Galleros

Conocedores de un ritual ancestral y perseguido, cada fin de semana cientos de hombres se reúnen alrededor de las riñas de gallos en los arrabales de Mar del Plata. Apuestan dinero y se congregan a celebrar un combate en donde no sólo pelean los animales.

Galleros portada interior nota

Fotos: Pablo González

Agazapados, los dos hombres tienen la vista puesta en el gallo. Uno (el instrumentador) le sostiene las patas con firmeza mientras el otro (el cirujano) le hunde el cuchillo en el medio del pecho con precisión de relojero. Aunque parezca lo contrario, el propósito no es descuartizarlo y mandarlo a la olla sino “sacarle un tumor maligno”, murmuran con tonada santiagueña. El animal no lo sabe, ni siquiera lo sospecha; sus ojos  transmiten pavor e incertidumbre. Pero nada más.

¿Cómo puede ser  que no emita ningún quejido ante una intervención que no incluye anestesia? Nada, ni un solo lamento. La capacidad para soportar el dolor de algunos animales parece infinitamente mayor a la de los seres humanos. O tal vez,  consideran  inútil quejarse ante un destino inexorable a la sombra del hombre.

Alrededor del improvisado quirófano -una mesa de madera maciza en medio del patio de tierra, una tijera e hilo- se pasean un par de ovejas de lana percudida y enredadísima junto a cinco gallinas capaces de picotear cualquier cosa que caiga al suelo.

Leopoldo, el mayor de los hombres, se levanta y va a buscar alcohol para desinfectar al gallo, las gallinas salen espantadas. Cuando vuelve, lo toma del pescuezo y le frota un trapo humedecido en la herida como quién repasa un mueble con Blem.

―Ahora va a revivir― asegura, sin dejar de apretarlo contra su propio cuerpo.

Un olor fuerte inunda el ambiente. El líquido arde sobre la piel irritada, enrojecida. El paciente se sacude cual perro mojado. Pero tampoco ahora se queja. Por alguna razón, la escena me recuerda el vestuario,  las sensaciones que teníamos los pibes antes de entrar a la cancha en pleno invierno. El técnico se paraba en la puerta con un frasco de alcohol en la mano y nos mojaba las mangas de la camiseta y el pecho -para que se abrieran las vías respiratorias, decía- a medida que íbamos saliendo. Mientras, nos arengaba como si fuésemos a jugar la final de la Copa del Mundo. Cuando arrancaba el partido y el aire helado de la mañana dolía, hundíamos la nariz en la camiseta y un fuego volcánico nos llegaba hasta las tripas. Revivíamos. Jugábamos como nunca, pero perdíamos como siempre.

Los árabes lo llamaban “al-kuhl” (la esencia), aunque se popularizó como “el espíritu” durante los casi ocho siglos que dominaron la península ibérica. Con el tiempo dio lugar a las expresiones  “el espíritu del  vino”, para denominar al etanol, o “el espíritu de la madera” para el metanol. Los españoles ―por sordos o indolentes― lo simplificaron con el término alcohol.

Para los galleros, este es el insumo de cabecera. Alcohol cuando hay que limpiar y desinfectar heridas de combate o para despabilar a las aves adormecidas; alcohol en entrenamientos, operaciones y peleas. Y, por supuesto, a la hora de echar un trago.

El gallo ya está en la jaula sin otro movimiento que un leve temblor.

―¿Ha visto cómo revive? en un par de semanas estará completamente recuperado― me asegura el cirujano.

Recuperarse significa estar a punto para entrar erguido y desafiante al brete. Y también para recibir de nuevo las estocadas con espolones de acero del  adversario ocasional.

Gallegos VI

Entre a mi pago sin golpear

Leopoldo llegó a Mar del Plata desde su Santiago querido en 1981. Se asentó en lo que hoy es el barrio Parque Independencia, un nombre grandilocuente que no se ajusta a la realidad. En aquel tiempo era una zona de tránsito hacia las playas del sur, un campo extenso  cuya monotonía sólo se rompía por la presencia de algún rancho solitario. Hoy, está poblado por casas bajas sin revoque, en terrenos que fueron ocupados o vendidos  a bajo precio por piratas disfrazados de agentes inmobiliarios.

