El negro blanco

Aguafuertes marplatenses de un periodista enojado con el mundo. El ojo del halcón que ve en simultáneo el plano general y el plano en detalle (que es lo mismo que decir: Jorge, el que no puede dejar de encontrar el pelo en la leche).

Jorge Kostinger II

Foto: Juan Pablo Buceta – Ilustración: Luciano Cotarelo

No sé muy bien quién es usted, pero sé quién no es.

Usted no es un negro villero.

Usted no usa esos gorrones con forma de domo, no usa camperas hasta el piso ni pantalones caídos, no escucha reguetón o hip hop a todo lo que da en el colectivo, usted no se perfora los lóbulos de las orejas para colocar allí una argolla por la que pase una paloma volando.

Tal vez usted esté pensando que cómo se, que por qué no, que soy un prejuicioso provocador, que me hago el canchero.

Lo dicho: si usted piensa todo eso es porque no es un negro villero.

Porque ninguno de ellos nos está leyendo; estamos solos, nosotros y nuestras contradicciones. La derecha, la que dice “negro” con asco y ganas de matar, tampoco está.

Y ya que estamos solos, aprovechemos para ser políticamente incorrectos. Nosotros, los del medio, los buenos, cultos, comprometidos y esclarecidos.

Digo, hay una “cultura” mayoritaria imposible de tolerar, ran. En los sectores marginados proliferan como unos mohos que ofician de anticuerpos para gente como uno. Música, ropa, modos de relación y slang particular. Pasó siempre, pasa siempre, en todo el mundo. Supongo que es lo que hacés si estás en el margen (iba a decir “si te toca estar en el margen”, pero eso nunca nos va a pasar: aunque nos caigamos del mapa, seguiremos siendo de este grupo, nosotros también tenemos resiliencia y redes de contención), si habitás en los márgenes, ahí adonde se refugian los maleantes y no llegan los remises, desarrollás un idioma, gustos culturales y credenciales de identificación.

Eh amigo, no me dejés tirado en este concepto: nuestros caminos (entre los negros y nosotros) no se cruzan. Eventualmente, si, alguno de ellos, o dos de ellos (porque salen del gueto en dúo como los mormones, pero con otra traza) vienen a la ciudad y deambulan por nuestras calles. Nosotros somos los que miramos mal y contestamos con agudas frases a la vieja del orto que en el almacén los califica. Aunque tengamos un miedo similar, aunque nos hayamos cruzado de vereda hace un minuto.

Y claro, hacia ese mundo van maestras del nuestro, van médicos que les mandamos. Son embajadores de nuestros buenos sentimientos.

En nuestro cuerpo diplomático hay de todo: los que entran y salen con cara de asco porque los obligan, los que creen haber sido aceptados porque se saben algunas palabras del idioma, los que se saben extranjeros pero hacen todo lo posible, los que creen que son al pedo todas las acciones del Estado por mejorarles la vida, los que se ahogan en dramas familiares que le estallan frente a sus ojos.

Pero somos, creo, buena gente.

¿Que quiénes somos?

Somos la República de la Clase Media Progresista (ReClaMePro).

Yo conozco a los de Mar del Plata, pero hay de nosotros en todas partes, como los gitanos.

A nuestro modo, también vivimos en los márgenes, somos los marginados de nuestra propia clase, los que no estamos ni estuvimos con el campo. Por el glifosato.

Desarrollamos nuestra música, idioma e indumentaria, aunque deseamos ser parte del pueblo (que usa otras cosas, como se ha dicho). Tanto queremos eso, que nos emociona ir a recitales de Cumbia Grande, porque es cumbia. Es la otra cumbia, la colombiana de la buena, pero es cumbia; nos alegra mucho. Como nos alegraba el potro Rodrigo. Como nos cabe Gilda. Como nos cae bien Pablo Lescano cuando toca con uno de nuestros músicos, porque es negro domesticado y ves como se puede dialogar.

Es más o menos lo mismo que pasó con el tango en sus orígenes, cuando salió de los arrabales y se metió en los salones porteños.

Los de la ReClaMePro marplatense nos conocemos todos. De las marchas del 24, del boliche de chapa, de Papá Montero, de las asambleas, de las marchas contra el boleto, alguno capaz me escuchaba. Lloramos al Flaco y lloraremos a mares a Charly, y ese día  no llegue nunca.

Los que se separan se cruzan, en una coreografía endogámica. Y nuestros hijos se encuentran en la militancia o en juntadas en la casa de tal o cual. Por eso a cada rato decimos que el mundo es un pañuelo y nos sentimos medio ancianos y orgullosos.

Vistos desde allá, ponele del norte, del sur o del oeste*, somos todos unos chetos caretas. Aunque pensemos todo el tiempo en esa hermosa gente, que amamos aunque no nos guste.

Hasta pronto.

* cuando decimos sur y oeste, omitimos algunos barrios que habitamos bastante: Acantilados, Bosque Peralta Ramos, La Florida, Estrada, El Grosellar, Las Dalias, Camet. Y tenemos gente en Santa Mónica y Parque Luro (se los reconoce por artesanías peruanas, cosas de madera, telares, bicicletas, pulóveres rústicos y olor a faso cada tanto, porque nos pega mal. Prefiero el vino).