La solidaridad boluda

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”.

solidaridad

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

El otro día, haciendo zapping, me topé con la película “300”, ese bodrio que cuenta la historia de la Batalla de las Termópilas, en donde un grupito de espartanos se la banca bastante bien contra un millón (¡un millón!) de soldados persas. Antes del inevitable desenlace, el líder Leónidas separa a un soldado de su ejército para que deje el campo de batalla y le cuente a todos en el pueblo que lucharon hasta el final, pese a todo, aún sabiendo que iban a ser masacrados.

Esta escena me disparó algunos pensamientos:

1) Los Pumas no inventaron nada. La derrota digna viene de mucho antes.

2) Leónidas inventó la gacetilla de prensa.

3) Hace mucho tiempo, alguien se dio cuenta de que todas las cosas que hagamos no sirven si el resto del mundo no se entera.

Tal vez en este último ítem tengamos la explicación para un comportamiento grupal bastante común en estos días, que es la de compartir absolutamente todo a través de las redes sociales: la cerveza que me tomé anoche, el pastel de papas que me voy a zampar en 15 minutos, el bautismo del más chiquito, mi odio hacia el Gobierno, mi repudio hacia la última de Woody Allen, mi admiración por Mancuello, mi satisfacción por el momento que vivimos como país, aguante Boquita, River Capo, Te amo Juan Carlos, el miedo a que nos roben, un pensamiento inteligente, una pavada atómica o una recomendación de un cerrajero que no te arranca la cabeza. Todo entra en esa lógica.

¿Se dieron cuenta por qué ya no rinden los realitys en TV? Porque cada uno de nosotros tiene uno en la computadora. O en el teléfono. Y así estamos, compartiendo todo. Y creyéndonos que estamos aportando algo grosso a la humanidad. Y en base a esa lógica, no sólo pensamos que hay que ser buenos, sino que también hay que comunicarlo.

Ahí entra a jugar lo que podríamos llamar la solidaridad boluda, ese conjunto de acciones tendientes a demostrar que estamos haciendo algo por los más necesitados, aún a riesgo de que –en el esfuerzo por contarle al mundo lo copados que somos- esa ayuda no llegue nunca. O sea insuficiente, que es casi lo mismo.

Hace muy poquito tuvimos el ejemplo del desafío del balde de agua helada. Surgió para tomar conciencia de la gravedad de la esclerosis lateral amiotrófica (ELA), una enfermedad neurodegenerativa progresiva a la que no pueden encontrarle la vuelta. La intención original era simular, a través de un baldazo de agua fría, la sensación que dicho mal provoca en el cuerpo. Y desafiar a poner plata para seguir investigando.

Todo muy lindo hasta que se metieron las redes sociales. Nadie supo explicar en qué momento lo que aparecía como una causa noble se transformó en una serie de giles tirándose baldazos, filmando todo y subiéndolo a internet. Casi nadie hablaba de la enfermedad, mucha menos gente ponía guita. Incluso una organización salió a decir que muchas gracias por los baldazos y que la web había colapsado, pero que la plata no llegaba. Algunos noticieros dejaron de hablar de la ELA y decidieron descaradamente pasar los mejores bloopers ocurridos mientras la gente se filmaba durante los baldazos. La situación se desmadró.

Durante esa época, conocí a una persona que murió por esa enfermedad, mientras un montón de celebridades de cabotaje en Argentina jugaba a las remeras mojadas.

Otro caso notable fue el del Café Pendiente. ¿Se acuerdan?

Claro que no, fue hace como mil años, en 2013.

En Mar del Plata, en pocos días (y a través de las redes sociales, obviamente), medio centenar de locales gastronómicos se adhirieron para que cada cliente, además de la posibilidad de tomarse un café, pague por otro para que lo consuma alguien que no pueda pagarlo, eufemismo para referirse a un indigente.

“Está muy de moda en Europa”, era la excusa con la que se promocionaba la movida (algún día tendremos que revisar lo de las tendencias que se importan del viejo continente. Andan diciendo por ahí, que ya hay gente que pone candados en el puente de Punta Iglesia, tal como lo hacen los enamorados en Francia. Me niego a creerlo).

Volviendo al Café Pendiente, yo “invitaba” a un linyera a tomar un café, pero de manera virtual. Esto es: yo pago y los dueños del boliche agarraban un vaso térmico y le servían café a una persona sin recursos y que -casi siempre- tienen vedada la entrada a esos locales y son corridos a escopetazos. Por el derecho de admisión.

Aquí teníamos una paradoja: si yo agarraba a un vagabundo y lo invitaba a tomar un café, no podía entrarlo al local a que compartiera mi mesa. No podía llevarlo, que se sentara conmigo, estirara las piernas un poco, mirara la tele, o pispeara el diario La Capital de garrón y se diera cuenta que tiene las mismas noticias que El Atlántico. No podíamos charlar de lo linda que está la ciudad, del boom de la construcción y de que las perspectivas para esta temporada son óptimas.

Tal vez las intenciones de las personas que hayan planteado esto sean las mejores, pero no cerraba por ningún lado. Periodísticamente era atractiva y tuvo mucha repercusión en los medios. El tema era saber quién se llevaba el crédito de dicha solidaridad ¿El voluntario que pagaba dos cafés y se tomaba uno solo? ¿O el comerciante, que recibía la guita de dos cortados (en cuyo precio se incluyen  los gastos fijos del local, salario de los mozos, etcétera) y al sin techo lo arreglaba con un vaso térmico en la vereda? Resalto también el énfasis que se ponía en indicar que al beneficiario se le daba un “vaso térmico”, como si a un tipo que no le queda otra que hacer caca atrás de un árbol le molestara tomar algo frío.

Lo más loco es que en algunos de esos lugares supuestamente solidarios, se deben haber cocinado reuniones en donde se generó esa desigualdad que provoca que –justamente- haya gente que no tenga ni para tomar un café.

– ¿Me traés la cuenta, por favor?

– Si, enseguida. ¿Disfrutaron el café? Se los vio muy ocupados.

– La verdad que sí. Estuvimos sacando cuentas y decidimos reducir personal, encontramos la vuelta para pagar menos impuestos, arreglamos una licitación y dormimos un expediente. Como nos sentimos muy miserables, hoy te vamos a dejar cinco cafés pendientes.

Claramente, esa iniciativa no anduvo en la ciudad. El garca marplatense resiste cualquier intento solidario, por más precario que sea.

Pero al resto de los mortales nos encanta esta Solidaridad Boluda, que no aporta nada, pero que nos hace sentir bien. Demostramos que somos buenos. E incluso competimos para ver qué tan buenos somos. Y ahí estamos, compartiendo en nuestros muros fotos de pibes quemados, con la promesa de que alguien los curará si llegamos a los diez mil “me gusta”.

Porque cuando queremos ser estúpidos, somos los campeones del mundo.

No me imagino a Dios mirando una pantalla, contando cuántos “likes” juntó tal o cual foto y decidiendo si baja el pulgar o no.

O tal vez los que promueven todo eso tengan razón. Y Dios sea un tipo que está boludeando en una sala de espera con un súper smartphone (con un 3G que funciona como Él manda) decidiendo sobre la vida de los demás a través de las redes sociales.

Ahí me cerraría más eso de que hemos sido creados a su imagen y semejanza.