Postales veraniegas sin mar de fondo

Un cronista se sumerge en la periferia de La Feliz en plena temporada. Va en busca de postales invisibles. Encuentra basurales, precariedad, olvido… Y un Estado sin política habitacional, funcionarios que niegan ayuda, estadísticas desalentadoras o inexistentes y un intendente que dice querer llevar música clásica a los asentamientos.

Fotos: Gabriel Bulacio

Al final, en el Caribe, sería un día caluroso. Yanet lo supo después. Había pedido a todos sus santos, Dios mediante, que no la abandonen mientras sujetaba con ambos brazos el techo de nylon de su casa. Lo estrujaba y encerraba en un puño tan apretado que sus uñas se hundían en la piel, agrietándola. El viento, áspero, impetuoso, no cesaba. La lluvia había comenzado a filtrar sobre el piso de tierra que, más tarde, sería barro. Al lado, desde un cochecito, un llanto agudo, fino. Jeremías, su hijo de nueve meses, la estremecía como frías cuchillas en la espalda. Una ráfaga la hizo trastabillar. Su esposo Manuel salió a comprar provisiones junto con su otro hijo de tres años y, pensaba, pronto volvería para ayudarla. Pero no llegó. Poco a poco, el temporal fue disipando. Apenas escuchaba el goteo incesante de la lluvia y el rasgueo furioso del viento ya no atentaba contra las finas láminas. Liberó sus manos, volteó hacia su bebe y se acercó a consolarlo. De repente, una brisa liviana desprendió una pared que voló sobre las calles de tierra, perdiéndose entre montículos de basura. La casa, un cuadrado de 3×2 hecho de nylon y pequeñas tablas de maderas, quedó descubierta. Yanet cruzó el umbral y salió, con su bebe en brazos. Eran las once de la mañana, el sol comenzaba a crispar y Jeremías había vuelto a llorar.

En 2016, la O.N.G Techo hizo un relevamiento en Mar del Plata donde visibilizó 10.635 familias, al menos, viviendo en condiciones marginales sin acceso a servicios de urbanización como agua, luz, gas o asfalto y recolección de basura. El barrio Caribe, en la periferia, junto con, al menos, otros 35 asentamientos, conforman la enorme precariedad habitacional que posee el tercer partido más poblado del conurbano bonaerense. Las cifras, dos años después, van en aumento.

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—Históricamente la cuestión del hábitat no ha estado en agenda local.

María Laura Canestraro es Doctora en sociología, especializada en urbanidad e investigadora del CONICET. Estamos en un cómodo, y fresco, bar en el barrio Los Pinos. Afuera, la mañana de enero se hace sentir bajo un sol tremendo.

“Desde mediados de los años ´70 y ´80 se amplía el proceso de conurbanización en la ciudad. Luego, con la crisis del 2001, crecieron aún más los barrios desde la periferia. Lo que tenemos hoy es un proceso de expansión intra-urbano. Los que nacen, por ejemplo, en el barrio Jorge Newbery, en el oeste, se van para La Herradura, que está todavía más atrás. En lugar de densificarse, se hace una ciudad más difusa”, explica la especialista, que también dirige el Grupo de Estudios socio-urbanos de la Universidad Nacional de Mar del Plata. Cuando despliego un mapa oficial de la ciudad, otorgado por el Ente Municipal de Turismo, una leyenda se impone como un aforismo: “Mar del Plata. La felicidad es tu destino”. Pero muchos barrios, como La Herradura o Monte Terrabusi, ni siquiera figuran en el planisferio. Canestraro justifica esta omisión por dos motivos: una decisión política de no mostrar “el otro lado” y la falta de un consejo local de habitad y vivienda. “Hoy no se producen datos duros respecto del déficit habitacional. No hay un organismo que se encargue de recolectar información para que eso, luego, se cristalice en una política estatal. De hecho, va en contra de la Ley 14.449 de Acceso Justo al Hábitat de la provincia, aprobada en 2012, que estipula la creación de consejos en los municipios para intervenir sobre estos temas”. María Laura insiste en que, si se aplicara de manera correcta la Ley, se podrían generar más recursos destinados a combatir la crisis. “Una las medidas que prevé son los impuestos a grandes proyectos urbanos, como Shoppings o cadenas de supermercados. Deben pagar una carga impositiva diferencial y no lo hacen. También aplica para las propiedades que están ociosas y los vacíos urbanos, que especulan años en el negocio inmobiliario por la concentración de la propiedad”. Antes de terminar, le preguntó por qué muchos marplatenses, no turistas como uno, ni siquiera conocen de nombre aquellos lugares. “Por la misma razón que por allá, muchos no conocen el mar”, dice y me despide.

