El ángel de la guitarra

A los cuatro años ya arriesgaba los primeros acordes. Estudió, tocó por todos lados, compartió escenario con grandes maestros y quiso marcar un récord mundial. Grabó tres discos y va por el cuarto. Es marplatense, vive de noche y acompaña con las cuerdas a cantores de oficio en una tanguería. Vida y pasión de Cachito Rodríguez.

Cachito Rodríguez

 Fotos: Romina ElviraFederica GonzalezPablo González

Trabaja de noche, descansa de día. Vive al revés del mundo desde los catorce, cuando tocaba en los cabarets de San Fernando. Cada tanto había requisa o algún borracho desataba pelea, entonces se paraba a un costado con su saco, su corbata y su requinto, el pelo estirado a la gomina.

– ¿Y usted quién es?

Cachito mostraba la autorización que decía Héctor Florentino Rodríguez, músico habilitado para trabajar. Abajo, la firma de su papá y un comisario. En aquel momento tocaba con Carlos Salazar y los pregoneros de América, un grupo de cumbia y bolero que le sacaba brillo a los éxitos del momento. Había decenas de cabarets en San Fernando, se encendían cerca de la medianoche y no se apagaban hasta que se iba el  último. Si se iba. Y ellos dale que dale a la música.

– ¿Siempre viviste de la música?

– Es lo único que sé hacer.

Cachito sonríe. Es un tipo flaco, fuma los cigarrillos hasta el filtro y tiene la piel de los dedos gastada de tanta cuerda. Su padre le enseñó los primeros tonos cuando tenía cuatro, y él los hacía sonar sin mayores dificultades. No paró nunca más. Cachito tiene sesenta y cuatro años. Sesenta de guitarrista.

Es marplatense, pero de chico estuvo poco en Mar del Plata, a los siete lo mandaron a vivir a Godoy Cruz, provincia de Mendoza. Iba al conservatorio y vivía en la casa de su profesor, Domingo Báez. Terminó el conservatorio antes de tiempo, llegó a rendir hasta tres años juntos como estudiante libre. A los ocho ya daba conciertos de música clásica en las temporadas de verano junto a su profesor, en el antiguo salón dorado del casino. Y hasta se animaba a ejecutar algunas piezas solo frente al público.

– ¿Por qué vivías con tu profesor?

– Porque tuve la suerte de que mi papá me viera condiciones para tocar. Y me mandaron a estudiar, no hicieron lo que hicieron otros padres de mandar a los hijos a trabajar. Mi viejo se jugó en eso. Me mandó a hacer lo que realmente me gustaba. Si no hubiera estudiado seguro que hubiese tocado también, pero hubiese tocado de otra forma, hubiese tocado para mí. Es muy común que a los chicos no les den la oportunidad de formarse como artistas. Aunque les vean condiciones. Hay padres que prefieren hijos médicos, qué se yo. Tuve esa suerte, pude estudiar lo que me gustaba. Mis hermanos no.

– ¿Tu familia era humilde?

– Sí. Éramos una familia humilde. Nací en el viejo Monolito.

– ¿Qué estudiabas al principio?

– Música clásica, bastante compleja, pero para mí era fácil. Ya en ese momento estaba todo el día con la guitarra. A esa edad no sabía tocar folclore ni tango.

– ¿Ibas al colegio?

– Sí, por supuesto. Hacía una vida normal. Lo único, me sacaron de la familia.

– ¿Hasta qué edad estudiaste académicamente?

– Hasta los dieciséis. Después me fui a capital a estudiar con distintos concertistas.

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Buenos Aires de finales de la década de 1960 fue su siguiente escuela musical y de vida. Cachito tocaba en las cantinas de La Boca, en hoteles, en sociedades de fomento, en bares, en la calle o en cualquier cuchitril donde había un dinerito, un plato de comida y algo para tomar. “Ni sé las veces que volví a mi casa caminando porque no tenía ni para el taxi. O que estuve varado tratando de que alguien me diera algo por una canción para pagar el bondi. Siempre desde el respeto, con buena onda y con buenas intenciones. Ni te imaginás la cantidad de amaneceres que vi en smoking. Y bueno, te pasan cosas. Al que no anda no le pasa nada”, dice.

