Cuarenta años no es nada

Se cumplieron cuatro décadas de la aprobación de la ordenanza del Bristol Center. La de los tiros en el Concejo. El proyecto prometía una obra faraónica, con piscina, cines, salas de juego y tres pisos de galerías comerciales. Nunca se terminó. El gobierno local apuesta a un plan de expropiación. Los propietarios esperan una mejora estética y que la Suprema Corte defina una demanda contra la constructora.

 

Bristol Center portada

Fotos: Pablo González

Sobre un papel amarillo y con una birome azul, el hombre escribe números. Le salen de memoria: 334, 550, 96 y 225. Al lado del 334 anota “Torre B”. Al 550 le pone “cocheras”; al 96 “locales” y al 225, “Torre C”. Después apunta la suma: 1.205. “Eso es lo que hay”, comenta. Y más abajo dibuja un 1.800 y lo encierra en un círculo. “Eso -vuelve a comentar- es lo que debía haber”.

El hombre es Jorge Urrizaga, que durante más de 15 años formó parte del consorcio de administración del Bristol Center, y está hablando del total de unidades funcionales que tiene ese complejo entre los departamentos, el apart hotel, las cocheras y los comercios. También de las que figuraban en el proyecto y no se construyeron nunca. Para eso muestra un boceto de cómo hubiese quedado de haber sido terminado tal como fue planeado. Se ven tres torres imponentes, una galería que las conecta a la altura del décimo piso y tres niveles (los primeros) con espacios comunes. La comparación con lo que verdaderamente hay en esa manzana, ubicada entre las calles San Martín, Buenos Aires, Rivadavia y Entre Ríos, es inevitable: dos torres, tres pisos con estructuras a medio terminar, hierros oxidados y comercios de ropa y comida que venden mucho pero atraen poco. Pena. La comparación termina dando pena.

“Esto lleva 35 años abandonado. Es una vergüenza”, dice casi resignado Roberto Schleider, que conoce como pocos la historia del abandono porque en 1968 su padre le alquiló un comercio en la Galería Bristol. Propietario de dos cocheras, cuenta que tanto los subsuelos como los departamentos están “perfectamente construidos”, asegura que “no hay riesgo de derrumbe como muchos creen” y reclama una mejora del aspecto de los locales y la fachada: “El problema no es lo que está hecho, sino lo que quedó a medio hacer”.

* * *

Dueña de un pasado de lujo y sofisticación, la manzana que comprendía el Boulevard Patricio Peralta Ramos y las calles San Martín, Rivadavia y Corrientes padeció una decadencia progresiva desde 1930. Allí se erigió el Bristol Hotel, donde solían alojarse las familias aristocráticas de Capital Federal que llegaban a Mar del Plata a veranear.

Golpeado por la crisis del 30, el hotel cerró sus puertas en 1944, y sus amplios salones fueron divididos en los locales comerciales de la Galería Bristol. Dos décadas después, la manzana fue a remate. El 23 de julio de 1966, la firma Atarisco la compró por 100 millones de pesos.

Para entonces ya se hablaba de un proyecto para construir una torre de 30 pisos con dos cines, una confitería, una galería de arte, una sala teatral, una de conferencias y hasta una guardería infantil.

La obra fue autorizada por el comisionado municipal Pedro Martí Garro -gobernante de facto de la ciudad durante buena parte de la dictadura que en el país inauguró Juan Carlos Onganía en 1966- e iniciada por la constructora Nicolás Dazeo.

En 1969, el emprendimiento pasó a manos de las firmas Fundar SA y Construir SA, propiedad del empresario David Graiver, el mismo que después compraría Papel Prensa y sería considerado “el banquero de los Montoneros”.

Los nuevos constructores pensaron un proyecto más ambicioso, con tres torres y un centro cultural, y empezaron con la promoción y la preventa de los departamentos. Fue entonces cuando lo bautizaron Bristol Center. Pero no estaban a salvo de la polémica: las torres generarían un cono de sombra sobre la playa Bristol. “Por eso, a poco de comenzada la obra, las áreas técnicas del municipio desaconsejaron su continuidad”, apunta el licenciado en Historia Juan Ladeuix. En efecto, la obra fue interrumpida.

Los propietarios de los departamentos se pusieron en alerta. “Son ellos los que en el 73 le empezaron a meter reclamos al gobierno socialista -liderado por el intendente Luis Nuncio Fabrizio- para que siguiera la obra”, cuenta Ladeuix. Claro que la decisión no era fácil: “Tradicionalmente, los socialistas se habían opuesto a la construcción de edificios altos frente a la costa”.