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La avenida Juan B. Justo, una de las principales de La Feliz, atraviesa lo ancho de la ciudad hasta los barrios periféricos del oeste, como el Caribe. Viajo allá en el colectivo 563, que tomé desde el Puerto. Son las tres de la tarde. El ómnibus va repleto. Arde. Por las ventanillas abiertas entran bocanadas de aire que alivian. Miro la calle y parece un hormiguero. Las personas salen y entran de locales comerciales, como si la puerta fuera giratoria. Desde los asientos, dos mujeres debaten sobre el inicio de temporada. Coinciden en que no es buena, pero mejor que el año pasado. Mientras, busco noticias sobre la crisis en mi celular. En 2016, el actual intendente de la ciudad, Carlos Arroyo, de Cambiemos, se expresó respecto al tema: “Ya tenemos el apoyo del presidente. Tuve varias conversaciones privadas con él y está cumpliendo. Falta que llegue el dinero para terminar con los graves problemas de Mar del Plata. Queremos que no haya más barrios de emergencia, que todos sean comunes, con toda la infraestructura necesaria. No necesitamos lujos, pero sí una cosa decente, que iguale a la gente. Fundamentalmente lo que buscamos es mejorar el hábitat. No sólo es un problema arquitectónico, sino también social y cultural. Pensamos llevar la música clásica y el trabajo al centro mismo de los asentamientos”. Poco a poco, el colectivo se vacía. En las veredas no hay flujo de gente y las fachadas de las casas se transforman. Pienso en música clásica hasta que cruzamos la avenida Carlos Gardel y el chofer me dice, con voz gruesa, que baje acá porque al barrio no entra. No hay pavimento. La avenida Juan B. Justo es una pasarela de tierra seca y árida, adornada por cordones de basura a los costados, como si fuera un “paseo de la insalubridad”. Tres chicos disparan con sus hondas a plásticos fundidos y bolsas de desperdicios. Les pregunto si esto es el Caribe. “Si. ¿Te perdiste?”, interrogan ellos. Yo agudizo mis oídos para intentar escuchar el sonido cándido de violines al sol.

“Vine a Mar del Plata para que mi hijo pueda caminar”. Yanet, 42 años, piel morena, ojos almendrados y vecina del Caribe, llegó hace un año desde San Luis junto con su esposo Manuel, obrero él, y sus dos hijos. El segundo, Jeremías, de un año y pocos meses, nació con luxación de rodilla y las caderas corridas. “Las piernas se le enrollan para arriba, como una pelotita. En San Luis dijeron que no iba a caminar porque no podían darme unas válvulas, por eso estamos acá. El hospital materno-infantil se las consiguió y está con tratamiento”. Se instalaron en el barrio por el elevado costo en el centro y, además, porque podían construir. Primero, armaron una casa de nylon. “Era muy duro. Mucho frío en invierno. Los chicos se enfermaban. Un temporal la tiró abajo y dijimos basta”, recuerda mientras cepilla ropa desde un balde rojo con agua. Ahora, una de concreto y chapa, hecha por Manuel con donaciones de algunas constructoras. Una sola manguera es la que provee de agua su casa y la del vecino y como no hay cloacas, las necesidades a un pozo. Yanet recuerda cuando la directora de Desarrollo Social, Vilma Baragiola, vino a realizar un relevamiento. Ella se acercó hasta la funcionaria para preguntar por la red cloacal del barrio, cansados de hacer sus necesidades como animales. La funcionaria le dijo que vuelva a San Luis porque primero iban a ayudar a los marplatenses. “¿Desde cuándo se discrimina por ser de otra provincia? Le dije que estoy acá para que mi hijo vuelva a caminar, no para ir a la playa”. Una cortina de humo llega desde un quemadero, a pocos metros. Grumoso, ácido, me hace toser y taparme la boca. “Están quemando basura. La única forma de sacarla es así. Lo peor es cuando arde el plástico. Te hace llorar”, explica Yanet. Entre toses y ojos vidriosos, pregunto por la seguridad del barrio, si pueden andar tranquilos, cómo es de noche.

—Es re tranquilo. La policía pasa mucho, pero no nos molesta.

—¿Y por qué crees que pasa mucho?

Más humo. Negro, irascible.

—No sé. A nosotros no nos molestan —insiste.

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En 2016, el Centro Municipal de Análisis Estratégico del Delito y Violencia (C.M.A.D.V) identificó los diez barrios más vulnerables al crimen. El primero es Puerto. Le siguen Parque Camet, Villa Lourdes y en sexto lugar, Caribe. El organismo tiene entre sus funciones la elaboración de documentos que den cuenta de la situación delictual en la ciudad. La mayoría de los barrios identificados, también, son los más golpeados por la crisis de hábitat. Pero para Tobías Schleider, ex director del C.M.A.D.V, es incorrecto hablar de un “mapa del delito” o “peligrosidad”.

