De la tierra, a las alturas

Una planta crece en el fondo de un jardín. Necesita de los nutrientes de la tierra, de la luz del sol y mucha agua. En su punto, hay que cortarla y saber admirar el resultado. No se vende ni se compra, sino que se disfruta y se comparte. Una experiencia que vale la pena ser contada.

1PORTADA

Fotos: Pablo B. Stamato

“Miro de reojo y las hojas ya puedo ver

y las flores que vas a dar,

y me pongo contento voy a tener

pa’ fumar”

(Mi semilla, La Vela Puerca)

 

Esto podría pasar en mi casa, en la tuya, en la de unos cuantos amigos o un vecino. Lo podría contar una compañera de la secundaria que me encontré de casualidad en la calle, mi mejor amigo de la vida entera o un copado que acabo de conocer en el cumpleaños de una amiga.

Las variantes son infinitas porque cada vez somos más. Y de tan infinitas que son, es difícil contar una sola historia, porque todavía hoy resulta complicado hablar abiertamente de algunos temas sin pensar en las consecuencias. La experiencia, no obstante, hace méritos por sí sola para ser contada, ya que entre tanto ingrediente posee uno muy poderoso: la prohibición. Y todo lo prohibido, genera sensaciones encontradas. Miedo, indecisión, adrenalina, emoción.

Llega octubre. Vamos a tener unos pocos días, distantes unos de otros, que nos van a alertar de que el verano está cerca. La primavera marplatense siempre llega tarde, pero entre los primeros calores, empieza a hacerse escuchar el murmullo. Se esparce y crece. Se acelera a medida que corre el mes. Llega octubre y es momento de plantar. Hay que conseguir semillas y no siempre es tarea fácil.

Esto no es profesional, sino todo lo opuesto: bien amateur y con una cuota de suerte porque faltan seis meses para ver los resultados y cualquier cosa puede ser fatal en el transcurso, para frustrar el anhelo.

La búsqueda de semillas, entonces, no se hace a través de internet, en unas sofisticadas webs que te venden paquetitos en euros, sino de boca en boca. Y las semillas aparecen. Se trata de un movimiento solidario y bien colectivo, aunque muchas veces no nos conozcamos los unos a los otros.

Técnicas para llevar a término la cosecha, hay muchísimas. ¿Quién no tiene un amigo experto, con una táctica infalible? Internet no es de mucha más ayuda, la información abunda, es contradictoria y por cada dato, pueden surgir diez dudas.

Entonces se practica como practicamos la religión, aquellos que no somos adeptos a ninguna, pero guardamos algún tipo de creencia en un ser superior: tomamos lo que nos parece más acertado, posible de llevar adelante y lo que más se ajusta a nuestro estilo de vida.

Aquí estamos entonces, con algunas semillas. Si se la presiona entre el dedo gordo y el índice y no se quiebra, sirve y va al vaso con agua. Es uno de los métodos y excluye a la germinación tal como nos la han enseñado en el colegio. Eso del papel secante húmedo colocado adentro de un frasco de vidrio, con las semillas aplastadas entre una cosa y la otra, queda afuera de la ecuación.

Elijo tener la mitad del vaso lleno y dejar flotar allí una pequeña circunferencia con vida en su interior. El agua es el elemento fundacional y fundamental, es quien hace que la semilla simplemente comience a respirar.

Antes de que pasen 5 días, la semilla debe echar raíces. Por uno de sus extremos se asoma un pelito blanco, minúsculo y delgado. Salió y las perspectivas se anuncian favorables, así que su nuevo hogar ya no será un vaso de vidrio, sino uno de plástico. Y tomará contacto por primera vez con la tierra que le dará gran parte de lo que necesita para sobrevivir.

En paralelo, se arma una mesa de debate: ¿qué se hace con la planta, en caso de que se convierta en tal? Descartado el indoor: requiere de una inversión económica, un espacio adecuado y muchos cuidados. Además, no es la idea tener un invernadero. Al aire libre será, pero ¿dónde? Es riesgoso y está prohibido. Aunque ¿realmente es así? Ilegal, puede ser porque la Ley 23.737 está vigente. Constitucional, definitivamente no lo es. El artículo 19 de la Constitución Nacional dice, básicamente, que mientras no se afecte a terceros, cada uno es libre de hacer lo que se le venga en gana en la privacidad de su hogar.