Hubo que negociar. “Se logró bajar la altura y reglamentar nuevamente las torres”, recuerda el exconcejal Juan Carlos Cordeu, que formaba parte del bloque oficialista del Concejo Deliberante.

El consenso alumbró un nuevo proyecto. El complejo estaría compuesto por tres subsuelos para uso de cocheras, un basamento integrado por tres niveles destinados a la radicación de locales comerciales, esparcimiento y actividades socioculturales, y tres torres dispuestas entre sí en forma triangular.

En las negociaciones, el Ejecutivo se aseguró la donación de un auditorio de 370 metros cuadrados y de un salón de exposiciones de 390. Pero al gobierno municipal todavía le faltaba algo: la aprobación en el Concejo del proyecto de ordenanza.

Bristol Center II

* * *

Los nueve disparos perforaron los discursos. Uno de ellos pasó a centímetros de la cabeza del secretario del Concejo, Alberto Peláez. La mayoría de los balazos se incrustaron en uno de los rincones del recinto. Por lo menos uno alcanzó el techo. Todavía hoy, 40 años después de la sesión legislativa más escandalosa que se recuerde en Mar del Plata, se pueden apreciar las marcas de los tiros en las paredes.

En la sesión extraordinaria del 5 de diciembre de 1974 estaba en debate el proyecto oficial para seguir la ejecución del Bristol Center. Anunciada para las 19.30, recién empezó una hora más tarde. Hasta las 21.30 los concejales expusieron sus argumentos. Las posturas eran parejas: el socialismo y un sector del peronismo apoyaban el proyecto impulsado por Fabrizio, en un contexto de alarmante falta de trabajo en la industria de la construcción; otra fracción justicialista y el radicalismo consideraban inaceptable el cono de sombra que proyectaría el edificio sobre la playa Bristol.

El clima se fue poniendo espeso a medida que transcurrían los discursos. El peronismo estaba en ebullición. Los obreros de la construcción, liderados por Miguel Ángel Vasconcellos, respaldaban la obra. El bloque del Frejuli (Frente Justicialista de Liberación), la rechazaba. “Esto es una estafa a la población, una perturbación a los planes de la reconstrucción nacional que sustenta el gobierno del pueblo, y una escandalosa y sucia tramitación administrativa, lo peor de este gobierno socialista”, llegó a acusar el jefe del bloque, Luis Omoldi. La barra expresaba esa división: estaba poblada por peronistas que estaban a favor y peronistas que estaban en contra.

El discurso que detonó el escándalo fue el de Rodolfo Santamaría. El concejal del bloque federal elogió al creador de su partido, el oficial naval Francisco Manrique, y como por arte de magia unió en un instante a los dos sectores justicialistas, que comenzaron a insultarlo y a cantar la Marcha Peronista. Fueron diez minutos en que sólo se escucharon estribillos alusivos al movimiento creado por Juan Domingo Perón. El presidente del Concejo, el socialista Ricardo Junco, optó entonces por convocar a un cuarto intermedio.

El recreo no consiguió aplacar los ánimos. Al reanudarse la sesión, los insultos a Santamaría continuaron. De pronto se vio avanzar a un pequeño grupo con un afiche de la presidenta Estela Martínez. “Sigámosla”, decía. “Que lo pongan, que lo pongan”, coreaban algunos. Cuando lo estaban por hacer, el secretario del Concejo salió decidido a impedirlo. Junto con algunos asistentes, Peláez forcejeó con los simpatizantes peronistas y pareció querer destruir el afiche. No era inusual para la época: unos y otros portaban armas.

Enseguida una mujer fue agredida y cayó al suelo. Casi en simultáneo se oyó el primer disparo, que por milagro no alcanzó a Peláez. El tiro provocó un desbande generalizado. Desde la barra, otros dos hombres blandieron sus armas de grueso calibre y abrieron fuego. Un agente policial vestido de civil respondió con disparos para arriba. Había gritos de espanto. Sillas que volaban al recinto. Intentos desesperados por guarecerse. Entre los que buscaban devolverle la calma al recinto estaba Antonio Gilardi, hoy secretario general del sindicato de municipales. En esos años era policía.

Acallados los disparos, en la barra no quedaba casi nadie. Fueron unos minutos en los que pudo pasar cualquier cosa, pero sólo hubo heridos por golpes de puño. “Estamos para cumplir un mandato popular que no debe interrumpirse. Que estos hechos de vandalismo no se repitan”, dijo Junco, el presidente del Concejo, cuando a las 22.10 reanudó la sesión. El debate se extendió durante horas y la definición no pudo ser más ajustada: 12 concejales votaron a favor, otros 12 en contra. A la 1.40 del viernes 6, después de una jornada que el radicalismo calificaría como “la más vergonzosa de toda la historia del Concejo Deliberante”, Junco desempató con su voto positivo.

