¿Viste lo que hizo Messi?

Soliloquios de un tipo que se pone y saca el traje de periodista todas las mañanas, pero que, en el fondo, gustaría contestar a la pregunta: “¿profesión?”, con un seco: “comediante”.

Nos dejó expuestos a todos.

Se hizo el muerto para ver quién lo iba a llorar en el velorio.

Ya había probado algo parecido amagando renunciar a la Selección, pero ahora decidió ir hasta el fondo. Decidió no jugar hasta el partido decisivo con Ecuador. Hasta esa noche, se dedicó a dársela a los compañeros y ver cómo erraban goles. Todo fue a propósito.

Me lo imagino como una especie de Batman (pero con tatuajes feos), mirando desde la Messicueva un montón de monitores y dándose cuenta de la cantidad de boludeces que se hablaron en todo este tiempo sobre la Selección, el fútbol, nuestro deber como argentinos, el ser nacional y coso. Agarró la agenda, la abrió en la página correspondiente al 10 de octubre, anotó “Ecuador, allá” con letra grande, le pasó un resaltador flúo y se puso a jugar a la play.

En realidad, la Pulga ideó un plan para dejar en evidencia los notables problemas que tiene el periodismo deportivo mainstream para encarar un tema de trascendencia. Cuanto más importante es el partido a jugar, más pavadas se dirán al aire: móviles inexplicables, conversaciones que no llegan a nada, viejos que gritan al borde de un ACV, la palabra del hincha, chistes que se quedan a mitad de camino, pibes cancheros que relojean el celular todo el tiempo y cronistas agradeciendo al comercio que les prestó una camisa para salir más facheros. Un espanto.

Afortunadamente el periodismo político es mucho más serio, dijo nadie. Nunca.

Volviendo a la Pulga, se aburrió de aburrirse, pidió la pelota y encaró. Y empezó a esquivar gente, corriendo con sus piernas transgénicas. Un montón de gente.

Esquivó ecuatorianos, a los snobs que creen que el fútbol es el (único) opio de las masas y a los evasores que lo acusan de evasor, como si fuera el único argentino que —cada tanto— se reúne con el contador para ver “cómo se puede pagar menos”.  Dejó en ridículo a los que lo comparan con Maradona (¿a quién querés más: a mamá o a papá?) a los que le endilgan no cantar el himno.

Mientras sacó la pelota del arco de Ecuador luego del primer gol y la llevó corriendo hasta el centro del campo, se acordó de los que lo putearon en Instagram cuando su esposa preguntó por Santiago Maldonado (“Ay, Antonella, pensé que eras una chica seria, pero no, sos una Kuka más”, fue el comentario más suave. De ahí para arriba. O para abajo).

La Pulga se cansó y le quemó los libros a todos. A los que lo aman y a los que lo detestan, A los que creen que el fútbol es un juego colectivo y a los que piensan que hay que ganar como sea. Desde Farenheit 451 que no se veía algo así.

Porque hoy la mayoría de los argentinos estamos un poquito más felices. El mundo es un lugar menos horrible desde el momento en el que entramos al mundial de Rusia.

¿Está mal eso? Yo creo que no.

Porque de las boludeces de la vida, el fútbol es la más importante. Lejos. Al menos en este país.

Lo lamento, aspirantes frustrados  a dinamarqueses. Las cosas acá son así. Y no estoy diciendo que los futboleros estemos un escalón por encima del resto. No, señor.

Pero no nos subestimen. El estar felices por entrar al Mundial de Rusia no nos hace un pueblo sumiso.

Mañana habrá que levantarse temprano para ir a laburar como todos los días. Y planificar cómo hacer para pagar la boleta de gas en cuatro cuotas, algo que —dicho sea de paso— no es una cosa que haya decidido Messi.

Googleá “Aranguren” y después hablamos.

El tema pasa porque hay mucha gente muy pendiente y detallista con “esos millonarios en pantaloncitos cortos que corren detrás de una pelota”, pero que se hacen los giles con los millonarios de saco y corbata que persiguen como locos una pelota de guita en el Congreso.

Abrazo grande, Pulga. Me hiciste muy feliz.

Ahora, a ganar el Mundial.

O no vuelvan.

Te amo. Te odio. Dame más.

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