―La gente acá vive del pescado, pero cuando hay ―exclama levantándose de la silla―. Algunos se las rebuscan con changas en la construcción. Otros cirujean, hacen lo que pueden.

Pilas de cartones se amontonan en el frente de una vivienda; también hay chapas, hierros oxidados. Otra casa desapareció detrás de una montaña de chasis cortados a hachazos, apenas se ve el tiraje de la salamandra.

En una obra abandonada, tres pibes sonrientes se esconden  de otro que viene pateando piedras. Lleva una camiseta de Aldosivi caída en desuso cuya publicidad afirma: “Mar del Plata es pesca”.

Calles angostas y encharcadas se pierden en potreros de pastos duros hacia el oeste del Parque Independencia y chocan contra el alambrado perimetral (doble) del Barrio Privado Rumencó en dirección al sur. Ahí, el viento pega decenas de bolsas de polietileno en el cerco.

Una nube de mosquitos flota sobre las aguas muertas de un zanjón que bordea la arteria principal, si es que puede llamarse así.  En Parque Independencia no hay jardineros ni veredas, y si los yuyos no están más altos es porque del mantenimiento se encargan las ovejas que andan sueltas.

La tranquera de Leopoldo siempre está abierta. Adelante, una casa de material; pieza, cocina y baño. En mitad del terreno ―rodeada de álamos― se levanta la ranchada, su verdadero hogar. Un refugio con paredes de chapas de zinc tiznadas por el humo del fogón. Piso de tierra y mobiliario austero (un ambiente minimalista dirán los decoradores); apenas una mesa sobre la que apoya bolsas de maíz y avena y una cocina con su garrafa en un rincón. De las paredes cuelgan los utensillos de cocina: espumadera, cucharón y algunas ollitas. Todos atados con alambre. Las ollas grandes, apoyadas en el suelo.

―Me paso el día acá, pastoreo, atiendo a los animales. En la casa de adelante hace frío, y a mí me gusta estar al lau´ del fuego, los que nos criamos en el campo elegimos vivir así.

En el fogón arden unos troncos que de tan largos ocupan media habitación. No paran de humear; vuelan algunas cenizas y hasta las telarañas suspendidas del techo se pusieron rígidas por las partículas de hollín. Leopoldo llena un brasero con una pala y lo arrima a un pollo de dos meses (casi sin plumas) que el frío dejó un poco enclenque. El animal parece reconfortado. Cuesta imaginárselo con futuro de gallo bravío, apenas se sostiene en pie.

El viento pasa al galope, se cuela por las hendijas y amaga con volar el techo de chapas que se asienta sobre postes de palmera. Ajeno al vendaval, Leopoldo apoya la pava sobre las brasas y me habla de la muerte de su esposa, hace un año.

―No tuvimos hijos pero criamos al Iván, es de mi hermano Julio.

Cavila, mira al suelo, y después murmura:

―Es un buen pibe pero le pasó una desgracia, mató a un tipo. Por una mujer fue…

Iván ahora tiene 25 años y desde hace cuatro deambula por los penales de Sierra Chica y Batán. Le quedan siete años de encierro todavía. Afuera, la familia está presa del abogado.

La mezcla

Al lado de la ranchada está el galpón que habitan los gallos. De noche duermen en unas cuchas individuales construidas artesanalmente; tienen una cama hecha de viruta de madera y un agujero en el frente por donde estiran el cogote. De día los varean en unos jaulones inmensos; comen alfalfa y una alquimia que los galleros llaman “la mezcla”: el elixir incluye maíz, avena, miel, huevo batido y hasta una pizca de alimento balanceado para perros.  Las plumas brillan como si fueran de oro.

―¿En qué gasta más dinero Leopoldo? ¿En comida para usted o para los gallos?

―En los gallos! toda la vida-  y suelta la carcajada.

―¿Y desde cuándo tiene gallos?

