El hombre de la campana

Mar del Plata es unas de las ciudades del país con más teatro independiente. Lo demuestra la cantidad de centros culturales en funcionamiento y los incesantes estrenos que se realizan cada año. ¿Dónde surgió este movimiento? Conocer a quien dio nacimiento a esta corriente es buen paso para empezar a comprender una parte importante de nuestra identidad cultural.

Por Manuel Frías

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El tipo es regordete, con grandes entradas que dejan ver su frente en alto a prueba de todo. El gesto parece el de un gato agazapado a punto de dar el salto; así parecía contener sus enormes ojos negros en su sitio. En la foto sonríe. Aunque no se le note, por debajo de ese gesto parece sonreír: su felicidad se llamó teatro. Siempre se supo creador de un movimiento cultural inédito en el país. Lo decia orgulloso cuando se lo preguntaban: “Leónidas Barletta, director del Teatro del Pueblo e integrante del grupo Boedo”.

Antes de 1930 el tipo regordete gustaba de hacer teatro en cualquier lado. Quería que su pueblo pudiera ver lo que hacía y por eso salía a llamarlo a la calle con una campana gritando a viva voz: “¡función, función, función!”.

Un día le preguntaron qué pensaba de Jorge Luis Borges, un “enemigo” literario, en tanto miembro del grupo Florida y frecuentador de las tertulias de las vanguardia de buen nombre que gustaban reunirse en el coqueto café La Richmond. “Cachafaz”, soltó Barletta y continuó casi sin respirar:

– Fracasado… El pobre Borges… Vate criollo y vate septuagenario… Buscador de puestitos… Pergeñador de cuentos persas… lávese de toda esa mugre metafísica.

También fue periodista. Como no sólo de teatro vive el hombre, Barletta fue –además- trabajador de prensa. Encabezó, como secretario de redacción, la revista Claridad; luego fundó y dirigió el periódico cultural Propósitos, una tribuna de la izquierda independiente argentina de los años 50.

Como periodista escribió artículos en los que defendía el valor de la literatura como testimonio y denuncia de los problemas sociales. Pero su verdadero amor no era el periodismo. Tampoco las letras, con las que pudo crear hermosos cuentos y novelas. Su verdadera pasión era el teatro.

Fue a fines de noviembre de 1930 cuando dio nacimiento a su más reconocida creación: el Teatro del Pueblo. Lo dirigió desde el 20 de marzo de 1931 hasta su muerte, en 1975.

Leónidas Barletta

Un día se sentó con el escritor Roberto Arlt y le propuso que se sumara al Teatro del Pueblo. Lo miró fijo con los ojos hondos, oscuros, y le dijo que lo necesitaba. Lo primero que le propuso fue estrenar el capítulo “El humillado” de Los Siete Locos. Pero su intención era que Arlt se volcara a la dramaturgia.

– Cuando Barletta fundó el Teatro del Pueblo me pidió que colaborara con él, escribiendo una obra para su empresa en la que nadie creía, incluido yo. Pero a pesar de ello, un día me puse a trabajar en ella sin la menor esperanza de éxito.

Un tiempo más tarde, Roberto Arlt le llevó un pilón de papeles con la obra escrita. Era “300 millones” y  Barletta no tardó ni una semana en ponerse a ensayar. Se estrenó unos meses más tarde.

“Durante doce años de desesperada lucha por imponer un teatro de arte en Buenos Aires, tuvimos a Roberto Arlt a nuestro lado –recordó Barletta en una nota publicada en 1942 en la revista Conducta, a propósito de la muerte del autor del Juguete Rabioso-. Arlt comprendió que el destino del escritor moderno está indisoluble unido a la vida del nuevo teatro. Por eso compartió nuestra pobreza y también nuestra dignidad. Roberto Arlt era un artista; cultivó la pobreza y vivió atormentado. ¡Algún día no habrá necesidad de padecer miseria para conservar la dignidad del ideal”.

Al fallecer Barletta en 1975, se interrumpió la actividad del grupo. Para ese entonces ya funcionaban en la sede de Diagonal Norte 943, luego del desalojo del edificio de la calle Corrientes, en donde hoy funciona el Teatro San Martín.

Dejó para las generaciones de artistas argentinos que lo precedieron un legado inagotable, encarnado en el movimiento de teatro independiente que hoy ocupa un lugar destacado en el arte popular y que se ha ganado un reconocimiento internacional.

El hombre de la campana sigue naciendo en cada director que piensa cómo vincular su teatro con los problemas sociales, en cada escritor que discute con el esnobismo del arte-por-el-arte y en cada actor que convoca al público a grito pelado para una nueva función.