Particularmente, un fallo del año 2012 de la Cámara Federal de La Plata declaró, por mayoría, la inconstitucionalidad del penúltimo párrafo del artículo 5° de la Ley 23.737, que castiga a quien siembre o cultive plantas o guarde semillas utilizables para producir estupefacientes para consumo personal.

“Estupefacientes”. No es una linda palabra, denota algo malo, dañino, fatal. No debería caberle este calificativo a una flor. En definitiva, es lo que es: una flor, sin ningún agregado ni químico. Una flor que para ser tal tuvo que atravesar igual proceso que el de cualquier otra.

“Cannabis”, en cambio, es pura poesía.

 

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La solución respecto a dónde crecerá la plantita, llega como cuando éramos chiquitos: la casa de la abuela. En mi infancia, ese era mi refugio. Siempre que algún berrinche trastornaba mi frágil existencia infantil, un pensamiento recurrente: me quiero ir a lo de Italia. En la adolescencia no cambió. Viví en su casa largas temporadas, pero ahora no está aquí para ayudarme y tampoco sé si me hubiera atrevido a pedírselo. Alguien más sí se atreve y la abuela, a regañadientes, consiente.

Un aspecto interesante es precisamente esto: el consentimiento, de padres, abuelos, tíos, suegras, que prestan sus hogares aunque a veces no quieran saber mucho del asunto. Cada vez parece entenderse un poco más que no se trata de adolescentes cometiendo una travesura, sino de una decisión tomada cabal y concienzudamente, mucho más pensada que cuando a los 14 me metí un cigarrillo en la boca y no pude parar hasta, casualmente, 14 años después.

Es, también, una cuestión de conocimiento: saber qué estoy metiendo en mi cuerpo. Un ladrillo, compactado, de dudosa procedencia, cortado con restos de quién sabe qué plaguicidas, hongos, hojas, tallos, tierra y demás, se contrapone absolutamente a un flor de fragancia dulce que saqué de mi jardín.

 

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Hacia la barrial casa de la abuela vamos una tarde, en patota, ansiosos, camuflados como si fuéramos un grupo comando y siempre mirando por detrás de los hombros. El jardín nos recibe, es perfecto: interno, reparado, luminoso y colorido. Despejamos un sector, movemos la tierra, sacamos yuyos. Uno se siente un poco más niño y es una linda sensación. Todo es muy casero, de principio a fin.

Mientras se acicala el jardín, en tres vasitos de plástico reposan las semillas que echaron raíces, a la espera de que se asome entre la tierra. Y como por arte de magia, en el plazo indicado, así sucede: de la noche a la mañana, aparece un fino y delicado tallito, con apenas dos hojitas verdes enfrentadas. Los bordes no están aserrados en esta instancia, sino que son bien lisos, pero la forma característica que podemos ver dibujada con aerosol en una pared, estampada en una remera o en la tapa de un disco, no tardará en aparecer.

La primera vez que pude tener esas hojas a mi disposición, no podía parar de recolectarlas. Hasta ese momento, la famosa chala había sido un mito para mí, algo que dibujaba horrendamente en plena adolescencia efervescente y que llevaba puesto en mi oreja por pura rebelión carente de causa, apenas empecé a escuchar a Bob Marley, aunque sin haber probado jamás un rico moño. Faltarían diez años para eso.

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Tras algunas semanas, el follaje aumenta, el tallo se hace fuerte y las hojas ya comienzan a tener sus siete picos aserrados bien definidos. Para llegar al jardín, los plantines tienen que tener un tamaño que nos indique que podrán resistir el trasplante. Es un cambio brusco y requiere de cuidado y precisión. Todo puede salir mal al dar este paso, y sale. De las tres plantitas que se animaron a asomarse a la vida, sólo una de ellas sobrevive. La primera se secó y el diagnóstico es claro: no se adaptó a su nuevo ambiente natural. La segunda, pereció bajo el pelaje del perro que vigila el jardín, quien celoso de la atención que recibió ese tallito indefenso, se tumbó sobre él sobrepasando el improvisado cerco construido a su alrededor.

Pero todavía hay esperanza, ella sigue en pie. Los riesgos, no obstante, son altos. Cualquier cosa puede pasar: secarse, quebrarse, sacar pocos cogollos, ser macho. Y otra vez, el destino interviene en la bienaventuranza.