―El primero lo tuve a los doce años en Tucumán, ahí me había llevado mi viejo a pelar caña pal´ ingenio Leales;  un trabajo bruto, a machetazo limpio. Todos tenían gallos y yo quise tener el mío. Ahora, tengo 15 de pelea.

Leopoldo luce como si estuviera por ir a un acto: tiene la piel brillosa, la barba recortada y el bigote fino a la usanza de los años cuarentas.  Una gorra Adidas que le queda chica cubre el pelo blanquísimo. Es alto,  lleva pantalones abombachados  y habla fuerte, como lo hacen todos en el campo, tal vez para acortar distancias.

―Vivo de los animales, comida nunca falta- dirá mirando los corrales.

―¿Cuánto cuesta un cordero?.

―Por acá, alrededor de mil pesos, porque ahora hay pocos animales. Pero si te vas más al campo, bien lejos, lo conseguís más barato.

La ley de la oferta y la demanda es implacable y no reconoce comunidades ni fronteras, el trueque es cosa de otro tiempo.

Sin embargo, quienes viven como Leopoldo raras veces pisan el supermercado. Para qué hacerlo. La comida se pasea bajo la mesa picoteando migas de pan y además, pone una docena de huevos por día. A lo sumo van hasta el almacén del barrio (un mostrador detrás de unas rejas de pulpería) a buscar un paquete de arroz, un pan de jabón o un rollo de papel higiénico. El resto está en los corrales.

De repente Leopoldo se para y comienza con una arenga, como si hubiera escuchado la voz de los proteccionistas en su cabeza:

―¡Querer prohibir las riñas es como querer prohibir las domas, es algo tradicional, viene de nuestros viejos, de nuestros indios!

Camina, gesticula, abre una jaula y toma un gallo. El animal se queda manso entre sus brazos  mientras lo acaricia. Nada parece indicar que dentro del brete (el círculo de madera o plástico donde se hace la riña) sea capaz de sacarle el ojo de un picotazo a un rival. O nockearlo si le da en la sien.

Galleros IV

―¡Allá en Santiago es libre! vas a las Termas de Río Hondo y anda un auto anunciando con altavoces la hora de la próxima pelea. La gente se divierte sanamente.

Su amigo Mario (el cirujano) aprueba, después habla encima, el recuerdo los entusiasma y alzan las voces una vez más.

―Acá se juntan unas 300 personas en los galpones, va gente de guita, doctores, gente de Brasil, y de otros países.

―¿Qué doctores?

―El Dr. Luis María, médico del Regional, no se perdía una. Ya murió. Iba a La Palangana él.

―¿Y lo recibían bien?

―¡Claaaro! ―dice Leopoldo abriendo la boca todo lo que puede―. Lo trataban con respeto, como a todos los galleros. Los gallos juntan a ricos y a pobres, y nunca  hay problemas.

La Palangana es una villa que se extiende al costado de la avenida Juan B. Justo, en la otra punta de la ciudad, a cinco cuadras del Hospital Oscar Alende -que los más viejos se empeñan en llamar el Regional, tal su denominación original-.

Empieza a sentirse el frío en el patio, el sol cae a pique detrás del rancho estirando las sombras hasta la calle y tiñendo el horizonte de rojo. Nos quedamos en silencio. La escena no deja resquicio, cualquier argumento proteccionista sobraría.

Cada pueblo ama su propia forma de violencia

Clifford Geertz y su compañera escapan agitados por los senderos polvorientos de una aldea de Bali. Los persiguen los policías javaneses. La estampida de la multitud es tal que nadie atina a tomar sus pertenencias. Finalmente los alcanzan y los detienen. Los agentes miran al antropólogo norteamericano y a su mujer con incredulidad. No es para menos; después de todo son un par occidentales fuera de su sitio, y en un lugar riesgoso:

―¿Qué estaban haciendo ahí?- grita uno de ellos.

―Mirábamos la riña de gallos, responden apenas.

Ilegales, y al mismo tiempo consideradas primitivas y retrógradas por las autoridades, las riñas son desmanteladas constantemente. Cuando la policía entra en escena, confisca los gallos, los espolones de acero, multa a los infractores y a veces los expone a los rayos del sol tropical.

