Sobre los muros

El muralista Julián Roura interviene la vía pública con la estética de los pueblos originarios. Su intención es soltar un mensaje político a favor de una nueva relación entre el hombre, la sociedad y la naturaleza. Novedades ancestrales, en pleno siglo veintiuno.

Fotos: Hebe Rinaldi

La calle funciona como un laboratorio político. Son miles de personas avanzando entre imágenes que intentan vender algo; carteles que se repiten, luces, frases breves, modelos que sonríen: la publicidad más efectiva es ese monstruo que se apropia a toda velocidad de la vía pública. Las ciudades hoy discuten cuán reales son. El desarrollo tecnológico cambió la gramática de vida. Una persona pasa más tiempo en el universo digital que en la realidad tangible. De ahí que la gran pregunta de la arquitectura contemporánea apunta a cómo recuperar el territorio perdido, cómo regresar la rutina al contexto urbano. El muralismo, como expresión artística, se alista en la misma batalla con una propuesta estética a gran escala, también como un espacio de resistencia política.

Tiene que ver con el compromiso histórico de mostrar arte más allá de las salas de un museo o de una galería, con el plus de un reclamo en sintonía con este siglo. El muralista Julián Roura entendió con el tiempo que la calle es un medio clave para expandir mensajes. Su formación como artista se inició en las artes del fuego. Primero fue alumno en un colegio industrial, no le fue bien y decidió cambiarse al Polivalente. Se anotó en música. Tampoco le fue bien, de hecho hasta lo maltrataron. El profesor de coro no le permitía emitir sonido, sólo estaba autorizado a mover la boca y simular que estaba cantando. Así fue tropezando hasta que llegó a los talleres de la Escuela de cerámica. “Ahí se me acomodaron todos los patos”, dice. Fue un quiebre en su vida. Julián, ante todo, se define como ceramista. El tema de los murales llegó poco después.

El trabajo con las artes del fuego le acercó la cosmovisión de los pueblos originarios. Julián quedó cautivado por el rol ancestral del hombre en la naturaleza: el hombre como parte de un todo, respetando los ciclos naturales. “Hay muchas distorsiones en este sistema que estamos viviendo, estamos metidos en un rollo complicado, intentamos dominar la naturaleza en lugar de escucharla”, explica. Ese fue el mensaje que lo impulsó a intervenir la calle. Fue en 2001, su familia estaba pasando un momento económico asfixiante. Julián tenía mucho para decir. Primero fueron trabajos aislados. Para 2009 ya estaba produciendo cerca de 40 murales por año y su nombre comenzó a aparecer en la agenda de distintos encuentros de muralismo que se desarrollan en Latinoamérica. Pintó en México, en Chile, en Costa Rica y en casi todas las provincias de la Argentina. De a poco se ubicó entre los nombres fuertes del muralismo joven argentino.

Su estética es fácil de reconocer. Está enlazada a la estética de los pueblos originarios, tanto en la forma como en la elección de los colores, siempre opuestos complementarios para generar vibraciones. El rojo al lado de los verdes, los naranjas al lado de los azules, los amarillos con los violetas. A veces la combinación es más dócil, pero, por lo general, explora esos tonos. Después, con aerosol, trabaja las luces, las sombras y algunos contrastes. Un litro de pintura le rinde cuatro metros cuadrados. Julián compra sólo colores primarios, el blanco y el negro. Crea sus propias mezclas por una cuestión de estilo, pero también para bajar los costos. Entre los gastos de un mural se suman los andamios, las escaleras, la logística, unas veinte latas de aerosol y el desgaste de las herramientas de trabajo. A pesar de semejante despliegue, resuelve una obra promedio en un día. A lo sumo en dos.

¿Cómo ves hoy el muralismo como disciplina dentro de la plástica argentina?