Cachito pierde la mirada en busca de anécdotas y de a ratos se queda en silencio, pero no parece nervioso, parece un tipo humilde, respetuoso de sí mismo: habla de él con cierta timidez, sin querer hablar de él. “Creo que si no pasaste por todo eso, a cierta edad, algo te faltó. O sea, no me jacto de nada, pero hice todo lo que tenía que hacer en el circuito de ser músico. Entonces puedo comunicarle a un chico que recién empieza cómo es la cosa. Para tocar bien tenés que pasar ciertas necesidades, te das cuenta que hay una pasión, un amor que te mantiene cerca de tu instrumento. Y es lindo. Son experiencias fuertes”, dice.

– ¿Cuándo volviste a Mar del Plata?

– Cuando murió mi viejo, en el setenta y cinco. Ya me radiqué acá. Viajaba y todo, pero desde acá.

Cuando Cachito habla de viajar habla de sus giras por Europa. Anduvo por todos lados –Suiza, Francia, España, Italia, Alemania, y más– becado por el Fondo Nacional de las Artes. Ni sabe la cantidad de viajes que hizo. En esos años también compartió escenario con Jorge Casal, Edmundo Rivero, Tito Alberti y Oscar Aleman, entre otros.

– ¿Cuándo tocaste con Rivero?

– La última temporada que vino a Mar del Plata, en el ochenta y cinco. Yo tocaba solo y después lo acompañaba a él. Él también cantaba con su guitarra y se acompañaba muy bien.

– ¿Tenían una amistad? ¿Qué te enseñó?

– Éramos amigos, sí. Me enseñó un montón. Era un tipo que imponía un respeto impresionante. Su presencia era tremenda. Después de Gardel está él, creo yo. Con él aprendí a darle expresión a la guitarra. Me acuerdo que me decía que había que estudiar la letra de la canción y de acuerdo a lo que dice la letra hay que tocar el tango más sentido o más alegre o lo que sea necesario. Si una persona se muere no se puede buscar una expresión alegre. Y si es un pasaje alegre no se puede hacer algo lento. El sentir del tango hay que lograrlo.

– ¿Y con Oscar Aleman?

– Un genio. Yo lo agarré de última, cuando ya estaba de vuelta. Pero fue una experiencia hermosa. Eso fue a finales de los setenta, yo tenía veinte años. Oscar Aleman y sus cinco estrellas, ese era el show. Se agarraba unos pedos de aquellos. Lo subíamos con el bajista y lo largábamos arriba del escenario. Él empezaba bailando, entonces no te dabas cuenta que estaba tan borracho. Pero borracho nada más. Nada de falopa.

– El tango es un ambiente de mucha falopa…

– Pfff…

– ¿Por qué el tango y la falopa van tan de la mano?

– Generalmente la usan los que tienen mucho laburo, mucho desgaste. Esa es una cosa como que te deja así, despejado. Pero no sirve para nada. Yo soy totalmente antifalopa.

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Uno de los mayores desgastes que Cachito tuvo en su carrera fue en 1998, cuando tocó la guitarra treinta y siete horas y media sin parar. El desafío surgió en un programa conducido por Mario Bassano, llegaron instrumentistas y cantantes de todo el país para acompañarlo en alguna canción y cada tanto un médico le medía el pulso y la frecuencia cardíaca. Aunque no llegó a romper ningún récord mundial –hay quienes estuvieron 45 horas ininterrumpidas– marcó un hito curioso en el universo del tango nacional.

– Atahualpa Yupanqui de chico había estudiado violín. Él decía que su sonido en la guitarra salía del estudio de violín, del uso del vibrato. ¿Tu sonido, tu forma de expresión, de dónde viene?

