Mil veces había una vez

Pepe García tiene ochenta y dos años y lleva casi cincuenta como titiritero. Nunca escribió una historia y compara su trabajo con el de un músico de jazz, sin embargo no está tan convencido de su genialidad. Una charla profunda con un artista imprescindible, que divirtió con sus espectáculos a cuatro generaciones de marplatenses.

Pepe García I

Fotos: Romina Elvira y Federica Gonzalez

Él está, pero no lo ves. Los títeres hablan, Pepe desaparece. Pero él está. Sentado atrás de una mesa, con un títere en cada mano. Y la historia que cuenta dibuja mundos completos de fantasía. Es algo loco como la gran siete, diría él con esa voz áspera que por momentos es princesa y por momentos hipopótamo. El arte de Pepe García se sostiene en una sencillez prodigiosa, sus cuentos funcionan desde el ingenio, dicen mucho con poco, con tan poco que a esta altura ni él se preocupa por salir de escena. Es un artista de los que no se conforman, lleva el arte del títere hasta espacios elevadísimos, pero él cree que no. Y me dice que no. Me dice que me habla con franqueza. Pepe García, pienso mientras lo escucho, está bien loco.

Su padre, José, llegó a la Argentina en 1918, se fue a vivir a Tucumán para trabajar en un almacén. Su patrón lo explotaba de sol a sol y apenas le daba una bolsa de arpillera para que pasara las noches. No lo soportó y cambió el rumbo, se dedicó a vender agua potable; con un caballo y un carro iba por los barrios. Después se compró un camión. Después puso un taller de venta y reparación de neumáticos. Había estallado la Segunda Guerra Mundial, en el mercado no se conseguían neumáticos, los únicos que había eran los que ingresaban de contrabando por la frontera con Bolivia. El riesgo dejó su recompensa: los García se hicieron ricos. En el cuarenta y seis se fueron a España, donde nació Isabel, una de sus hermanas. De regreso, las cosas cambiaron.

“Mi padre creyó que sabía hacer plata, pero no, él había aprovechado una oportunidad. Recuerdo que un día agarró un manual de geografía mío, el del colegio, y vio que la provincia de Buenos Aires tenía muchos dibujitos de trigo y vacas. Creyó que ahí estaba la riqueza y nos vinimos para acá. Compró un hotel en San Miguel del Monte. Lo refundió. Después fuimos a Capital, compró camiones, pero con todo se fundió. Y después vinimos a Mar del Plata, por capricho del viejo. Fuimos perdiendo todo de a poco, hasta que desapareció el último mango. Así que yo estoy en Mar del Plata porque mi padre me trajo, no porque lo haya elegido”, explica Pepe.

– ¿Por qué te quedaste?

– Lo primero que hice fue meterme en la Escuela municipal de periodismo. En esos años me puse de novio, me casé. Hasta hace muy poco me consideré un tipo que estaba de paso por acá. Vos fijate que hasta los quince años viví en Tucumán. Después en Buenos Aires, hasta los 25. La carga de tu niñez y de tu adolescencia hacen que no sientas que la tercera ciudad sea tu ciudad. Hace poco que me considero marplatense. Hace siete u ocho años. No me quería entregar.

Pepe habla con una cadencia cómica, por las palabras que usa y por la musicalidad. Dice cosas profundas y las dice como si nada. Igual que en sus funciones.

– ¿Recordás cuál fue tu primer títere?

– El otro día lo vi en una foto en Facebook.

Pepe pierde la mirada y piensa. Se toca la barba.

– Lo tiene un sobrino mío que hace títeres también. Un día se lo regalé y la verdad me arrepiento.

– ¿Por qué?

– Era mi primer títere, no tenía por qué regalárselo a nadie.

– ¿Cómo es?

– En la calle Uruguay, en Buenos Aires, entre Bartolomé Mitre y Rivadavia, había un negocio fantástico que vendía trucos de magia, títeres, muñecos para ventrílocuo y demás cosas fascinantes. Iban todos los magos a comprar elementos avanzados. Ahí me compré un títere con las mismas características de un títere de ventrílocuo. Era peladito, con una sonrisa grande, podías mover las manos y le abrías la boca con un broche. Ese era Pipo. El único títere que tuve cuando vine a Mar del Plata. Cuando empezamos con los títeres, en el 1966, armamos los muñecos con papel maché, Pipo era el único títere profesional. Lo usábamos de presentador. Lo compré en el año 1952 o 1953, no me acuerdo con exactitud.