—Hay muchísima movida. A nivel producción se estaba agitando mucho en relación a las diversidades estéticas y temáticas. No hay una vanguardia, pero se está pintando mucho, aunque se frenó en los últimos dos años. Y es lógico, porque el muralismo es una actividad que depende de la voluntad política. Se intervienen espacios públicos y se contrata a un artista que tiene oficio. Hay muchas corrientes interesantes. Por ejemplo está el grupo MAC —Muralismo Argentino Contemporáneo— que se mueve mucho. También está la otra rama, más cercana al street art, que no tiene tanto contenido político. El muralismo está más asociado a una lucha, a lo social. Pero hay otras vertientes que también están buenas porque embellecen el espacio sin tanta densidad en el contenido.

¿El muralismo dialoga con el street art o se considera una disciplina diferente?

—Dialoga, claro. Argentina tiene mucha influencia del muralismo mexicano. Pero en Chile, por ejemplo, tienen más influencia de Estados Unidos y la movida del hip hop. Ellos toman el recurso del aerosol y se salen de las letras y los grafismos para pintar con contenido. A esa movida, que todavía no tiene un nombre definido, se la llama grafomural. Y nosotros lo empezamos a incorporar con los encuentros. Yo a partir de los intercambios con Chile empecé a usar aerosol. Me permite resolver detalles con mucha rapidez.

¿Tu influencia de dónde viene?

—Del muralismo mexicano y de toda la escuela latinoamericana, aunque hay nuevas corrientes de las que me siento más parte. De todos modos, respeto muchísimo a los grandes maestros, por ejemplo a Ítalo Grassi, que fue un maestro de acá de Mar del Plata. Ellos son parte de un proceso muy valioso. Pero, por ahí, encontré un camino por fuera del muralismo más académico, de escuela, de trabajar con cuadrilla y colores estructurados.

Julián Roura construyó su oficio como autodidacta. Ni siquiera se apoya en un boceto, trabaja directo sobre la pared y sólo usa una foto si tiene que copiar una figura en estilo realista, como en la obra que realizó en La Casa de la Memoria para reclamar por la aparición de Santiago Maldonado y reivindicar la lucha del pueblo mapuche en tierras del sur. Lo único que usa, muy de vez en cuando, es un esquema. Pero no más que eso. De los muralistas clásicos, estudia la obra de José Clemente Orozco, Oswaldo Guayasamín y Ricardo Carpani. De los contemporáneos, Lucas Quinto, Natalio García, Gustavo Chávez Pavón y el trabajo de la Brigada Ramona Parra —BRP—, de Chile, entre muchos otros con quienes tiene trato frecuente.

¿Cómo componés sobre una pared sin bocetar? Por las escalas y los materiales que usás, no tenés mucho margen de error.

—Hay un conocimiento basado en la experiencia y en la práctica que te afila el ojo. Yo no lo hago consciente, nunca lo teoricé, pero miro una pared y ya sé lo que tengo que hacer. La práctica me da las referencias. Cuando empecé a pintar eso no me salía, fue apareciendo con oficio. También hay algo intuitivo.

¿Además de cuestiones técnicas, qué le aporta el arte urbano al muralismo clásico?

—Creo que le aporta una estética y un concepto visual actual. El arte de cierta forma refleja el contexto de un momento. En este momento hay más diversidad de materiales y colores. No tiene sentido seguir pintando como hace ochenta años. Sería aburrido. La estética tiene que estar adecuada a lo que se vive, para que llame la atención.

Lo que se vive, dice en un susurro y cuenta que su padre, Guillermo Roura, encontró su vocación como artista plástico por las vueltas del destino. Fue a principios de la década de 1950, vivía en un campo en Pilar, cerca de Buenos Aires. Una tarde apareció un hombre que dijo llamarse Francisco López Salas, pintor exiliado de la guerra civil española. El hombre no tenía nada. El padre de Guillermo, el abuelo de Julián, de formación anarquista, le pidió que le diera clases a su hijo. Era una forma de ayudarlo. Guillermo, entonces, muy chico, comenzó a pintar. Después dejó. Estuvo años sin tocar un pincel, pero una crisis personal lo empujó nuevamente al arte. “Yo tenía seis años, no más, y él no me enseñaba. Pero todos los días con mis hermanos lo veíamos pintar y estábamos en su taller mirando cuadros. De alguna forma aprendíamos. Venían otros pintores a casa y hablaban de pintura. En ese momento jamás pensé que iba a terminar siendo artista”, dice Julián.