– Mi forma de expresión es mía propia. Tengo mi sonido, lo logré con el tiempo. Pero hay gente que no lo logra. Roberto Grela, por ejemplo, tenía un sonido espectacular. Bartolomé Palermo también. Yo tengo el mío.

– ¿Cómo lo encontraste? ¿Cuándo te diste cuenta que ese sonido eras vos?

– Me di cuenta por la pasión. Me gusta un sonido y lo logro. Voy en busca de lo mejor que puedo. Eso ya te da un estilo. Porque de repente tocás rápido y sin sonido. Lo que hay que lograr es encontrar el don de sacar el sonido que uno quiere. Y cuando uno quiere. Yo lo puedo lograr. Cuando estoy bien, claro. Y puedo mentir también.

– ¿Cómo se miente con una guitarra?

– Para tocar hay que meterse en el tema. Cuando estoy mal igual sale bien, pero no estoy adentro del tema. Se le puede ganar a la guitarra, pero es oficio. Hay que tener estabilidad emocional. Hay cosas que van más allá. Hay que meterse en la viola, ahí está el secreto. Y para mí es fácil, después de tantos años lo logro. Tal vez no lo puedo explicar, pero me sale así. Se puede caer el mundo, que la pasión por la guitarra se mantiene.

– ¿Seguís aprendiendo cosas?

– Sí, todos los días. Inclusive cuando acompaño a los cantores que no son profesionales. Salen cosas interesantes. Porque el tema es tocar bien. El error es tocar a desgano si no tocás con un profesional. Sea quien sea el que está cantando yo trato de tocar la mejor nota, sacar lo mejor que tengo. Eso te lleva a que siempre toques bien, si no, te convertís en un guitarrista bolichero, un tipo que toca la viola para cumplir horario y nada más. Yo nunca hice eso. Y eso me hace aprender algo todos los días. Me pasa muy seguido. Además, es infinito. La armonía es lo más difícil y lo más lindo. Lo lindo es lograr las cosas en el momento justo. Trabajar cualquier escala en cualquier momento.

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En la tanguería Los Duendes, donde toca todas las noches menos los domingos, Cachito comparte escenario con cantores de oficio, recorre clásicos e improvisa, pero también acepta acompañar a cualquiera que se le acerca a pedirle una canción. Sin titubear y a cualquier hora, afila su guitarra para salvarle la ropa hasta al más perjudicado. A esos, a los perjudicados, los llama cantores no profesionales.

– ¿Cómo podés identificar a un guitarrista con buen gusto? ¿Qué diferencia hay entre un guitarrista que tiene domino de la técnica pero no tiene buen gusto?

– Es difícil y es fácil. Vos tenés un guitarrista ahí y otro acá. Este tiene técnica pero no tiene gusto. Y el de allá tiene gusto pero no tiene técnica. La técnica la incorporás. El gusto es más complicado. Si no tenés buen gusto no sonás a nada. La técnica sirve, claro, pero no es lo único. Es como un cantor. Vos podés tener buena voz, ser afinado pero si no decís nada sos frío.

– ¿Qué tiene un violero con buen gusto?

– El gusto para tocar es salir del piloto automático. Pero es difícil de definir. Es lo que te hace sentir.

– ¿Te considerás un buen guitarrista?

– No sé. Pienso que sí, por lo que hago, me parece que logré algo. Me llevan para todos lados, por algo me llevan. No sé si soy un buen guitarrista. No sé. No lo puedo decir. Yo no me defino, no sé.

– ¿Diste clases alguna vez?

– Sí, pero no me gusta, no tengo paciencia. Sí me gusta pasarle cosas a los chicos que vienen acá a la tanguería, les paso algún tono, algún arreglo, vienen muchos pibes que tocan muy bien. Eso ya es otra cosa porque lo agarran enseguida. Pero enseñar no, no me gusta. A mí me gusta tocar.

– ¿Escuchás rock?