– ¿Cómo fueron esas primeras funciones?

– Jamás había hecho títeres, apenas había jugado con mis hijos y con Pipo. Pero no me parecía una cosa muy difícil, la cuestión es que yo había visto pocos títeres, no había. Tampoco había forma de ir a ver cómo se hacía. Y nos fue para el diablo. No teníamos promoción. Además fue en verano, recién en febrero logramos una salita, en una peña folclórica. Y Pipo me acompañó. La verdad, no sé por qué lo regalé.

– ¿Qué es lo fascinante de los títeres?

– Fijate vos, si fuera actor ¿ahora qué haría? El papel de un abuelo o no sé qué. En cambio con los títeres sos caperucita, sos el lobo, sos la abuela, el héroe y el cazador. Hacés todos los personajes, no importa la edad que tengas. Mientras puedas hablar no bajás, no perdés aptitud. Y yo tengo por suerte una voz bastante potente todavía. Y eso que no me cuido un pito.

– ¿No?

– ¡No! Fumo pipa como loco. En estos días no tanto porque estoy congestionado. También me gustaba la bebida blanca. Tomaba ginebra, pero me fui quedando sin voz. Por eso ahora tomo vino solamente. Tinto. El blanco no. Me hace mal.

Pepe sonríe con la picardía de un chico. Mientras habla, se nota, le pasan dos millones de cosas por la cabeza. Me hace acordar a El perseguidor, el cuento de Cortázar, esa metáfora sobre Charlie Parker y sus juegos con el tiempo aplicados a la música, a las estaciones del subte, a la creatividad.

… esto lo estoy tocando mañana…

… esto ya lo toqué mañana…

Él mismo lo dice: “Mi trabajo es como el de los músicos de jazz, que improvisan”.

Pepe en casi cincuenta años como titiritero nunca escribió una historia.

Pepe García II

– ¿Por qué no escribís tus cuentos?

– Pasa que he intentado escribirlos, pero cuando los digo se me ocurren otras cosas. Hace cinco años con el Auditorium hicimos una obra de Carlos Gorostiza, Mambrundia y Gasparindia. Anduvo bien, la llevamos a los pueblos. Ahora, del libreto, no quedó nada. Un día, viendo que la obra funcionaba fenómeno, me dicen “Vamos a invitar a Gorostiza”. ¡No! dije yo. No lo inviten a Gorostiza porque me va a fusilar. Con mi hijo Pablo íbamos entre los dos, con los dos personajes. Y nos salía cualquier cosa. Y el público se moría de risa con las improvisaciones. Y no quedó nada de Gorostiza. Te lo juro. Eso se logra porque se hace todos los días.

– ¿Cuántos cuentos tiene tu repertorio y cómo los elegís?

– Mirá, en el Museo del Mar contaba 140 cuentos. Todos los días iba con un cuento nuevo. Mi método es bastante inocente. En mi casa desparramo los juguetes arriba de la cama y voy eligiendo. Este, este, este y este. Elijo los títeres que hace mucho que no uso, los que combinan bien. Ahí mismo creo un pequeño conflicto. Y sólo anoto el título y la idea del conflicto. Con eso hago la función. En vivo le voy poniendo palabras. Esa libertad se consigue después de muchos años. Y es muy grato trabajar así. A mí me encanta. La creación abierta.

– ¿Nunca, pero nunca, con libreto?

– Leemos para las funciones de adultos, cuando hacemos García Lorca o Jacques Prévert. Pero leemos, la última vez que yo me estudié algo de memoria fue en el colegio secundario. El trabajo para mí fue siempre placentero porque me escapé de la rutina, de todo tipo de rutina. Y el hecho de salir de gira, es hermoso. Ahí sí tenés que llevar los cuentos que te salen bien. Hoy me muevo con cuarenta cuentos. Y hago cuatro por función más o menos.

– ¿Por qué preferís el público infantil?

– Uno al público infantil lo quiere de antemano. Vos sabés que son niños y listo, ya está. Del público adulto querés a algunos y a otros no los querés para nada. Es más fácil hacer algo amoroso para alguien que te despierta cariño. El chico te despierta cariño. Vos vas a un barrio y te encontrás con pibes de toda la zona, que no vieron mucho, porque están lejos del centro. Son chicos que se asombran, que disfrutan porque es una fiesta. Los del centro ven comedias musicales y tienen internet, están habituados. Uno va muy predispuesto a los barrios. Además, yo tuve aspecto de viejo desde los cincuenta años, con la barba blanca, la pelada. Eso también despierta en los chicos cierta ternura. El encuentro es sencillo, natural, es un nieto y un abuelo. Vos los mirás a los chicos y ya te conectaste. No hay necesidad ni de hablar. En la mirada se arma la conexión, en la primera mirada. Después todo fluye, cuentes lo que cuentes.