Por motivos obvios, esa sesión es la más recordada. Pero, como apunta Ladeuix, a comienzos del año legislativo había habido otra con fuertes cruces de acusaciones por el Bristol Center: “Ya ahí los socialistas mostraron su intención de que el proyecto prosperara, con el argumento de que el grupo inversor le iba a dar a la municipalidad un auditorio”.

* * *

“La aprobación implicó que se otorgaran condiciones excepcionales para lo que era el área. Esa zona de la ciudad tiene un alto valor simbólico: es parte del área fundacional de la ciudad, donde ha habido intervenciones urbanas de distintas escalas”, reflexiona la presidenta del Colegio de Arquitectos, Julia Romero.

La obra continuó hasta que llegó la dictadura y todos los bienes y compañías de Graiver fueron expropiados por la Comisión Nacional de Reparación Patrimonial. Con el retorno de la democracia, los derechos volvieron a la empresa Construir. Es decir, a Lidia Elva Papaleo, la viuda de Graiver. El hotel fue terminado en los primeros años de la década del 90, cuando el presidente de la sociedad ya era Diógenes Alfredo de Urquiza Anchorena, el apoderado de Papaleo, que hoy sigue siendo el principal referente de la firma.

Para Romero, el Bristol es el mejor ejemplo de lo que un emprendimiento sin el estudio debido le puede generar al espacio público de la ciudad. “Como estuvo configurado, trajo un perjuicio y no un beneficio. Justamente porque está arrojando sombras sobre la playa. El proyecto inconcluso le generó un deterioro a la calidad ambiental de ese sector de la ciudad que es prácticamente irreparable”, interpreta.

De lo que no se habló más fue de la donación del auditorio y el centro de exposiciones que la constructora debía hacer al municipio. La que se permitió preguntarlo fue la Defensoría del Pueblo en un pedido de informes que elevó en agosto al Ejecutivo municipal, en el que también interrogaba sobre la vigencia de los permisos de construcción y la posibilidad de disponer su caducidad. No hubo respuestas.

El defensor Fernando Rizzi tampoco tuvo suerte cuando, en sus años de concejal, propuso la construcción de una marquesina unificada o falsa fachada para uniformar colores y diseño; cerrar con portones los espacios que no se usan, ocultar los hierros y las obras inconclusas y hacer murales para mejorar la estética del lugar. Por eso su queja es recurrente: “El gobierno municipal no ha mostrado interés en hacer más prolijo el entorno”.

* * *

“Te tenés que encargar del Bristol Center”. Un domingo a la tarde de hace tres años, el intendente Gustavo Pulti llamó por teléfono a Alejandra Martínez para darle esa orden que con tono amable buscó disfrazar de pedido. Martínez se había convertido hacía poco en la primera diputada provincial salida de las filas de Acción Marplatense, que llegó a la banca a través de la lista del Frente para la Victoria.

La orden-pedido de Pulti buscaba que Martínez se abocara a armar un proyecto de ley de expropiación del Bristol Center. La diputada lo obedeció, pero a medida que avanzaba se iba topando con obstáculos inusitados. Cuando solicitó en la Dirección Provincial de Catastro la valuación fiscal del inmueble, le respondieron con un informe en el que figuraban las tres torres del Bristol. Es decir que aparecía hasta la Torre A, que nunca se construyó. Eso no fue todo. En el municipio no hubo forma de hallar el plano de mensura. Martínez llegó a ofrecer un equipo de búsqueda que rastreara los sectores de la municipalidad en que se creyera que pudiera estar el expediente. Pero no hubo pistas.

Bristol Center I

Lo mismo le había pasado diez años antes al entonces concejal Eduardo Pezzati, impulsor de una ordenanza que creó una comisión mixta para reordenar el Complejo Bristol Center: nunca consiguió el expediente inicial. “Se dice que la dictadura lo hizo desaparecer”, arriesgó un exconcejal que los buscó junto con Pezzati.

El complejo está conformado por el Edificio Bristol Center (San Martín 2110), de 24 pisos; el Bristol Condominio Apart Hotel (San Martín 2150), de 18; la Galería Bristol (Rivadavia 2179), comercios en el resto de la manzana y unas 550 cocheras subterráneas distribuidas en tres niveles. Los primeros tres pisos que están sin terminar correspondían, como la planta baja, al sector comercial.