– Sí. Me gusta Pappo. También me gustan Los Rolling Stones, Los Beatles. Lo que no me gusta es la marcha electrónica, ni el heavy metal, es muy violento. Todo el resto me gusta mucho, escucho mucha música, pero escucho más lo que yo hago, tango, folclore, flamenco.

– ¿Escuchás una canción y la sacás de oído al instante?

– Sí. Con arreglos, todo. Por eso robo mucho. Todos robamos mucho, pero es una forma de expresarse también, de crecer.

– ¿Cuántas canciones sabés?

– Mil, no sé. Más. No sé. Hace tanto tiempo que toco que ni sé. Pensá que toqué muchos éxitos, hace mucho tiempo, que no se tocan más. Y todavía me los acuerdo. Tantos años en esto que las canciones te quedan. Pero lo pibes ahora hay cosas que ya no escuchan, son de otra era.

– ¿Y por qué entonces te vienen a escuchar? Uno viene acá un sábado a las cuatro de la mañana y está lleno de jóvenes escuchándote tocar la guitarra.

– Sí. Vienen a escuchar y a aprender. Es que ellos tienen otra facilidad. Nosotros no teníamos nada, ni información, ni nada. Teníamos que esperar a que viniera a Mar del Plata un guitarrista para ir a verlo y preguntarle cosas, a ver cómo se hace tal acorde, tal arreglo. ¿Vos sabés quiénes eran los Tres para el folklore?

– Se habla de ellos como grandes guitarristas, pero no puedo decir que los escuché en detalle.

– Pfff… Esos tipos eran adelantados a su época. Tocaban la guitarra como la puta que lo parió. Y la gente ni se acuerda de ellos, porque ya pasó. Y hacían cosas importantes. Qué se yo. Nosotros teníamos que esperar a que vinieran para tratar de robarles algo en vivo. No había nada. Los libros no te enseñaban eso. Y ahora tampoco. Los libros no te enseñan nada. El guitarrista que estudia puede no saber del oficio de tocar. La práctica es otra cosa.

– ¿Está bien tocar rápido? ¿Está bien meter muchas notas? ¿Qué es lo que está bien para un guitarrista? Luis Salinas, por ejemplo, es un guitarrista enorme, pero también se pasa en cantidad de notas, tanto virtuosismo a veces le resta. ¿Cómo se encuentra un equilibrio?

– Se equilibra, me parece a mí, escuchando lo que estás tocando. Salinas, ojo, esto es una opinión nomás, a veces se olvida de que hay gente escuchando lo que está tocando. Entonces uno no entiende lo que está tocando. Por ejemplo hace una versión de La cumparsita que le mete demasiado, entonces todo ese virtuosismo queda mal empleado. Fijate que Atuahualpa tocaba dos notitas y te llegaba. Este mete mil y a veces no te llega. Meté quinientas y alguna con amor, que la gente lo entienda.

– ¿Juanjo Domínguez?

– Sí. Me gusta.

– Inventó una forma de tocar.

– Sí, es verdad. Pero no soy hincha de él. Es bueno, pero su forma de tocar no me llega. Los trémolos simples y dobles. Pero es lo mismo que Salinas. A veces le mete tantas cosas raras que le saca el sabor. Por ahí yo también hago lo mismo. Ojo. No critico. Sólo es una opinión.

– ¿Te das cuenta cuando estás en un día en que metés demasiadas notas?

– ¡Sí! Me doy cuenta. Y es tu don, que lo estás usando mucho. No hay que molestar tanto a la línea melódica. Hay que respetarla. Si a eso le metés toda la armonía, todos los acordes, todos los trémolos, todas las escalas, no entendés nada. Para eso hay canciones, qué se yo, Moto Perpetuo de Paganini.

– ¿Te gusta ese estilo de composiciones? ¿Las tocás?

– Sí, me gustan. Las toqué mucho.

Para los curiosos: Moto Perpetuo de Paganini, como todos los motos perpetuos, es una pieza que por su estructura se puede repetir hasta el infinito. La cantidad de notas es irracional y lo cómico del asunto es tocarla al máximo de velocidad posible. Heavy metal del siglo diecinueve.