– ¿Qué cosas te hacen reír?

– El Chavo del Ocho. ¡Como me he reído con ese cristiano! El absurdo de la vida y de las relaciones me hacen reír. La hipocresía. Quino me hacer reír mucho. Su obra más allá de Mafalda es fabulosa. Los humoristas te señalan los sinsentidos de la vida, te dicen que eso es loco como la gran siete. Woody Allen me hace reír. ¡El gordo y el flaco! Cómo me río con esos desgraciados. Cuando no estoy con ganas de nada pongo El gordo y el flaco en Youtube y chau. Cantinflas me gustaba mucho de chico y ya no me gusta tanto. Sandrini lo mismo. El que me vuelve loco es Buster Keaton.

– ¿Y qué cosas, sentís vos, hacen reír a los chicos?

– El hecho de hacer reír es el principal objetivo de mi trabajo. No me interesa demasiado el tema de transmitir valores ni nada de eso. Si la obra transmite valores será a pesar de uno, porque no tiene más remedio. Pero nada de andar enseñándole a los chicos a respetar a sus mayores y toda esa milonga. Que lo hagan los maestros o el padre o la madre, que para eso están. El titiritero está para otra cosa. Yo quiero que se diviertan. Y la cuestión de hacerlos reír no está en el tema. Está en los personajes. Como en el Chavo, que los personajes son tan geniales que te hacen reír con cualquier pavada.

– Dame un ejemplo con tus personajes…

– Hace unos años, en el Museo del Mar, tenía que hacer una función y se había roto el equipo de aire acondicionado. Yo había llevado una jirafa y más o menos tenía algo pensado, pero asomé el muñeco con la mano bien alta y dije “Tengo una sed”. Y todo el mundo se mató de risa. A tal punto que hoy hay gente que se acuerda de la jirafa que tiene sed. Eso le pasa a todo el mundo, a los actores, a los cómicos, que de golpe y porrazo por razones equis dicen cualquier cosa y la pegan. Si uno está atento a eso se da cuenta que el éxito de un cuento está en una frase, incluso tal vez en una palabra.

– ¿En el arte en general sucede así?

– Una vez estaba escuchando al hermano de Homero Expósito, el músico, Virgilio Expósito. Él contó que Homero le llevó cuatro líneas: Primero hay que saber sufrir / después amar / después partir / y al fin andar sin pensamiento. Muy bonito, sí, pero ¿y? Hubo que armar todo el resto alrededor para que esa frase viviera. Lo mismo pasa con los títeres, vos encontrás un punto fuerte, pero después tenés que armar todo el alrededor para que eso se sostenga. Eso le pasa al cuentista, al novelista, al músico, me imagino. Si escribís una obra y te ceñís a lo que escribiste, entonces la mataste. Cuando nace ya está muerto. Y hacer reír es fantástico.

Pepe García III

Antes de hacer títeres, Pepe trabajaba como administrativo en YPF. No resistió la rutina y dio un paso al costado. O dos. O más. Durante un tiempo se dedicó a vender fruta mientras arriesgaba sus primeros pasos como artista. En agosto de 1971 dio su primera función en Sacoa, la galería de videojuegos. La idea era probar una temporada. Estuvo catorce años. Hay hombres grandes, adultos, que todavía lo saludan en la calle y lo felicitan por esas funciones. Lo increíble es que Pepe fue también titiritero para sus hijos y para sus nietos. Cuatro generaciones de marplatenses crecieron con sus historias.

– ¿Volviste a Sacoa alguna vez?

– Sí. Claro. Pero Sacoa no me produce nostalgia. YPF sí. ¿Qué cosa no? De YPF me escapé, sin embargo sigo soñando, infinidad de veces, con YPF. Debe ser que en Sacoa cerré un ciclo. Y en YPF hay un fracaso. Ahí me doy cuenta que no tuve la suficiente inteligencia de mantener algo firme y seguro para mi familia. A lo mejor, manejado con inteligencia, hubiese sido titiritero y empleado de YPF, y ahora tendría una jubilación y flor de departamento. No lo manejé con astucia. A lo mejor eso es lo que me reprocho.

