Crónicas europeas

Un extrabajador del diario El Atlántico viajó por Europa imitando a los “adelantados” europeos que llegaron a nuestra América, pero sin la cruz ni la espada. A continuación, algunos apuntes de los descubrimientos.

1PORTADA

Fotos: Mariano Taborda

Grandes indicios son éstos del Paraíso Terrenal”.

Cristóbal Colón

Entendí la triste situación de los medios de comunicación de Mar del Plata cuando firmé mi desvinculación del diario. Renegué de la estresante tarea de ofrecer mi fuerza de trabajo al mercado laboral. Los clasificados del otro matutino solicitan “auto con chofer” (sí, en ese orden) y oficios que distan mucho de mis escasas habilidades. Ante el retroceso individual (desempleado) y social (un medio de comunicación vaciado) aposté por la contraofensiva: tres meses de viaje por el “Viejo Continente” (que a decir verdad es igual de viejo que el resto, luego de que el movimiento de las placas tectónicas los dividiera).

La Génesis de Occidente

El metro me dejó en la Plaza Síntagma, centro neurálgico de Atenas. Compré agua y le pregunté al quiosquero por Damareos 75, coordenadas de mi hospedaje. La negativa con ademanes (preferentemente hombros buscando el cielo) se repitió con todos los transeúntes y comerciantes de los alrededores. Una lluvia espesa, caída como a baldazos, me obligó al taxímetro. En las tragedias clásicas nunca llovía, me sentí estafado.

Veinte siglos antes de la invasión europea en América, el centro terrenal del pensamiento estaba en el Peloponeso. Hombres maduros, vestidos sin ornamentos, se dedicaban -con la palabra como arma infalible- a pensarse. El cénit de la cultura griega tuvo su nido en la Atenas de Pericles. Sófocles y Esquilo competían en los torneos de dramaturgos; el deporte ejercitaba los cuerpos y las mentes, en bocetos de los actuales Juegos Olímpicos; y la democracia comenzaba a delinearse y a ejercerse.

Desempleo, ajustes, dependencia de los organismos financieros internacionales. En el concierto de la economía europea actual, los inventores de los valores occidentales tocan el triángulo; directores franceses y alemanes llevan la batuta.

Atenas es grande. Sólo cuenta con dos líneas de metro: la riqueza arqueológica del suelo impide las perforaciones. El sol da estocadas desde temprano, y huele a olivo. En el centro de la ciudad, como museo decadente, la Acrópolis se erige imponente. La complejidad del idioma agudiza la vista, las piedras hablan la lengua universal. Cuentan lo que fue, lo que nunca volverá a ser. En los alrededores, las gentes sin trabajo venden los suvenires de los dioses, los poetas y los filósofos a un euro la unidad. Más de la mitad de ese euro será destinado a pagar la deuda externa.

2

Atravesando el Adriático reposa su heredera, Roma. El imperio más poderoso del que se tiene registro, en extensión e influencia, poseía su capital aquí. Conquistaron la mitad del mundo conocido y dieron vida a muchos de los idiomas más bonitos: las letras de Cervantes, Dante y Rimbaud son hijas de las latinas, que los romanos impusieron con el triunfo del músculo.

El verano en la capital italiana es sofocante, 40 grados a la sombra por la mañana. Las gentes comen (mucho), beben y gritan. El tránsito es un caos: se putean, se invitan a pelear. Estos son hijos de aquellos, pero sin Virgilios ni Coliseos. Comen y beben descansando sobre la base de una industrialización que comienza a esmerilarse.

La orgiástica Roma imperial chocó con la Roma católica. La síntesis parece haber llegado veinte siglos después: un hombre sale de la Iglesia, camina unos metros, mira los pechos de una joven que pasa a su lado y le grita: “¡Ragazza, che belle tette!”. En los alrededores de las ruinas, las imágenes de la loba amamantando a Rómulo y Remo, y del Papa se venden a tres euros. Una parte será destinada a pagar las prostitutas de Berlusconi. El patetismo de Occidente.

Al otro lado de la Cortina de Hierro

La primera imagen que vi en la estación de trenes de Sofía fue la de un póster de Stalin, sobre otra del Che Guevara. Un taxista me persiguió por toda la estación ofreciendo su servicio en un inglés balcánico bastante comprensible. El indescifrable cirílico me obligó a aceptar el convite. Luego de abonar el doble de lo que cuesta el viaje -“viveza búlgara”- llegué al departamento del argentino que me alojó.