—Es un mero concepto. Como hablar de la inseguridad del país. En Argentina tenemos 6,6 homicidios cada 100 mil habitantes, pero vas a Formosa y es una cosa, en Las Heras es otra. Cada vez tenemos más información que recaudar y para eso es necesario utilizar distintas técnicas para llegar a un resultado. Aplicar, por ejemplo, conocimientos del urbanismo y geografía a cuestiones del delito nos ayuda a comprender más lo que pasa.

Schleider es Doctor en filosofía, abogado penalista e investigador de seguridad ciudadana. Presidió el C.M.A.D.V hasta 2015, cuando asumió el nuevo gobierno de Mauricio Macri. “Éramos 13 personas de distintas disciplinas. Psicólogos, criminalistas, informáticos para análisis de mega datos, econometristas. Recolectábamos información de diferentes fuentes, sobre todo policial, la analizábamos y transformamos en conocimiento para proponer políticas de seguridad”. En todo el país, la principal información que se maneja a nivel delictual es la que proviene de la policía. Pero solo toma en cuenta delitos que son denunciados o donde intervinieron fuerzas de seguridad, ignorando, entro otros, hechos de violencia institucional. “A partir de diciembre de 2015, la policía bonaerense dejó de proveer información a todos los municipios”. Tobías se sonríe cuando le pregunto sobre el riesgo de estos informes a criminalizar los barrios bajos. “La gente estigmatiza porque cree que ahí brota la delincuencia, pero las creencias que se tienen sobre determinados barrios son erróneas. El imaginario popular tiene como victimarios a los que en realidad son víctimas. Durante nuestra gestión, había una moda de entraderas a las casas y donde más ocurría era en barrios carenciados, ya que sus hogares eran más fáciles de penetrar. Cuando hicimos el estudio sobre violencia de género, letal y no letal, el resultado fue más interesante. No eran solo los sectores más conflictivos. Fue rojo parejo. Las denuncias venían de toda la ciudad”.

De toda la ciudad.

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—Morros, como en Brasil, pero de basura. Pibes tirándose de palito para cirujear algo y después venderlo.

Así el chofer del 555 me dice cuando pregunto por el basural a cielo abierto que hay en Monte Terrabusi. De nuevo, calor, enero. Hoy, al sur y no las playas.

El barrio se gesta en 1945, la empresa Terrabusi había comprado lotes de tierras en la periferia sur para edificar y, luego, vender los terrenos. Pero el negocio quedó truncado y los abandonaron sin una sola casa construida, hasta que el ímpetu del tiempo lo convirtió en un paraje sórdido, desolado: un monte. Otra vez, la frase desde adelante que todo lo resume:

—Baja acá que no entro más allá.

“Más allá” es un terreno vasto, un bosque tan grande que nada envidiaría a la mejor Reserva Ecológica. Troncos rústicos, largos, que tapan el sol, no hay autos y apenas se ven, a lo largo y ancho, algunas casitas. En una, me esperan.

Si a Oscar Aguirre, cuerpo fornido, ojos como dos uvas negras, le hubieran dicho hace 15 años todo lo que lograría en Monte Terrabusi, una risa diáfana, sostenida, le humedecería los ojos y continuaría con su trabajo en el basural, las manos hundidas en desperdicios viscosos, la frente sudada, ignorando cualquier otro porvenir que no sea juntar la cantidad de cartón y plástico que justifiquen, ese día, un plato de comida.

“Tengo 43 años y estuve 12 juntado lo que encontraba para venderlo después”, recuerda hoy Oscar, desde su hogar de concreto hecho por él mismo. En 2007, yendo a trabajar, se cruzó con el arquitecto Fernando Cacopardo, profesor de la Universidad Nacional de Mar del Plata y especialista en construcciones sustentables, y fue cuando comenzaron un camino juntos para la prosperidad del barrio. “Él quería articular un proyecto de viviendas porque todas nuestras casas eran de chapa y cartón, además de la falta de luz y agua. Pero le costaba el trato con la gente, no era del palo, y estábamos hartos de promesas”. Fue cuando le dijo que organizaría a los vecinos para formar equipos de trabajo y él debía conseguir los materiales. Su experiencia como recolector, más los recursos de Cacopardo, lo llevaron a una idea: eco-ladrillos.

—De plástico. Podíamos armar casas con botellas de gaseosa sacadas del basural.

