Hitler, decime qué se siente

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”. 

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 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

Mar del Plata te sorprende todo el tiempo, qué duda cabe. Y desde hace algunas semanas, mucha gente en la ciudad empezó a notar la presencia de un grupo de seres humanos que adoran sin miramientos a un personaje que ha provocado un daño irreparable a la Humanidad.

Ojo: no estoy hablando de las fanáticas de Arjona.

Hablo de neonazis, de skinheads. Y marplatenses, para más datos.

Contrariamente a lo que piensa mucha gente, un skinhead no es el cabeza que le pone un skin a su celular.  Es una tribu urbana que nació en Inglaterra por la década del 60 y que después de muchas mutaciones termina emparentada con el fascismo, la discriminación racial y la resolución violenta de cualquier conflicto. Casi como la Bonaerense, pero más flacos.

Se los reconoce fácilmente por su forma de vestir, por sus cabezas rapadas y por actuar como si vivieran en Londres fuera del sistema, aunque la madre los mande a comprar 200 de cantimpalo al almacén de Don Cosme.

Con los neonazis pasa algo parecido. Abrazan una postura ultra nacionalista y dicen amar a la Patria más que a nada en el mundo. Pero adoran casi todo lo que venga de Alemania. ¿En qué quedamos?

Son férreos defensores de los valores argentinos, pero cuando pinta asado el fin de semana se meten en un quincho y escuchan a todo trapo marchas en alemán, mientras se filman con cara de estar haciendo algo genial.

Confieso que estas personas me provocan curiosidad. Debe ser muy difícil ser neonazi en Mar del Plata. Me los imagino como en una especie de Torneo del Ascenso del Nazismo, en donde los fachos de países sudacas pelean y se arrancan los ojos (o se echan gas pimienta) para poder jugar en las Grandes Ligas de la Superioridad Racial. Y nunca lo consiguen, claro está.

El neonazi marplatense, antes de salir a patotear, primero escucha la radio (preferentemente una AM) para ver si va a refrescar a la noche. Por las dudas lleva un pulóver.

-¿Salimos a pintar esvásticas, Raúl?

– Mejor no. Hace frío y en la costa debe soplar un viento horrible…

El neonazi marplatense no va al cine porque tiene miedo que la función termine como en “Bastardos Sin Gloria”. Se queja porque el precio de los borceguíes está por las nubes. Cuando se siente triste vuelve a ver la final de la Copa del Mundo, donde Alemania se consagra campeón, pero adelanta con el control remoto cuando  la Copa llega a manos de Boateng (¡Un negro con la casaca germana!).

El neonazi marplatense es rabiosamente antikirchnerista. Es raro, porque se la pasan mirando, escuchando y leyendo a periodistas que dicen que estamos bajo un régimen totalitario, que los integrantes de La Cámpora son milicias hitlerianas o que llaman Gestapo a los inspectores de la AFIP (Está comprobadísimo que cuanto más exagerás con el tema de la presión fiscal, más guita estás debiendo de impuestos).

Pero por sobre todas las cosas, el neonazi marplatense es malísimo para calcular. Son capaces de gastarse 600 mangos en Mercado Libre en un Megáfono (con micrófono de mano y sirena, 25 watts) para hablar en un acto adonde no van más de 15 tipos. Con gritar un toque y poner las manitos a los costados de la boca alcanza, maestro.

El tema pasa por el odio, que es el combustible que alimenta el motor de la mayoría de sus actos.

Estas personas buscan meterse en causas ajenas y pegarse un ratito, para mendigar un poco de reconocimiento. ¿Honrás a los Héroes de Malvinas? Se te adhieren y reivindican a la dictadura. ¿Pensás que Palestina es víctima de una matanza? Se te suben a la combi para dar rienda suelta a su antisemitismo. ¿No te gusta este Gobierno?. Se te cuelan y patotean a los que ellos llaman “militantes rentados”. ¿Te preocupa la seguridad?. Ahí están, fogoneando acuartelamientos policiales. ¿Pensás que te quieren tumbar porque vas bien en las encuestas?. Ahí van, dispuestos a salpicarte con su intolerancia.

El problema no es que se te peguen. El verdadero problema es cuando se nota mucho que vos no querés sacártelos de encima. Porque te sirven. No sé para qué, pero te sirven. Y en ese punto es donde se termina la joda. O empieza, no sé bien.

Tal vez me equivoque, pero se me hace que Mar del Plata puede tener todos los defectos que uno quiera, pero no es tierra de nazis. De fachos, reaccionarios, intolerantes, lobistas y especuladores, sí. Pero no de nazis.

Por algo eligieron Bariloche.

No creo que haya sido porque allá atienden mejor al turista.

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