De lluvia y manos: la rutina de volver a hacerse

Atrás de la lluvia está el mundo. Cansado de repetirse, podrido, requetepodrido.

Por Romina Elvira, Federica Gonzalez y Pablo González

En Mar del Plata, cada tanto, llueve. Si los pluviómetros hablaran, coincidirían todos en que entre el viernes 22 y el lunes 25 de agosto más de 150 milímetros de lluvia cayeron sobre la ciudad. Sin embargo, los pluviómetros no hablan, sino a través de meteorólogos y funcionarios. Los meteorólogos no suelen mojarse los días de lluvia, algunos funcionarios, sí. Por lo menos los minutos exactos que dura la obturación de una cámara, el corte de la grabación que los filma.

Los que no saben de pluviómetros ni de cifras milimétricas son los vecinos de los barrios afectados por la lluvia, cuyas medidas son las marcas que el agua deja en las paredes de sus habitaciones y su unidad de referencia son sus propias articulaciones (“casi hasta las rodillas”, “hasta las rodillas” o “arriba de las rodillas”).

Agua y barro. Porque, además, el barro. Y la basura. Y los desechos de alguna fábrica que nunca se llueve por dentro.

En el Municipio, lugar donde las unidades de medida se vuelven a separar de los cuerpos, las consecuencias del temporal no son sociales, sino políticas. Oficialismo y oposición se tiran las culpas, incluso cuando el sol sale radiante. Se los ve secos de repetirse.

Si es cierto, como dicen, que el infierno es la repetición, algo al menos puede rescatarse de ese subsuelo caluroso del mundo: la rutina hace que sepamos bien qué hacer.

La ausencia del Estado es en tres tiempos: pasado (la inexistente planificación urbana, las obras de desagüe que no se hicieron), presente (las evacuaciones tardías, la falta de respuesta por las pérdidas) y futura (la certeza insoportable de que todo volverá a repetirse).

Frente a esta ausencia, las familias comenzaron a autoevacuarse durante la mañana de aquel sábado. El agua ya llegaba a las rodillas y los medios avisaban que el temporal seguiría. Lo que se activó, siempre se activa, fue una rutina vecinal de solidaridad frente a la inclemente lluvia.

La pregunta: ¿cuántos milímetros se debe esperar para que una realidad cambie?