El proyecto de expropiación, que Martínez tiene casi definido y prometió presentar en enero, no apunta a tirar todo abajo como se hizo con la manzana 115. Sólo se derribaría lo que está inconcluso y se le daría un uso público a la planta baja. En otras palabras: lo que se va a transformar es el sector de los comercios. “Si pensamos a futuro -observó Martínez- la idea es que queden las dos torres, el espacio público y las cocheras”.

La legisladora asegura que lo más importante del proyecto ya lo tiene: son los informes de arquitectos e ingenieros que determinan que, si se derriba lo que se piensa derribar, no se verá afectada la estructura del edificio. “Todas las cuestiones técnicas las tenemos resueltas. Sólo nos faltan algunas cuestiones de forma”, apuntó. “El objetivo es poner en valor la zona”.

El Colegio de Arquitectos colaboró en la redacción de los argumentos de la iniciativa. “Parte de los fundamentos están basados en lograr una intervención que potencie y jerarquice el espacio público, que lo articule con la Plaza del Milenio y la Peatonal San Martín. Además, hay que garantizar los accesos a los edificios y la conexión con las cocheras. La posibilidad de intervenir de una manera adecuada los sectores que quedaron inconclusos probablemente descomprima el lugar y permita cambiarle la cara”, estima Romero.

Lo que todavía no está del todo claro es qué se piensa hacer después de la expropiación. “Somos defensores de los concursos de arquitectura -subraya la presidenta del Colegio-. Llegado el caso, creemos que habría que llamar a un concurso de ideas para obtener propuestas que contemplen la creación de espacios públicos abiertos y cerrados para complementarlos con las áreas comerciales, porque la zona es netamente comercial. También podría haber lugar para desarrollar actividades culturales. Es un tema que merece mucho estudio”.

Si a esta altura algo parece unánime es que la obra sin terminar es una postal del abandono. Sólo parece. “Debido a estar situado en un lugar privilegiado, el entorno que rodea al Bristol Condominio Apart Hotel combina el relax de la playa, la diversión del Casino Central con la excitante vida comercial y cultural de la Peatonal San Martín”, promocionan los dueños del hotel en su página de internet. Y siguen: “La Plaza Colón y la Plaza del Milenio forman parte de un espacio verde que se completa con los canteros lindantes que jerarquiza de gran manera el entorno paisajístico del sector costero”. Se ve que la unanimidad no es tan fácil de conseguir.

* * *

Urrizaga fue uno de los propietarios que, durante algunos años, logró sacarle poder a Construir en las decisiones del consorcio. Al ser dueña de las 225 unidades del hotel y de otras en los distintos sectores del complejo, la empresa dominaba a su antojo las asambleas de propietarios, desde donde nunca surgía una exigencia para que se terminara la edificación.

“La cantidad de problemas que genera la obra inconclusa es enorme. Se desprenden materiales, se acumula agua en las losas que están por encima de la planta baja y se filtra a los locales y las cocheras. Cuando llueve se forman lagunas que caen como cascadas en la vereda. Hay locales a los que no puede entrar nadie porque cae un chorro de agua”, enumera Urrizaga.

Bristol Center III

“Un problema permanente es el desprendimiento de mampostería”, acota Schleider, que no hace mucho vio la caída de un trozo de material en plena Peatonal San Martín. “Creo que la municipalidad tiene que tomar cartas en el asunto para que caduque el derecho de construcción”, sugiere.

En 2003, luego de cambiar el administrador del consorcio, los propietarios presentaron una demanda millonaria contra la empresa por incumplimiento en la terminación de la obra. Asesorados por el abogado Alberto Gabás, allí sostuvieron que la finalización “decorosa, urbanística y estética” del complejo contribuiría al cese de las filtraciones y la caída de materiales, así como a la terminación de fachadas, espacios comunes, galerías y entradas, “pues el dinero reclamado se destinaría a esos fines”.

No olvidaron decir que faltan obras comunes “relacionadas con la infraestructura ofrecida y pagada”, entre las que mencionaron una piscina, confiterías, ascensores, pasillos, pintura, una entrada común, un solárium, salas de juego, una galería comercial, dos cines, el salón de convenciones, fachadas, entradas y servicios eléctricos.

La causa tuvo un fallo adverso en primera instancia, pero el 4 de agosto de 2009 los jueces de la Sala Primera de la Cámara de Apelaciones en lo Civil y Comercial del Departamento Judicial Mar del Plata fallaron a favor del consorcio. La constructora no se resignó y presentó un recurso extraordinario ante la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires. Desde entonces Leandro Gabás, hijo del abogado que formalizó la demanda, contesta con las mismas tres palabras cuando en las reuniones de consorcio los propietarios le preguntan por la causa: “No hay novedades”.