Instrucciones para tomar un colectivo en Mar del Plata

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿Profesión?”, con un seco: “Comediante”. 

Vasco

 Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

 

 

Piensa en esto: cuando decides tomar un colectivo, tomas un pequeño infierno florido, una cadena de anuncios incumplidos, un calabozo de aire que para cada dos cuadras.

No te tomas solamente un bondi, ojalá que pase pronto y esperemos que no llueva porque no hay parada en tu esquina y nadie controla las frecuencias. No subes solamente a ese menudo hijo de puta que te toma de rehén y te obliga a pasar por el casino, aunque tengas que ir a Batán.

Terminarás en un chiringuito ubicado en Luro e Independencia, en donde una persona (presumiblemente encadenada) carga las tarjetas de los que deciden perder una hora de su vida en hacer una cola.

Cada vez que tomes un colectivo, tomarás – y no lo sabes, lo terrible es que no lo sabes-  un nuevo pedazo frágil y precario de desidia en desmedro de los usuarios, algo que no es tuyo pero que tienes que pagar por adelantado, porque así funcionan las cosas y el riesgo empresario está por encima de todo, según aseguran algunos periodistas.

Al tomar un colectivo tomarás la obligación y la necesidad de cargar la tarjeta todos los días para que siga siendo un colectivo, la certeza que después de las 20 es mucho más fácil encontrar un hincha de Arsenal que un lugar abierto de recarga, la obsesión de tener que demostrar que eres realmente un discapacitado cada vez que el chofer mire con desconfianza esa pierna que te falta.

Tomarás el miedo de perder la tarjeta, de que se decida unilateralmente dejar de pasar por tu barrio porque las calles no dan más, de que te roben el celular cuando viene hasta la manija de gente o de que te roben de a 40 centavos en cada aumento de boleto, porque los grandes robos se hacen así, de a moneditas.

Miedo de caerte cuando te bajas, de que el vehículo te pase por encima y de comprobar que la única diferencia entre la muerte y esperar el 571 a la noche es que la muerte –a la larga- termina llegando.

Te regalan espejitos de colores, el pavor de cruzarte con una línea fantasma (el 501 en verano), la sensación de que un colectivo es un gato gigante al que nadie tiene ni ganas ni huevos de ponerle un cascabel. Y la seguridad de que el boleto acá no es tan caro como allá, porque los subsidios y la inflación y las unidades nuevas y los kilómetros recorridos y bla, bla, bla.

No te tomas un colectivo, tú eres el tomado.

A tí te toman los colectivos, para que un grupo de empresarios –esos tipos que tienen unos bolsillos tan grandes que pueden meter un concejal dentro- se de el gusto de viajar al próximo Mundial.

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