Hasta el momento de la razzia, Geertz parecía invisible para los aldeanos, les era completamente indiferente. Casi como si fuera parte del paisaje. Sin embargo, aquel hecho cambió su situación inesperadamente; los nativos estaban “sorprendidos y complacidos porque el investigador no mostró sus papeles de visitante distinguido y (solidariamente) corrió junto a ellos para escapar de la policía”. Había demostrado camaradería.

Geertz vivió dos años en las islas del sudeste asiático. Su investigación (Juego Profundo, Notas sobre las riñas de gallos) fue publicada recién en 1972.

El lugar elegido para hacer el trabajo de campo es una aldea de 500 habitantes donde las riñas de gallos son entretenimiento y pasión pero también sacrificio. Aunque no todo es prohibición en Bali, hay combates habilitados por las autoridades: son respuestas colectivas a desastres naturales, enfermedades o malas cosechas.

En Indonesia, Sabung (guerrero) es el término que se utiliza para señalar a los gallos. En el año 922 dc ya aparecía marcado en algunas cavernas.

Una riña de gallos es, antes que nada, un sacrificio ofrecido a los demonios, afirma el antropólogo. Al mismo tiempo, es una simulación de la matriz social, “un baño de sangre en status”.

¿Qué ven en la riña de gallos? se pregunta, y después reflexiona:

“Se ven asimismos, ven su orden social, la masculinidad, la fuerza demoníaca, juegan con fuego. Sin embargo, no cambia el status de nadie por ganar una pelea. No hay ascenso social. Aunque se puede saborear un momentáneo movimiento”.

En la pelea no sólo está el juego por dinero, también están el salvajismo animal, el narcisismo masculino, la rivalidad de status, la excitación de las masas y el sacrificio cruento.

Un  gallo para llevar

“Tomá, llevalo, este anda bien, llevalo a la pelea”. Mario me alcanza el gallo y yo escondo las manos en los bolsillos de la campera. Los ojos rojos y la postura altanera intimidan.

Galleros V

Este gallo peleó el domingo, tres veces lo tiraron al piso y se paró igual, se recuperó- dice-. Después me cuenta que llegó a perder 2 mil pesos en un solo día de apuestas.

“Viste cómo son los referís, son medio vendidos también. No abren la cuenta cuando un gallo no echa boca”. El gallo que no ataca ―equivalente al boxeador bailarín que se escapa en el cuadrilátero― es penado, y a eso se le llama no echar boca. Algunos jueces hacen la vista gorda ante esta situación, lo que da lugar a algunos altercados.

―Con los gallos no se jode, son una inversión: maíz, avena, girasol, vitaminas, antibióticos para los heridos. Como para que te venga a cagar un juez.

¡Contá. Ese gallo no está peleando, sólo camina! ―grita Mario como si estuviera de nuevo frente al juez-.

La riña

“La policía viene, se lleva lo suyo y sigue viaje: cada sábado tenés que darle 2 mil pesos, si hay 100 personas son 2 mil pesos, si hay 20 tipos igual tenés que darle 2 mil pesos…los domingos lo mismo, chango”.

Refugiado en su garita roja, el gauchito Gil también atiende en las riñas. El santo popular no es el único que bendice Nuevo Golf, un templo evangélico se levanta sobre la calle principal, a escasos metros de la entrada al reñidero.

El barrio no está lejos de la casa de Leopoldo en Parque Independencia. Nuevo Golf es una  colina bordeada de eucaliptos que domina la ciudad. Los pobladores llegaron a este campo yermo después de la crisis de 2001 y se fueron asentando como pudieron. Sin los servicios básicos, se acostumbraron a cargar las garrafas al hombro y a arrastrar bidones, baldes  y cacharros de todo tipo desde el tanque de agua comunitario.

