Cambalache nocturno

Durante el verano, la céntrica calle Rivadavia se convierte en peatonal y en ella convive una ecléctica cantidad de espectáculos a la gorra. Los turistas, encandilados, asisten masivamente. Un periodista se sumergió una noche en este “circo desnudo” y lo retrató para Revista Ajo.

 

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 Fotos: Federica Gonzalez

Herida por un sable sin remaches/

vi llorar la Biblia contra un calefón”

Enrique Santos Discépolo

 

Una multitud.

Exceptuando la marcha del 24 de Marzo (y algún que otro festejo futbolístico, preferentemente de equipos porteños) nunca se ve tanta gente al mismo tiempo en Mar del Plata.  Los visitantes -que con el comienzo del año inician la diáspora hacia el mar- deambulan con mirada hipnotizada y boca semiabierta, motivo por el cual los pies se patean y los codos se chocan. En los sectores más concurridos, desconocidos se trenzan involuntariamente, y la ausencia de espacio genera movimientos de bailarina rusa para separar los cuerpos.

La “Capital nacional del pulóver” es digna del título que ostenta. Inclemente, recibe el año y a los turistas con lluvias espesas, granizo y temperaturas bajas. Los transeúntes optan por cubrirse: ropa deportiva sin mucho ornamento. Las camperas con escudos de clubes confirman la asistencia federal: Capital Federal, Conurbano bonaerense, Mendoza, San Juan, Córdoba, Tucumán.

Familias, en la acepción ortodoxa. Madres, padres y niños; algunos en cochecitos que hacen las veces de autitos chocadores y otros sobre los hombros. Las manos libres, proclives al aplauso, denotan la ausencia de compras y magro presupuesto. No hay apuro, el paso es cansino. El clima es festivo, alegre.

Un lento peregrinar, errante.

02

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Alberto, 38 años, empleado, Banfield. Blue jeans, chomba, suéter colgando al cuello y zapatillas nike.

            -¿Qué te gusta de la calle Rivadavia?

            -Y…la verdad que está todo carísimo en otro lugares, somos cuatro, imaginate. Acá, por dos mangos, te ves un montón espectáculos, te comés una pizza o te tomás un helado y estás hecho. A mí me gustan los espectáculos de chistes, te cagás de risa.

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Olor a pochoclo.

Hay un vaho denso que mezcla champú, perfume y comida- dispuesta de modo caótico en la vidriera de los tenedores libres-. Una pizarra se enorgullece del pebete a 15 pesos y el pancho a 13. Un centenar de personas espera su turno para hacerse con churros rebosantes de chocolate y dulce de leche. La oferta gastronómica es simple y contundente: se compra, se ingiere y se continúa la recorrida. Pequeño, casi con vergüenza, un cartel asegura que estamos frente a la casa natal del bandoneonista Astor Pantaleón Piazzolla.

La vigilancia es escasa. Pocos uniformados -en una ciudad atiborrada de chalecos verde flúor- observan aburridos desde su garita, como bañeros o árbitros de tenis. Mirada lánguida que alterna la multitud con el teléfono celular. Los jóvenes recientemente reclutados abandonan por un rato la paranoia del neófito y confían la seguridad al espíritu festivo que reina entre los caminantes.

Helado, bisutería, vestimenta, medicamentos, juegos electrónicos: la propuesta comercial es variopinta. Los locales acusan poca concurrencia, quedan relegados ante un comercio más justo que se desarrolla a unos metros: en la calle, no hay un  precio establecido por la mercancía; se deposita, de acuerdo a las posibilidades, la suma en un gorra que hace las veces de caja registradora.

Cuatrocientos metros que componen un circo desnudo, sin carpa que lo cobije.

03

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Tres personas sobre una tarima. El primero canta una canción, el segundo interrumpe y el tercero arriesga una variante lírica.

            -Me engañaste, me mentiste, me dijiste que desde aquel día tú ya no la veías…

            -No, así no es. Cantala vos…

            -Me engañaste, me mentiste, me dijiste que la ibas a chupar pero me la mordiste…

Aplausos, carcajadas.

            -Mujeres, lo que nos pidan podemos, si no podemos no existe…

            -¡Nooooo! ¿Cómo era?

            -Mujeres, ¿para qué las queremos? Si con los trabas podemos…

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Su nombre, un domicilio.

