La advertencia de la de Marini

Aguafuertes marplatenses de un periodista enojado con el mundo. El ojo del halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la leche).

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Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

Me está obsesionando “la grieta” (laven las acepciones sexuales), me obsesiona la grieta ahora que su descubridor, aquél que la nombrara en una entrega de premios, se cayó dentro de ella.

Esa grieta no existe: los argen y los tina, terminamos yendo a los mismos cumpleaños, manoteando del mismo plato de salamines.

Me preocupa la otra, la que se invisibiliza por omisión de los medios. La que se establece entre los que estamos adentro y los que están afuera. Afuera de qué. De la pantalla, por ejemplo.

Hay un país bien grande que no tiene voz, referido por los medios, estigmatizado por los medios, pero fuera de ellos.

Nada bueno llega del territorio de “los otros”.

Los otros. Me viene a la mente la serie Lost y aquella película donde Jorge Donn bailaba el bolero de Ravel. Les uns et les autres.

Me obsesiona tanto, que lo voy a ir desparramando en mi discurso, como esos tomates cultivados en casa que van a parar a todos los platos.

Traigo un ejemplo que tiene tres décadas y un lustro.

Iba a una escuela privada y confesional (cuando las privadas no eran obligatorias para los que las pudieran pagar).

La de Marini (que era la representante legal) agarraba el micrófono cuando el recreo ya se había salido de madre y alguno terminó sangrando la nariz en el baño.

– Sigan así y van a ir a parar a la 25.

La 25 quedaba a media cuadra. Por suma de advertencias, era la suma de todos los miedos de mi escuela. Hoy diría que era Siberia, aunque no tenía el concepto de Siberia por aquél entonces. La tierra de los malos, de los expulsados por correr o por escribir las paredes, los feos, los sucios, los indeseables.

Un día llegó Leonardo. Venía de la 25. Creo que su muletilla (tenés algún problema?, en la plaza a las dos) era producto de saberse precedido por un aura orillera y de peligro. Daba miedo Leonardo. Lo dulcificaba su obsesión por tocar la melodía de Camel con la flauta dulce. Biribirí, pam pam pam, biribiriií pam pam paaam.

Después nos hicimos bastante amigos. Pero hubo allí un ejemplo de otredad.

Los medios elaboran todos los días el discurso chillón de la de Marini.