La ciudad es pequeña. Mucho verde, con parques públicos que proliferan en todas las direcciones. La religión predominante es el Catolicismo Ortodoxo, las iglesias son pintorescas. Comer y trasladarse es muy barato. Se debe mirar hacia arriba los ojos verdosos que decoran los finos rasgos eslavos.

Con el socialismo estábamos mejor, ahora los políticos son todos unos ladrones”, me dice una empleada doméstica mientras me interroga sobre Argentina y pregunta, con notorio pudor, si el mate es una droga. Añora la época en que el empleo no era un antojo de tecnócratas y su humilde país no sólo era productor de rosas.

El tren tiene camarote.  Lo compartí con un yanqui: neoyorquino y maestro de primaria. Charlamos de básquet hasta que nos ganó el sueño. Siguiendo sus consejos y sus pasos, llegué a un hostel ubicado en el centro de Belgrado. La capital de Serbia y de la ex Yugoslavia es gris, las paredes y el cielo fluctúan en esa gama. En el centro de la ciudad muchos edificios aún están derrumbados por el ataque de la Otan durante la guerra de Kosovo, quince años atrás.

3

Mary, recepcionista del hostel, tiene dificultades con los ejercicios de español. Le ofrezco ayuda a cambio de que me cuente sus recuerdos de los escombros que aún siguen amontonados. “Mi familia tiene una casa a pocos kilómetros de Belgrado, durante los días de los ataques más feroces estuvimos allí. Sentimos mucho miedo, nos quedamos encerrados por más de una semana. Durante los cinco años siguientes, cada vez que caminaba por la calle me parecía escuchar el ruido de los aviones”, me cuenta con lágrimas que salen a borbotones y la mano temblorosa que suelta la taza sobre la mesa. Su historia es la de una nación próspera que se desintegró -la ex Yugoslavia hoy la componen seis estados más otro en litigio- regando de sangre más de 200 mil kilómetros cuadrados.

¿El Mausoleo de Tito? Recto y después del cruce de las autopistas, a la izquierda”, me indica un inspector de tránsito semejante a un personaje de Kusturica. Tito es un rockstar, en las tiendas de chucherías todo tiene su rostro, con orgullo recuerdan al líder que se enemistó con Stalin y delineó un socialismo sui generis. La Casa de las Flores, donde reposa su cuerpo, atesora sus ropas, cámaras y escritorio de trabajo. Entre guerras civiles, carne machucada y humo, los serbios añoran el martillo y la hoz.

El alba me despabila en Budapest. Los hombres usan bigote largo, los armónicos rasgos eslavos se endurecen. Tardé dos horas en llegar a mi hospedaje que se distanciaba 200 metros de la estación de tren. Luego de recibir indicaciones contradictorias, un sordomudo, cual lazarillo, me despidió en la puerta del Hotel Lokomotiv. La ciudad está partida al medio por el Danubio. Buda es antigua y con relieves, y al otro lado Pest es moderna y al nivel del río. La ortodoxia cristiana se hace romana. La iglesia principal guarda los restos de Puskás, centrodelantero del Real Madrid. El busto con nariz pronunciada de Franz Liszt decora una esquina.

A menos de 400 kilómetros de Belgrado, el socialismo muestra otra cara: “terror”, “dictadura” y “opresión” son los términos más utilizados por los húngaros para retratar los años en los que fueron un estado satélite de la Unión Soviética. Dos guerras mundiales perdidas, el país débil dentro del Imperio Austro-Húngaro, intentonas revolucionarias fallidas: la historia del Siglo XX es una concatenación de derrotas. Son silenciosos y sus miradas de ojos celestes cargan con el peso de no terminar de definir su identidad.

Praga, la París del Este, no parece escenario de un gobierno proletario. Los paisajes monocromáticos que reflejaba el cine de la Guerra Fría, contrastan con el colorido, la bohemia y la floreciente cultura de la capital checa. La Primavera de Praga -vulgar redundancia, allí siempre es primavera- desnudó el burocratismo del gobierno checo. La rebelión duró lo que tardaron en llegar los tanques rusos. La simbología soviética no es signo de progresismo intelectual como en París. Muestran sorpresa al escuchar mis relatos de la dictadura argentina, sin entender por qué se censuraban las ideas vinculadas al pueblo. En la tierra de Kafka dictadura se asocia a planes quinquenales, economía planificada y colectivización de la tierra.