En una fiesta de Navidad en casa de una amiga, observo una escena que refleja claramente de qué se trata este movimiento. La anfitriona abre los ojos como si de repente se hubiera acordado de algo pendiente. Observa el gentío, parece que busca a alguien y finalmente lo ve. Da pasitos rápidos hasta donde se encuentra una pareja, toma de la mano al chico y lo lleva hasta dejarlo enfrentado con una chica. Los presenta y la conversación es más o menos así:

-¿Te acordás los cogollitos que me regalaste? Bueno, le pasé un par a ella y sacó semillas.

La chica interrumpe y agrega que en su casa tiene cuatro florecientes plantines de esas semillas y que puede pasar a buscar uno cuando quiera. Se quedan charlando, ya sin la anfitriona de por medio, de plantas, flores y otras hierbas. El plantín termina en la casa de la abuela y da un respiro a la posibilidad de quedarnos sin nada. Es que el tiempo se pasó y si para el verano no está todo encaminado, las posibilidades de fracasar son amplias.

 

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La planta puede convertirse en una atracción natural de un porte magnífico, para florearse a gusto, o en un grano en el medio de la frente que hay que ocultar a toda costa. Eso dependerá del público con el que tratemos. La casa de la abuela suele ser solitaria la mayoría del tiempo, pero hay días en los que es el epicentro de las reuniones familiares. De todas formas, la puerta que da al jardín siempre está abierta, aunque bien nos haría falta que algunas mentes estén en igual estado. Dejar de esconderse, quitarse la vergüenza, poder explicarle a alguien que no fuma por qué uno sí lo hace y más importante aún, por qué uno cosecha, es parte de este proceso emprendido.

Entrar en los 30 hace que empecemos a tener más cosas en común con gente “grande” que con los de veintipico. Son los tipos de vínculos que, también, comenzamos a cosechar. Si hasta hace no mucho éramos cuasi adolescentes ermitaños que evitábamos las juntadas familiares e ignorábamos a los amigos de nuestros hermanos mayores y padres, hoy disfrutamos de las largas sobremesas y las charlas. Y el tema surge, claro que sí, y la recepción es muy natural. Nos encontramos con dos tipos de historias bien opuestas: los experimentados que tienen unas cuantas anécdotas en su haber y los vírgenes. Éstos últimos son los más curiosos. Cincuentones, sesentones que la tienen más clara que cualquiera, y que al caer la tarde, así, como quien no quiere la cosa, te tiran un: “¿Me armás uno para llevarme?”. Pero ¡claro! Y capaz que tienen el fasito armado durante meses en la mesa de luz, lejos de sus propios hijos adolescentes, y un día se animan. Y duermen mejor que nunca.

 

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Durante toda la etapa de crecimiento y floración, la luz -al igual que el agua- juega un papel trascendental. De ella depende enteramente la planta y la calidad de la misma, como también el tiempo en que los cogollos empezarán a mostrarse. El verano es su momento de esplendor ya que por la cantidad de horas de luz solar que reciben, la planta sabe que es momento de florecer.

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Si un ojo experto no nos avizoró antes, esta es la etapa para distinguir a las plantas por sexo.

Contrario a algunas concepciones patriarcales y machistas que aun imperan en este mundo, en el universo cannábico las únicas que sirven son las hembras. Al menos para los propósitos más simples. Así, a los machos se los arranca de raíz, se los descarta y se los manda bien lejos para preservar a la dama.

Es que si los dejamos cerca, el macho va a polinizar a la hembra y ésta, como suele suceder en otras especies, dedicará todos sus esfuerzos a formar semillas y no a hacer florecer y engordar a los cogollos.

Para diferenciar las plantas, hay que estar atento porque la rapidez con la que se detecta y se elimina al macho es fundamental. También en contraposición con los parámetros estéticos que nos rigen, los pelos de las chicas son buenas noticias y cuantos más haya, mejor. En cambio, las bolas no son bienvenidas. Aquí radica la manera más sencilla de identificar a las hembras y los machos: ellas tienen pelos y ellos tienen bolas.

 

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Febrero se impone. El clima marplatense nos decepciona una vez más. Llegan los cara pálida de la segunda quincena, la temperatura baja, el cielo se nubla de manera más recurrente y el viento se levanta con más énfasis. Llegan, además, las tormentas de verano y, a veces, a éstas las acompañan fenómenos climatológicos inesperados.