– Pero fue hace mucho tiempo…

–Sí, muchísimo tiempo. Pero yo sigo soñando con YPF y no con el Sacoa.

Pepe se ríe. Y en su gesto, esta vez, se lee cierta ambigüedad.

– ¿Vos sos conciente de lo que te quieren en esta ciudad?

– No entiendo qué pasa. Exageran. Ahora se supone que soy un personaje de la ciudad. Esa cuestión en el Concejo Deliberante, hasta te diría que me molesta un poco. No tiene nada que ver conmigo, ni con mi laburo, ni con lo que yo hago. Yo veo la intención, me quieren mucho y me es grato encontrarme con la gente que me ve desde hace mucho tiempo. Valoro el cariño que recibo. Pero al mismo tiempo siento que está exagerado. En mi trabajo de titiritero nunca he conseguido algo por fuera de la improvisación. Yo tengo una idea y lo hago. Nunca conseguí hacer algo que como espectador me guste. Y eso es un reproche que me hago. Entonces me fastidia un poco el halago desmesurado. Lo que hago no está en la calidad que yo le exijo a los demás. Esa es la cuestión. A todo mi trabajo, me da la impresión, le falta rigor.

– ¿Por qué decís eso? Es una autoexigencia de locos. Innecesaria.

– Lo que pasa es que veo trabajos que sí son fabulosos. Este verano iba caminando por la diagonal Pueyrredon y los veo a Lucas Manso y a Sol Lavitola, que hacen marionetas. Hicieron un espectáculo de un borrachín que abandonó a la mujer, hay un pianista y el borracho aparece y se acoda ahí, todo con letra de tango. Y a mí se me caían las lágrimas. Estaba tan bien hecho, tan bien hecho. Producto de mucho trabajo, de mucho ensayo, de cuidar los detalles. Eso es lo que me falta a mí. Yo no termino una cosa. Hago eso, lo tiro a la mierda y empiezo con otra. No lo hago bien.

– Pero ese sos vos, Pepe. Y sí está bien.

– Sí, es cierto. Y también me lo digo. Pero no vayas a creer que me satisface. Una cosa quiero hacer bien. Debe ser que no me da el cuero. Hay una imposibilidad, es como que si yo hago esto y lo retoco lo empeoro en lugar de mejorarlo. En todos los artistas se ve una evolución, menos en Pepe el titiritero, que sigue siendo el mismo tipo de hace cincuenta años. Y me doy cuenta que lo que yo quiero es que los chicos se diviertan. Y me importa tres carajos el cómo. Pero el cómo es importante en el arte. Yo te lo digo con franqueza, porque esa es una espina clavada.

– Es una espina y también es locura.

– No sé. Si uno busca excusas, encuentra mil. Yo soy el primero. Tengo una lista tremenda de excusas. Pero lo que hago no me satisface. Me gustaría poder hacer lo que me gusta ver. Pero no me sale.

– Pero tampoco es posible ser autor y espectador al mismo tiempo.

– Eso es verdad. Pero bueno. Lo siento así.

Pepe García IV

Mientras lo escucho trato de imaginar cómo se ve a sí mismo, qué sucede en el laberinto imposible de las ideas y su proyección en el mundo real, en el mundo imperfecto, limitado, injusto para un creador de tiempo completo. Los artistas suelen acostumbrarse a esa distancia entre el mundo real y el mundo de las ideas; pero también es verdad que los más sensibles encuentran ahí un motivo de angustia. Y de inspiración.

– Algo que me llama la atención es que hacés títeres arriba de una mesa y lográs que el público se olvide de que ahí mismo está el titiritero. ¿Cuál es el secreto?

– Yo me pasé la vida mostrando a los títeres contando cuentos, pero llegué a los ochenta años, tengo casi ochenta y dos. Entonces aguantarme de pie con los brazos arriba me cuesta. Lo hago en las giras, en los pueblos, donde es más difícil romper con la tradición del títere convencional. Pero ahora lo convierto en un espectáculo en donde hay un viejo titiritero contando cuentos con los títeres. El concepto varía, ya no son los títeres contando cuentos, es un viejo contando cuentos con los títeres. Y eso surge de la necesidad física. Necesito estar más cómodo para seguir divirtiéndome. Sino es un plomazo. No es un recurso que viene de la necesidad artística, sino de lo elemental. Si quiero sobrevivir como titiritero necesito adaptarme a mi nueva condición física. Y yo hasta los 77 años anduve fenómeno, pero de golpe y porrazo me convertí en un viejo.