4

Tomo por la avenida Karl Marx. Con una mano sostengo el mapa y con la otra el manubrio de la bicicleta. Semejante demostración de barbarie y desprecio por las reglas se gana la mirada reprobatoria de los transeúntes. El camino me indica las avenidas que debo cruzar para llegar a Alexanderplatz: Comuna de París y San Petersburgo. A mi derecha una estatua gigante de Marx y Engels. ¿No estamos en la capital de la potencia capitalista más importante de Europa? Berlín es una ciudad extraña. Un tercio de la población es turca, los berlineses organizan movilizaciones contra el desalojo de africanos ilegales, hay huertas comunitarias en espacios públicos. Sí, Berlín es una ciudad extraña.

El alemán que me aloja se crió en el Este. Mamó el ruso como segunda lengua y las salidas familiares a los desfiles monumentales. Se siente muy lejano de los años en los que su ciudad fue el epicentro de las tensiones políticas y militares mundiales (la Cortina de Hierro bien tangible) pero no se nota odio en sus palabras.

La balcanización española

Ataca el Barcelona. Dani Alves avanza por derecha, toca atrás para Fábregas que domina con la izquierda y centra con la derecha. Messi controla mal con el pecho y, como un rayo, el chileno Alexis Sánchez corrige de primera. Pelota al ángulo. Mi grito de gol no encontró coros que lo robustezcan. Sólo se escuchó un comentario en el fondo del bar: “Parece que hay catalanes aquí”. El Atlético de Madrid empató en el segundo tiempo, ganó la liga y provocó el unánime cántico de guerra: “¡Qué viva España!”.

Andalucía es la región española pobre. Los gitanos -cantaores, bailaores, bebedores- no venden rodados, pero hablan a los gritos como los nuestros. Los siete siglos de presencia musulmana dejaron marca en la arquitectura y las costumbres. “Andaluces vagos, se levantan de la siesta sólo para salir de juerga”, dice una joven de Bilbao en la película 8 apellidos vascos. El filme es suceso en España porque marca las diferencias insalvables entre las regiones autonómicas. En la final de la Copa del Rey del año 2012, las hinchadas del Athletic de Bilbao y del Barcelona tuvieron sus cinco minutos de concordancia chiflando al unísono las estrofas del himno nacional.

5

El separatismo vasco es famoso por su brazo armado, la ETA. Pero no son los únicos que se sienten incómodos bajo el abrigo de la monarquía. Los catalanes son noticia todos los días, el gobierno de la Genaralitat plantea un referéndum independentista para noviembre próximo. Encuestas recientes dan ganador, por abultado margen, al Sí. El camino fue largo y silencioso. Conquistas culturales, mayor autonomía y preponderancia de su lengua. El peor momento fue durante la dictadura de Franco. Los catalanes tenían su reducto de libertad en el Camp Nou, donde 100 mil personas se congregaban, fin de semana por medio, a aplaudir gambetas y hablar su idioma. El Barcelona Fútbol Club fue su ejército sin armas.   

Hace calor en la capital de Catalunya. Pregunto por la ubicación del Museo Picasso y tras comprobar que soy argentino me contestan en castellano; amabilidad que no reciben los ibéricos, toda oportunidad de hostilidad se ejerce sin miramientos. Los letreros gubernamentales se escriben en catalán. De los edificios, en su mayoría de cinco pisos, cuelgan no menos de diez banderas que gritan la independencia. Un asturiano, llegado aquí por trabajo hace cinco años, me dice que votaría a favor. En el centro de la ciudad, se repiten carteles, carpas, campañas que apoyan la consulta. Más allá de la administración de turno -gobierna el partido derechista Convèrgencia y Unió– la independencia es un sentimiento genuino y popular. Y los catalanes lo gritan, muy fuerte, más que los goles de Messi.

Cada país piensa su historia de manera diferente. Para enojo de Platón, no hay verdades que se apliquen a todos los casos. Héroes aquí, carnicero allá. La diversidad crítica, política y cultural forma una amplia paleta de colores; eso que los eruditos dieron en llamar idiosincrasia.

  

Yo les hice entender con las lenguas cuán engañados estaban en tener

 su esperanza en aquellos ídolos, que eran hechos por sus manos, de

cosas no limpias, y que habían de saber que había un solo Dios”.

Hernán Cortés