Graniza en la ciudad y si el auto se abolla es un asunto menor, porque la gran preocupación es si al entrar al patio nos encontraremos con la planta tumbada a cascotazos. Respiramos aliviados al constatar que sigue en pie, pero enseguida hay que improvisar un toldo para no abusar de la buena suerte. Y uno maldice a las tormentas de verano y va tachando los días hasta que sea momento de levantar la cosecha y tener todo bajo techo, pero todavía falta un poco más y la ansiedad, como lo han hecho sus ramas, no deja de crecer.

Llueve y llueve mucho. Y lo que hasta hace poco era bienvenido, así llegara de manera artificial o natural, ahora es un peligro. Los cogollos se llenan de agua, se ponen pesados, quiebran las ramas y algunos amenazan con pudrirse en su viscosidad. Ya no se puede esperar más: es tiempo de levantar la cosecha. Los pelos dejaron su claridad para ponerse marrones y ante los primeros días de frío, las señales son muy concretas.

Los celulares parecen sonar al unísono. Mensajes de texto, whatsapp, llamadas. Cada quien debe traer sus instrumentos y los requerimientos son sencillos: con una tijera por cabeza, alcanza. El dueño de casa proveerá de alcohol etílico y algodón, como también de un matambrito sobre la parrilla. Las ensaladas y bebidas, a la canasta.

Tijera de podar en mano, empieza el ritual y caen las primeras ramas. Le pido perdón a la planta y le digo gracias, como alguna vez me enseñó mi tío chamán.

Las ramas se acomodan sobre papel de diario y el trabajo se vuelve arduo. Hay que rapar los cogollos, liberarlos de las hojas y deshacernos de los bichitos. Es que la planta ha sido también hogar de caracoles y chinches que se confunden entre el verdor de las hojas.

Optativa por si se necesita

Música de fondo, suena el chill out cuando alguien más se hace cargo del dial, aunque cada vez que paso por al lado de la vieja radio busco frenéticamente una melodía conocida para tararear algún estribillo. Por momentos reina el absoluto silencio y cada uno parece muy concentrado en su tarea. Los estilos varían: el obsesivo pela el cogollo con prolijidad envidiable, el creativo le busca una forma, el despreocupado deja algunas hojitas largas, y yo, y yo hago lo que puedo. No tengo arte en mis manos, no sabría cómo lograrlo, sigo la corriente por imitación.

El mate pasa de mano en mano, se abandona y se retoma.

 

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En algún punto de la tarde noto que si quitáramos el techo y alguien mirara el todo desde arriba, como en las casitas en miniatura dentro de cajas de zapatos que hacía cuando era chica, se podría observar una escena absolutamente antagónica. A tan sólo una pared de por medio, la abuela teje y mira tele, una serie de domingo por la tarde. Ni se asoma al otro lado y se hace notar nada más cuando advierte que se está hirviendo el agua para el mate.

A pocos metros, la tarea artesanal continúa, entre silencios prolongados, conversaciones delirantes y un aroma que va invadiendo cada milímetro posible.

Y hablando de antagonismo, suena el timbre y aparece el anti. Creo que todos tenemos un amigo “anti”. Te deja ser, no te cuestiona, por eso es amigo, pero no comparte ni un poco. Y si apareció en esta tarde húmeda de abril por la casa de la abuela, es por su afición a la fotografía. Su ojo a través del lente ha sabido captar imágenes de una belleza intensa, en circunstancias cotidianas y espontáneas.

Lo convencimos con un poco de parla, hablándole de las bondades artísticas que podía ofrecer la planta y de lo que conlleva levantar la cosecha. Y aceptó retratar el ritual, con la condición de que nunca vio nada, nunca estuvo aquí, si alguien pregunta no sabe ni quiénes somos ni cómo se llama. Nada.

Hace su trabajo en silencio, se mueve de manera casi imperceptible aunque el obturador lo delata de tanto en tanto. Se toma un mate, y así como vino, se va.

 

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Cae el sol, y el día de trabajo se siente hasta en el cuerpo. El entusiasmo inicial se transforma en cansancio. Nos miramos con cara de “no terminamos más”, pero seguimos, es tarea de un día y dejar cosas pendientes no es una opción. Además, mañana será un día laborable y el tiempo escaseará. Ah, sí, ¿no lo dije? Trabajamos todos, tenemos responsabilidades, cuentas que pagar, cosas por hacer y demás cuestiones comunes y ordinarias. Una artista encerrada en el cuerpo de una empleada de comercio, un casinero que sale a trotar cada vez que puede, un odontólogo que acaba de abrir un consultorio propio, periodistas hartos de los medios tradicionales, una secretaria de un médico, un fumigador, un encargado de una empresa de aberturas, un cajero de un banco, un encargado de un local de ropa y la lista podría seguir indefinidamente. Hay de todo un poco en la selva cannábica y ¡oh sorpresa! somos seres muy funcionales en esta sociedad hipócrita.