– ¿En qué otras cosas sentís que estás viejo?

– Mi salud pende de un hilo. Me resfrío fácilmente y todo eso. Entonces tengo que buscar la manera de acomodarme con los títeres. A mí me llevan de la municipalidad por los barrios, pero les dije que yo iba a trabajar arriba de una mesa. Y salió muy bien, la gente lo agarra con total naturalidad. Voy con mi micrófono, mis muñecos. Estoy elaborando un código, una manera. Pero no es una cosa pensada, es hacerlo así o dejar de trabajar.

– ¿Y cómo explicás el fenómeno de la disociación en los títeres? ¿Cómo puede ser que el espectador esté mirando al titiritero moviendo los muñecos y sin embargo pueda otorgarles vida propia?

– Mirá, te voy a contar algo. Yo tuve una premonición, a través de un programa de televisión clásico, Daktari, que era de un matrimonio de médicos que atendían las necesidades de los animales en África. Un día esos médicos encuentran a un nativo, un negro, que era un narrador de historias. Ese narrador contaba la historia de su pueblo, sus vicisitudes y las cosas que le habían sucedido a sus antepasados. Ese hombre usaba un muñequito precario, un muñequito, no un títere. Era un muñequito hecho con hilo y ramitas. Con ese muñequito dialogaba y lo hacía hablar. Yo quedé fascinado. Con tan poquito lograr algo tan extraordinario. Esa fue una iluminación.

– Eso, en algún lado, te quedó…

– Sí. Eso quedó en el inconsciente y volvió. También vi a grupos de titiriteros que movían un solo personaje. Recuerdo una obra que vino al Soriano. Eran varios titiriteros moviendo a una gorda. La señora llegaba a su casa, se desvestía, se duchaba, se secaba, se perfumaba, se metía en la cama desnuda y apagaba la luz. Ahí comenzaba a sentir el zumbido de un mosquito. Y la gorda no podía dormir. Entonces prendía la luz y quería matar al mosquito, pero no podía. Y la historia termina en algo sexual, porque el mosquito se le metía en la vagina y ella sentía placer. Una cosa muy loca y muy bien hecha. Los titiriteros estaban vestidos de negro, pero estaban ahí, a la vista de todos, moviendo al personaje. Eso también me enseñó que el titiritero puede estar, siempre y cuando el muñeco tenga fuerza suficiente.

– ¿El oficio de titiritero está en vigencia o se está apagando de a poco?

– ¡No, no! Mirá. Hubo, creo yo, un ocaso, en los sesenta en la Argentina. Cuando yo empecé era el único titiritero en Mar del Plata. En realidad yo dije que era titiritero y la gente me creyó, pero yo no sabía nada de nada. Pero surgió el fenómeno de Plaza Sésamo y Los Muppets. Ese fenómeno revitalizó una enormidad el espectáculo de títeres. Ahí apareció el grupo del San Martín en Buenos Aires, Javier Villafañe, que se tuvo que ir a Venezuela. Villafañe dejó acá muchos discípulos, entre ellos Ariel Bufano. También los hermanos Di Mauro en Córdoba. Muchos de ellos tuvieron que irse, eran gente de izquierda, más vale. Ahora el San Martín sigue vigente y hay muchos grupos y escuelas en toda América Latina. Chile, Perú, Colombia, Venezuela y México tienen grupos de titiriteros fantásticos. Los títeres están en plena vigencia. He visto espectáculos fabulosos. El oficio está vivo. Por suerte.

Pepe decide contarme una historia. Una suya que sí le gusta, aclara.

Sobre uno de los puentes de Londres, mirando fijo las aguas del Támesis está Jack el destripador. Una mujer vestida de blanco se acerca a preguntarle qué está haciendo, lo reconoce, le pide un autógrafo.

–Disculpe Jack, usted, una vez que eligió a su víctima ¿la despanzurra ahí nomás o hay algún preludio?

Las voces de Jack y de la mujer varían con la intermitencia justa. Él es grave y oscuro, ella es simpática, inocente. Mientras escucho siento en el cuerpo la humedad de la noche londinense. No hay títeres, no hay teatrillo, ni siquiera una mesa.

Hay una historia impecable.

Y un artista.

Uno genial.

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