Visto desde la loma, a siete kilómetros de distancia, el mar es una pintura. Un azul profundo emerge detrás de los edificios altos del centro y los techos rojos de Los Troncos y Stella Maris. Hacia Santa Clara, se pierde en la bruma.  La altura de Nuevo Golf  permite apreciar con nitidez la Mar del Plata opulenta, la ciudad que se reparte entre pocos; una imagen veraniega y magnética que atrajo a tucumanos y santiagueños, mayoría  abrumadora entre los galleros. En su tierra, ya la sentían propia, la ciudad de todos los argentinos. Ahora, allá abajo, tan quieta y hostil al mismo tiempo, la ciudad de postal les resulta ajena.

Un aluvión de albañiles, fileteros  y cocineros de los restaurantes del puerto, llega en motos que estacionan en un patio interno. La vereda, en cambio,  se llena de camionetas 4 x 4 y autos nuevos.

Los gallos viajan a la riña en baúles de madera parecidos a los que usaba Chasman para trasladar a Chirolita en cada función; los hay de toda clase y para todos los bolsillos, desde los artesanales con detalles de ebanista hasta las cajas de cartón amarillas y blancas en las que embalan las bananas ecuatorianas. De vez en cuando, curiosos, asoman un ojo por unos pequeños agujeros hechos para que pase el aire.

Galleros III

Leopoldo es de los que andan en moto y mandan sus animales al combate en remise. Llegan un rato antes y esperan ansiosos  como si estuviera por llegar la novia a la iglesia. Una  vez adentro los pesan en una balanza digital (casi todos llevan más de un gallo) para ver si da el mismo peso que el oponente, y si hay coincidencias se anotan en una pizarrón de dos metros de alto por cuatro de largo con los apellidos de cada uno y el monto de las apuestas.

Antes de ingresar al domo, se levanta un comedor  en el que hay varias mesas. A la una ya no cabe nadie. El organizador y dueño de casa,  se encarga de la parrilla, mientras en un mesón dos chicas (las únicas mujeres que se ven) rellenan empanadas de pollo en vivo.

Leopoldo no para de saludar. Me presenta a unos amigos, un albañil de treinta y pico y un pintor un poco mayor, que nos invitan a su mesa. Tengo el parlante con cumbia a pleno en la nuca y entender sus nombres es una utopía. Pedimos cerveza, y  enseguida llega una porción de lechón que se deshace al mirarla y por poco nos hace olvidar de la riña. Un tipo de pelo lustroso que se sienta en la otra punta carga al pintor por haber perdido “¡400 mangos con un gallo viejo!”. En la mesa hay risas. El pintor le retruca: “¡No me importa esa guita, en la obra esta semana gané 4 lucas en dos días!”.

Del otro lado siguen las bromas contra el pintor que ahora hace el gesto de disparar un arma con los dedos índice y pulgar. El tipo de pelo lustroso dice que lleva la máquina encima y algo más que no se entiende.  Muestra la riñonera. Es hora de ir a la contienda.

El brete

Un grandote de cara redonda color oliva -treintañero, gesto duro y concentrado-  está adentro del cuadrilátero. Trata de colocarle el protector a su gallo: varias vueltas de cinta adhesiva blanca alrededor del pico. El animal parece manso, lo deja hacer. Lo alza como a un chico, lo apoya sobre el brazo izquierdo y con la mano derecha le frota una esponja que sumerge una y otra vez en una palangana verde.

En el otro rincón, un canoso que ronda los 60 años busca el mismo objetivo pero con distintos medios; ata una goma desde el pico hasta la cresta roja, rojísima ahora. Lleva un buzo deportivo y una toalla blanca colgando de un hombro. Hace los ademanes propios del preparador que intenta contagiar buen ánimo al púgil. Ultima  detalles, le levanta las plumas y lo frota con alcohol, después repasa los muslos y el pecho pelados -también rojísimos- del guerrero. Lo acaricia. Largo rato así, se olvidan del resto de la gente. El preparador y su animal en una relación simbiótica. Casi erótica.