– ¿Qué violero te gusta?

– Me gustan por temas. Me gusta Paco de Lucía.

Cachito se da vuelta y me señala orgulloso una foto con de Lucía.

– ¿Tocaste con él?

– No, no. Ojalá. También me gusta Toquinho, los brasileños tienen por lo general un gusto espectacular.

– ¿Componés, Cachito?

– Sí. Bastante.

– ¿Dónde están esas canciones?

– Las toco para mí. Algunas las grabé. Tengo tres discos, pero nunca le di bola a eso de grabar. Pero si pensás en la cantidad de años de tocar, tengo pocos discos. Los hago y no los vendo. Los regalo. Me gusta más tocar. Ahora estoy grabando un disco, en laúd, guitarra y guitarrón. Y distintos estilos, bossa, tango, folclore, pero no tengo una única línea.

– ¿Antes de estar acá en Los Duendes, dónde estabas?

– Andaba por ahí, dando vueltas. Acá estoy hace diez años, y para mí es una forma de estabilizarme sentimentalmente, monetariamente, emocionalmente. Qué voy a andar haciendo. Ya anduve por todos lados.

– ¿Tenés hijos?

– Tres.

– ¿Alguno es músico?

– No. Ninguno se interesó por la música. Vienen acá y escuchan, pero no tocan.

– ¿Te hubiese gustado que sean músicos?

– Mucho. A ellos sí les hubiese enseñado.

Cachito hace silencio y pierde la mirada en la calle.

– ¿Sos exigente con las guitarras? ¿Qué usás?

– Normal. Tengo una Fernández y dos más. Lo que necesito y hasta ahí.

– ¿Todas de cuerdas de nylon?

– Sí, por las uñas. Las cuerdas de acero te rompen las uñas.

– ¿Eléctrica?

– No. Toqué alguna vez, pero no.

– ¿Tocás con cualquier guitarra o usás únicamente la tuya?

– Depende. Antes era más exigente. Hoy día toco con esta guitarra que se escucha bien y suficiente. Me gustaría tener una Simplicio, qué se yo, son guitarras de la san puta, pero no me sirve para el trabajo que hago. Ahora me mandé a hacer una de siete cuerdas, con un si grave.

– ¿Para qué se usa?

– Te amplía las escalas y la armonía. Es complicado. Alguna vez tuve una de ocho cuerdas. Más complicado todavía. Con escalas más largas.

Cachito cierra los ojos y se ríe con tono pícaro.

– De todos modos, el que sabe tocar, toca con cualquier cosa.

– Sin duda. El sonido sos vos. Mi trabajo no me permite ser tan exquisito como para tener una guitarra que vale una fortuna. Una cosa distinta es aquel que da un concierto en un teatro.

– Acá a la noche llega gente de distintas edades, a tomar, a charlar. ¿Tenés alguna técnica para que la gente te preste atención cuando tocás?

– La única técnica es la canción: tienen que conocer lo que está sonando. Cuando toco porque toco es una cosa. Y cuando quiero que me den bola toco lo que todos sé que conocen. En un boliche, igual, se trata de que el cliente escuche. Y si le gusta mejor.

– Me imagino que estás acostumbrado al borracho que habla, que grita, que no da bola…

– Pfff… pero es como todo. Te acostumbrás. Es oficio. Si me escuchan mejor, y si no me escuchan igual toco. A mí me gusta tocar. Esa es mi pasión.

-¿Cuántas horas tocás por día?

– Empiezo a la noche, a las doce. Y le meto hasta las seis de la mañana. Todos los días menos los domingos. Además estudio, ensayo, saco canciones y estoy grabando un nuevo compact. Toco todo el día. Salvo cuando me baño o morfo, estoy tocando la guitarra.

 

Le miro las manos otra vez.

Esos dedos.

Dicen.

Lo que no se puede decir con  palabras.

Y si lo pienso bien, esa es la entrevista.