La planta está pelada, literalmente. En cada rama quedan solamente los cogollos. Algunas están pobladas de flores gorditas y carnosas, mientras que en otras hay unas pocas bien flaquitas. El rey, sin dudas, es el cogollo principal, aquel que más luz del sol recibió y se erigió en la punta de la planta imponiéndose de manera casi pornográfica por su forma fálica.

Pasamos entonces, a la fase siguiente: colgar las ramas para su secado. Claro que no disponemos de un cuarto que pueda mantenerse oscuro y donde dejar reposar el laburo del día entero, así que hay que improvisar. Ya en la semana previa hubo juntada de cajas, pero hay que hacer una selección. Nos quedamos con las más grandes y con la tijera de puntas largas, hacemos varios agujeros. Otro trabajo tedioso es el de ubicar a las ramas boca abajo, espaciadas para que circule el aire, hasta que la caja está llena y puede ser cerrada.

Una vez que finaliza la lucha con las solapas de las cajas, hay que ponerse a limpiar. Todo tiene que quedar impecable, sin vestigio alguno de la plantita. Los restos quedan en bolsas de consorcio negras, que claramente no se despachan en la puerta, sino a varias cuadras de distancia en algún contenedor colapsado. ¿Alguien se imagina qué sucedería con la abuela si las bolsas quedan en el canasto de la entrada? Nos reímos, le decimos que por la edad le van a dar prisión domiciliaria. Nos reímos, y no tanto.

Me pongo a pensar en el gran concepto detrás de toda esta riesgosa tarea: no participar en el mercado ilegal en ninguna de sus formas. No destinar un centavo de presupuesto a una mafia que puja claramente por restringir los derechos de los consumidores y cultivadores, vendiendo desechos caros.

Lo irónico de esta decisión es que pareciera ser mucho más sencillo y menos problemático contribuir con el narcotráfico y comprar, que animarse a tener una plantita en el fondo de casa. Aunque, claro, la primera opción es ampliamente costosa, mientras que la segunda está, paradójicamente, libre de costo. ¿Qué se puede concluir? Que si aquellos que gustamos de dar unas pitadas a un cigarro armado con unas florcitas secas, de aroma potente y rico, pudiéramos hacerlo sin temor a ser procesados en la comodidad de nuestro hogar, con nuestra propia cosecha, un gran negocio se caería a pedazos.

 

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Si piensan que ya está, que ahora sí todo terminó, se equivocan. Una caja cada uno, y ya la cosecha está descentralizada para ser resguardada en un lugar seco y oscuro hasta que desaparezca todo rastro de humedad. Roguemos que no salgan honguitos en los próximos 15 días, porque se pueden devorar los cogollos en cuestión de días, enmarañarlos en una especie de telaraña blanca destructiva que nos obligará a tirar meses de cuidados a la basura.

Algunos frascos de mermelada limpios y destapados, aguardan a ser llenados. Su vacío nos llena de ansiedad y expectativa. ¿Serán tan ricos como huelen? ¿A dónde nos llevarán? ¿A reír? ¿A hablar sin parar? ¿A hacer conexiones inesperadas que se desmoronan en minutos? ¿A develar las conspiraciones del mundo? Todavía no lo sabemos.

 

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Y un día por fin, corto una flor resinosa y amarronada, entremezclada con verdor. La trituro con el picador metálico que trajo una amiga de España, intento compactar el contenido para que quede lo más apretado posible en medio del papelillo y enrosco con mis torpes dedos. No es perfecto, pero sale. Fuego en mano, un chispazo, dos y se hace la luz. Acerco la tenue llama bien despacio, una pitada, dos y nada más. Contengo la respiración, imagino cómo el fruto de la pachamama me invade en todo el cuerpo. Una incipiente tos me saca de ese pensamiento, intento controlarla pero es imposible. La ronda sigue y la escena se repite. Nos miramos, sonreímos, nos asombramos. Allá arriba, en las alturas, nos hemos vuelto inalcanzables desde la tierra misma que vio nacer aquella pequeña semilla.