¿Por qué continuás la estética de los pueblos originarios en estos tiempos?

—Eso me lo pregunté muchas veces. Sólo puedo decir que es algo que siento como propio. Siento que ese es el camino. Cada lugar del planeta emana una energía, nuestros ancestros son la energía de nuestras tierras, que fue truncada por los europeos cuando llegaron a América. Impusieron otra estética y otros conocimientos muy distintos a los que ya había acá. Yo tomo esos conceptos con una estética contemporánea para adaptarlos a la actualidad.

¿Por qué creés que la vía pública sigue siendo un espacio eminentemente político?

—Porque creo que el poder político no quiere que pase nada en la vía pública. Que nada sea gratis. Todo tiene que ver con el consumo. Eso también está relacionado con la idea de los pueblos originarios. Para ellos, cada objeto era único. Cada plato, cada taza era un objeto de arte en la vida cotidiana. El europeo llegó con la idea de que el arte es para pocos. Entonces masificó y unificó la producción en serie para generar consumo. El poder político no quiere que haya algo de buena calidad, gratis, para cultivarse. El muralismo presenta una lucha y muestra ideas que están en contra de esa lógica.

¿Por qué el muralismo es tan efectivo en la ciudad?

—Eso tiene que ver con que somos muy visuales. Los murales rompen con el gris de la ciudad. Te hacen prestar atención. A medida que las técnicas y las pintadas son más claras, son más efectivas. Los mensajes tienen que ser simples. Un mural no puede ser una obra conceptual de un punto sobre una pared. Tiene que llegar y proponer una lectura inmediata, aunque también tenga distintos niveles de lectura. Es un arte necesariamente popular.

Las ideas que Julián desliza en sus obras nacen a partir de lo que quiere comunicar, pero siempre están abiertas a modificaciones. Un mural dialoga todos los días con su contexto, no puede proyectar imágenes negativas, tiene que ser orgánico. Un muralista —explica— tiene que escuchar lo que se dice en el barrio, incluso los detalles. “Son pavadas, tal vez, pero son fundamentales. Lo más importante es que los vecinos se apropien las obras. La persona que sale todos los días de su casa y mira algo chocante siente algo que no está bueno. Más allá del mensaje, hay que pensar en lo constructivo. Hay que preguntarse por el mundo en el que queremos vivir. Hay que reflexionar y generar conciencia desde ahí. Un mural te tiene que alegrar el día”, dice.

¿Qué lugar le das a la experimentación?

—Eso es importante. Cada mural que pinto me permitió experimentar algo, que después va tomando un curso y me hace cambiar o avanzar o retroceder. Todos los murales son procesos que se abren a nuevas ideas y recursos. Ningún mural es la obra definitiva.

El muralismo vive un momento de ebullición y su capacidad de expandirse puede llegar hasta cualquier límite. Julián sabe que su principal obstáculo, hoy, es la falta de infraestructura. Entre los artistas de todo el continente comparten ideas, técnicas y temáticas. Hay un diálogo fluido, lo cual genera una calidad de trabajos notable y que la vara esté siempre en alza.

¿Qué obra te gustaría desarrollar?

—Me gustaría pintar en las medianeras de los edificios, en la altura. Esas paredes son como plasmas. Necesito una grúa y mucho material. Eso sería desarrollar al máximo la capacidad que tengo. Sólo necesito los medios.

La imagen de una ciudad es, también, su construcción política. Hay que reinterpretar tiempo y espacio. Todo eso está en la obra de Julián Roura.

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