Los locos que inventaron el amor

¿Existe el teatro marplatense? Para el autor, la escena independiente local está más viva que nunca. En una ciudad que parece condenada a la cultura del turismo, con un teatro comercial estival importado de calle Corrientes, hay una movida subterránea que por prepotencia de talento ya tiene bien ganado su lugar.

Por Gabriel Cabrejas * – Fotos: Ayelén Touzet

Teatro marplatense AJO

Si mal no recuerdo, era el año ’97, durante unas jornadas de teatro marplatense que organizaba el GIE (Grupo de Investigaciones Estéticas, de la Universidad) cuando el extinto Enrique Ryma, en un panel, tiró la bomba y se tomó el palo. Afirmó categóricamente: el teatro marplatense no existe. Conservador, director de la Escuela Municipal de Arte Dramático en sus comienzos procesistas, puestista de autos sacramentales, Ryma, un have been de la escena local, se refería a sí mismo y su lugar en el sistema; no esperó la réplica y se fue. Ni lerdo ni perezoso, el insigne Horacio Montanelli recogió el guante e ironizó ninguneándolo: ¿Me pareció a mí o alguien aquí mismo dijo que el teatro marplatense no existe? La prueba de lo contrario, el propio Montanelli, que dirigía desde 1956 sin interrupciones, y simbolizaba, y simboliza, la supervivencia absoluta de nuestras tablas, aunque, bien pensado, si trabajó en eso tantas décadas, corresponde hablar mejor de vida, de historia. De un teatro, en fin, más vivo que nunca.

Pero, ¿no hay bodrios en el teatro oriundo? Por supuesto; más valdría preguntar: ¿se puede realizar teatro sin bodrios, también? No creeremos que el porteño no los tiene, sino que los tiene y en proporción duplicada. Hablar de vida es hablar de buena y mala vida. Bah, al teatro de acá van los elencos, que hacen el aguante y esperan la retribución. Ahá. Y, ¿qué se piensan que sucede con los independientes en Buenos Aires? Como son muchos más, más público recaudan, sí, ése, el de la misma movida. Y los alumnos, claro. Sin embargo, no alcanza para explicar el éxito sostenido de cualquier obra que se estrena en temporada y se prolonga todo el año. Porque en verano ingresan a sala turistas, hartos de los precios incosteables de los bodrios importados, que acaso hayan visto en origen, o ni siquiera. Y pagan su módica entrada aquí antes de que la obra reciba el Estrella, antes de que no lo reciba. El Séptimo Fuego se jacta, y con razón, de un espectador cautivo, el vecino barrial. ¿Para qué iría al centro, si tiene teatro del bueno a una cuadra? Cien localidades, y seguro que sesenta son invitados. Aceptémoslo, sí, en el estreno. ¿Y luego? ¿Cuántas funciones se levantan? Probablemente pocas, o ninguna. ¿Cuántos tanques de la capital se van lamiéndose las heridas? Y en el largo invierno, cuando la principal actividad cultural de los marplatenses consiste en ir a cenar los sábados, ¿a quién se le ocurre, como ocurre, presentar nuevas obras, que podrían absorber tempranamente receptores —siempre los mismos, se entiende— y llegar, entonces, exhaustos al verano? Simple: saben que siempre habrá gente dispuesta a desafiar incluso el mal tiempo y la tentación de nuestros restoranes. Olvidan, o desconocen, que ése es el trajinar del independentismo, que hoy reúne a doscientas personas y mañana a veinte, y sigue su trayecto, imperturbable, a pura pasión y convicciones, pero la continúa batallando en virtud de su inagotado flujo de audiencia, tan apasionada como él. Claudio Tolcachir empezó su locura en un departamento perdido, Timbre 4, al cual iban otros perdidos que no podían aplaudir ni reírse a carcajadas, so pena de una clausura por ruidos molestos, y ahora a La Familia Coleman la ve el planeta. Sólo soñando podría haber empezado en la calle Corrientes.

AJO Teatro marplatense

Veamos un poco. En la calle Alberti cuatro dementes gloriosos (José Luis Britos, Rosie Álvarez, Pablo Marchini, Freddy Virgolini), no contentos con haber dirigido EA! (Escuela de Actores) más de diez años, se lanzaron a la aventura fundando Cuatro Elementos, un dispositivo cultural de grandes dimensiones, y a punto de cumplir el bienio. ¿Realmente están re-locos o han descubierto que la ciudad lo necesitaba, a pesar de las triviales y consuetudinarias lecturas de indiferencia, autodesprecio o embrutecimiento del ciudadano oriundo? Contra cualquier pronóstico, éste y los otros centros veteranos respiran bien encima de la línea de flotación, con sus escuelas teatrales, sus talleres invernales, sus ubicaciones fuera del radio del casino y adyacencias y, otra vez, sus textos espectaculares, sus visitas foráneas, conciertos, exposiciones plásticas, seminarios, conferencias y festivales. Ah, me faltaba. Hace veinte años casi nadie vivía del teatro aunque el teatro fuera su vida. Actualmente muchos se dedican al arte de Lope full time, sin indicios de compartirlo con horarios de oficina, y menos, de abandonarlo.

No me extenderé más, valga esta nota de introductoria. Termino engarzando un recuerdo, el de Gregorio Nachman. El gran Grego asumió la conducción del primer Teatro Municipal de Comedia en 1965 y se propuso un delirio: destronar a Buenos Aires (sic), o sea, convertir al balneario en sede nacional del trabajo dramático. ¿Soberbio, alucinado, ambicioso? Quizás. Y asimismo, consciente del potencial regional y de la sed teatral comarcal. Su Jettatore concretó cien funciones, y, en sus cartas, juraba una suma total de cincuenta mil huéspedes. Algo habrá hecho; algo, sin duda, que seguimos haciendo.

 

* Gabriel Cabrejas es crítico teatral e integrante del Grupo de Investigaciones Estéticas (GIE) en la Universidad Nacional de Mar del Plata y del Getea, en la Universidad Nacional de Buenos Aires.