Galleros II

La arena donde van a pelear es una alfombra rota que no alcanza a cubrir todo el cuadrilátero ―tres metros por tres― enmarcado por vinilos publicitarios en desuso de 80 centímetros de altura. Una vieja publicidad de la Universidad Tecnológica Nacional; otra del gobierno bonaerense (si, la ola naranja también llegó a las riñas); enfrente aparece la vieja Bancaria de Zanola, y la restante, tan descolorida por el paso del tiempo, es un trasto imposible de reconocer.

El juez pone en hora un reloj que pende de los tubos fluorescentes que están sobre el brete. Los dueños no esperan a que se retire para soltar a sus aves.

Los gallos entrelazan sus cuellos, y enseguida giran con rapidez, es el round de estudio. Mientras tanto -en dos tribunas enfrentadas- el público se para, grita, alienta y hace apuestas. Muchas. Cincuenta pesos la mínima.

―¡Vamo´, vamo, vamo´! ¡No se quede carajo! ―grita desaforado un petiso que tiene una botella de Coca en la mano.

―¡Cien a Chávez, voy cien a Chávez!- insiste otro como si no lo hubieran escuchado.

Uno de los animales toma carrera y salta con los espolones sobre el adversario, que  cae y se levanta con la agilidad de un gato. La forma en que se levanta de una caída es fundamental para saber si vale la pena apostar a favor de ese gallo, me dice Leopoldo.

Los colores de sus plumas son tan parecidos que cualquier  relator (o comentarista) estaría en problemas para identificarlos, hasta Julio Ricardo tendría justificados sus yerros. Para no pifiarle, conviene mirar el color de la cinta que llevan atada a sus patas. Pero no están quietos casi nunca, la acción es un remolino indescifrable.

El que cayó y se levantó, lejos de amilanarse contraataca con picotazos certeros; va al frente con determinación y eso entusiasma al público que se pone de pie sobre los tablones de madera de las tribunas.

―¡Meta, meta, vaya al frente! ¡Ese es mi gallo! ¡Ese es mi gallo! ―empieza a gritar un apostador ilusionado.

Leopoldo observa los movimientos en silencio. Apoya el brazo en el borde del brete y el mentón sobre su mano, igual que si estuviera viendo una partida de ajedrez, ajeno al griterío. No parece muy entusiasmado. Apostó cincuenta pesos al gallo que lleva cintas negras en las patas pero no le tiene mucha fe y ya se arrepintió. El de cintas blancas le hizo morder el polvo un par de veces.

―Arrancó bien…pero se ha quedao ese animal ―se queja.

Los galleros dicen que el descanso de la noche previa es fundamental para poder obtener el triunfo: “A los que no durmieron bien, como a los que no se alimentaron bien, se los reconoce por la postura que tienen antes de arrancar la riña, por los párpados caídos y hasta por lo sombrío de su plumaje”. En base a esos datos, se mueven las apuestas.  Pero puede fallar, decía Tusam.

El gallo de cintas negras aguanta el embate de su rival contra las cuerdas, o mejor dicho contra la publicidad de la provincia de Buenos Aires que ya tiene manchas rojas. Se pega al otro como los boxeadores que no quieren más castigo y abrazan; traba la pelea. Acortar la distancia para anular al retador cuando las cosas van mal.

De repente, el dueño del gallo que lleva cintas negras se mete en el brete y lo levanta en brazos. Sabe que perdió. La pelea termina. El ganador festeja. La gente se va a ver las peleas que hay en simultáneo, apenas a un par de metros.

Levantar el gallo puede tener más de una connotación, pero en las riñas significa solo una cosa:  retirarse a tiempo. Tirar la toalla. Burlar los remolinos de muerte.

Las plumas quedan suspendidas en el aire,  un costado del brete está manchado con sangre. Los gallos están lastimados, entre las plumas se ven agujeros provocados por los espolones de acero. Después son “curados” y metidos  adentro de los baúles; escoriados, machucados, listos para pegar la vuelta a casa.

El gallero victorioso luce a su guerrero delante de apostadores que lo felicitan y palmean. Se ve orgulloso y excitado al mismo tiempo, tanto como el animal que recién termina de pelear. La masculinidad al palo.

Tal vez tenga razón Geertz, los que combaten no son los gallos, son los hombres.