas- entre unos de sus objetivos tiene el solucionar los problemas de los trabajadores.

Los encerraron. Los enjaularon. Y el ministerio de Trabajo –en una de las huidas más cobardes que se recuerden- empezó a funcionar en otro lado. En oficinas del Banco Provincia, una entidad que se jacta de dar créditos blandos para fomentar la actividad productiva de empresas como Argen Pesca. Los funcionarios en un Banco y los trabajadores en un corralito, paradójicamente.

Tal vez, querido lector (uso este recurso berreta de falsa amistad porque queda bien), cuando usted haga doble click sobre este texto, ese pequeño calabozo delivery ya no esté y los trabajadores hayan vuelto a sus casas con las manos vacías, después de estar más de una quincena encerrados.

Ese no será el punto. Lo terrible es que esa situación no le importó a nadie. Se naturalizó de una manera atroz. No hubo indignación general, ni charlas acaloradas en los cafés, ni comentarios altisonantes en facebook, ese enojo que se expresa tipo HASTA CUANDO VAMOS A QUEDARNOS CON LOS BRASOS CURZADOS ESTE PAIS NO DA PARA MAS, porque la indignación en internet se expresa así: en mayúsculas y escribiendo para el culo.

Mar del Plata ama las rejas. Y las pone en todos lados, a veces por seguridad y otras veces porque está bueno marcar de manera concreta que uno no es como ellos.

– ¿Quiénes son ellos?

– No lo sé. Los distintos a uno, tal vez…

– Pero, en realidad, todos son distintos a uno…

– Bueno, pongamos mil rejas.

Hasta la Catedral tiene una reja protectora, una muestra clara de que nadie está a salvo. Porque si ellos, que tienen comunicación directa con el Supremo Hacedor necesitan aislarse, ¿qué queda para nosotros?.

Nos han convencido que es mejor para todos estar encerrados, hablando boludeces, comprando pavadas o ansiando comprarlas. El tema es no salir, porque si salís te puede pasar como le pasó a esos laburantes, que al final terminaron enrejados. Por salir. A protestar.

Rejas en las ventanas, en las puertas, en las medianeras y en los comercios. En las plazas y hasta en la fábrica de rejas. Cuánto más rejas hay, menos raro nos parece el aislamiento.

Y a nadie le asombra que anulen una movilización poniéndole un balde encima, como si fuera un murciélago rabioso, de esos que uno encuentra en el cordón de la vereda.

Así estamos, naturalizando el encierro. Nadie lleva la cuenta del tiempo que perdemos al año abriendo y cerrando las rejas. Un tiempo que podríamos utilizar para cosas más productivas, como hacer un barrilete, reírse un rato, mirar goles de Bochini en la compu o escuchar a Billy Bond y La Pesada, por ejemplo.

Salgan al sol, idiotas.