Una máquina mezcladora hizo los primeros ladrillos a partir de plástico triturado con piedra granítica y comenzaron a construir las primeras casas, decentes, sustentables, de Monte Terrabusi. “De cartonero a emprendedor”, tituló el diario El Cronista cuando ganó el primer premio al Microemprendedor, en 2011, organizado por distintas fundaciones y el Citi Bank. Con el monto del premio, adquirió una máquina para hacer más viviendas a sus vecinos. “Ya son nueve y vamos por más”. Hoy busca formar una ONG para urbanizar la zona y crear una escuela de oficios con inserción laboral: “Está frenado todo. No hay obras para ir a trabajar. Queremos formar personas que sepan filetear pescado, herreros, soldadores”, explica Oscar.

—Para que no tengan que terminar en el basural como yo.

Como muchos.

El olor asfixia. Primero son pequeños montículos, nada nuevo. Luego, adentrándose, cerros elevados. Al final, una meseta residual y pútrida de una manzana entera. Bolsas, desperdicios, ratas, podredumbre, pero también, un trabajo. El basural es un centro de recolección y fuente de ingreso para gente del barrio y los alrededores, por eso sus puertas permanecen abiertas. Un nene, cara sucia, ropa rasgada, acaba de encontrar un parlante en forma de Minion, ese amarillento personaje infantil. “Anda. Recién lo probé, mirá”, dice y los ojos del aparato prenden en rojo. Omar, 32 años, sin remera, un tatuaje de la Virgen de Guadalupe en el pecho, espera el camión que viene desde el centro. “Ese levanta los restaurantes. Se puede papear algo”. Lo peor, me cuenta, es cuando llegan los de los supermercados para tirar mercadería dañada o vencida. “Vienen todos. Tenés que pararte de manos por una caja de leche sin abrir”. El olor me empuja hasta la salida. Un atardecer de sol rabioso, veraniego, tiñe toda naranja la pradera de los despojos.

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Mario Peralta enojado, la mirada al piso, mueve la cabeza despacio de un lado a otro como si hubiera errado el último penal, como si no lo pudiera creer. Se acaba de enterar cuántas veces cortan el césped en las plazas del centro: dos por día. “¡Por día! Hace dos meses que vengo reclamando a la Municipalidad que pasen una vez y corten la principal del barrio”. Esa plaza, con los yuyos hasta las rodillas, queda en Nuevo Golf, detrás del Mar del Plata Golf Club. Mario integra la comisión vecinal, que desde hace ocho años realiza trabajos de asistencia social en el barrio: “Repartimos donaciones y bolsones de comida. También hacemos inclusión a través del deporte para los chicos. Aunque el Estado nos haya olvidado, logramos traer instalaciones eléctricas, el asfalto de algunas calles y el ingreso de dos líneas de colectivos”. Nuevo Golf se formó como muchos barrios después de la crisis del 2001: emergente, periférico y, como dice Mario, invisible. “Faltan muchas cosas básicas. La luminaria y el arreglo de calles que, al llover, se inundan de manera intransitable. ¿Cómo entra la ambulancia en una emergencia? La unidad sanitaria más cercana está a treinta cuadras”.

—14.000 personas afectadas por la crisis habitacional hasta el momento.

Martín García es un referente de Los Sin Techo en la ciudad y su diagnóstico, y el de su organización, no es certero porque, dicen, pueden ser muchas más. Es parte del barrio 15 de enero, que se creó a partir de una lucha popular por una vivienda digna en un territorio a orillas del arroyo Las Chacras, que desbordaba siempre. Ahora la organización se extendió hacia muchos barrios de la periferia de la ciudad, incluyendo asentamientos. “Villa Evita, atrás del estadio Mundialista, tiene proyecto de urbanización desde el 2010 y aún no hay ninguna obra. Hay territorios que siguen creciendo sin ningún tipo de planificación urbana”, afirma Martín, quien también integra el Movimiento de Trabajadores Excluídos (MTE) y la Confederación de Trabajadores de la Economía Popular (CTEP), donde llevan un registro nacional de barrios populares. “En todos los lugares donde el Estado veía solo manchas verdes, nosotros sabíamos que había familias viviendo y se logró su reconocimiento y visibilización, a través de un censo y relevamiento. También conseguimos que se dé un certificado de vivienda emitido por el Anses para evitar los desalojos”.

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Amanece con un cielo plomizo, como una bruma gris. Siete de la mañana de un día cualquiera de enero y del lado del mar, la ciudad se levanta. Los paradores, desde la playa, preparan las carpas; en los cafés, las primeras medialunas, y por la rambla, turistas madrugadores con lentes negros miran al horizonte, buscando, deseosos, tibios hilos de sol. El mar, en Playa Varese, tan planchado que parece una estampa pintada y abajo, sobre la escollera, donde mueren las olas, a donde todos miran, y en emergencia habitacional, una casa de nylon tiene la mejor vista de toda la ciudad.

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