Enemigo declarado del general José de San Martín. Amigo confeso del Imperio Británico. Ahogó la gesta emancipadora de la América del Sur negándole recursos. Centralista y unitario, sofocó las economías regionales con bajos aranceles a las importaciones de manufacturas foráneas. Padre del empréstito Baring Brothers, pidió 1.000.000 libras esterlinas: llegaron 570.000 y el país tardó ochenta años en cancelarlo. Liberal y moderno, promovió la creación de la Bolsa de Comercio y la Universidad de Buenos Aires.

Le quitó privilegios a la Iglesia Católica, heredero de la Iluminación francesa. Disposición que no tomarían muchos temerosos de Dios, que se persignan frente a la catedral, antes de enfilar hacia la gran kermés que tiene lugar todas las noches en el centro marplatense.

Cuando renunció a la presidencia se llevó su silla y murió exiliado cerca de Sevilla. Su recuerdo a la chusma agravia, se llamaba  Bernardino de la Trinidad González Rivadavia y Rivadavia.

Bernardino y el gentío no riman.

04

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Mirella, 41 años, transformista, Capital Federal. Maquillaje desbordante, vestido corto, medias en red y zapatos con plataforma.

            -¿Por qué creés que tanta gente asiste al espectáculo de transformismo?

            -¡Qué sé yo! Cada vez entiendo menos a la gente. Están todos locos…

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Luces de variedad.

Hombre, canoso y barbudo. Enfrenta seis tableros de ajedrez, en cuatro hay oponentes. En tres mueve rápido, en el restante se detiene más tiempo: reina, cuatro peones y caballo, el aspirante; dos torres, cinco peones y alfil, el maestro. “Jaque mate a las drogas”, propone como alternativa inclusiva a las adicciones. Veinte pesos la partida. Curiosos observan y cuchichean.

Las obras que se desarrollarán en los teatros se promocionan en la calle, repartiendo panfletos. Para hacer frente al griterío y a la competencia, las frases deben ser precisas y contundentes: “Jacobo cuenta todo, a dónde se llevaron la plata los políticos“, “Humor para toda la familia, diez bailarines en escena“, “El mejor show de transformismo”, La presencia estelar de ‘Peluche’, el que salió de Tinelli“. Otros, más originales, llevan una muestra del espectáculo fuera de las butacas: sobre un taburete hacen un adelanto de lo que verán si abonan la entrada, y recuerdan -haciendo repetir al público- horario y coordenadas del show.

Los flashes, de teléfono y no de cámara fotográfica, disparan constantes. A cambio de un aporte voluntario, la foto con un muñeco Chuky; con un Winnie Pooh de un metro setenta centímetros o con un superhéroe ataviado con escudo y arma láser. Mariquena, atracción principal de la obra que lleva su nombre, anuncia su espectáculo junto a una imagen tamaño real de ella misma.

Un metro ochenta, con plataformas, casi dos metros. En el teatro griego, el personaje de Antígona lo representaba un hombre. Onnagata es la voz que se utiliza para nombrar al actor japonés que interpreta a una mujer. En la ópera china solo cantaban masculinos. John Travolta, Johnny Deep y Robert de Niro, desde Hollywood, hicieron el papel de mujeres. En la calle Rivadavia, abundan. No se visten como suelen hacerlo las mujeres, se exageran los rasgos. La atracción hace equilibrio entre el grotesco y la fantasía reprimida.

05

El azar supera siempre al ensayo. Un mimo rengo deja la muleta en el piso. Su cara maquillada, sus ademanes y nada más. Un acordeonista longevo y calvo, salido de la nada, acompaña los movimientos trabajosos y enclenques. Nadie advierte el improvisado dueto.

Todo es veloz y fugaz, espontáneo. Los destellos danzan en la retina; se almacenan momentos, chispazos. Avanzada la noche, la multitud comienza a dispersarse. Los corredores muestran claros despoblados, solo hay público alrededor de los artistas callejeros.

Las últimas barricadas de lo que pareció una batalla intensa.

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Un hombre le pega a otro con un objeto que no hace daño pero que suena fuerte. El público ríe. Un niño, en los brazos de la madre, llora desconsolado.

            -No te asustes, Martín. Los señores están jugando.