Las batallas del rap

Son jóvenes que gritan sus historias, ideas y sueños a través de métricas filosas. En sus rimas, improvisadas o escritas, nos hablan de su realidad y de sus luchas. Una crónica sobre caminos de libertad y batallas personales atravesadas por el rap.

Fotos: Pablo Gonzalez

Hace dos días que Javier Magariños no toma. Está en la cama con la novia que mira una película de acción y piensa en cómo aguantar. Pasa todo el tiempo con ella o con su hijo. Si ve a los amigos pierde. Si sale solo pierde. Vive en el barrio Pueyrredon y hay, dicen, un transa por manzana.

Si trabaja también pierde. En el turno noche de la fábrica de pescado toman todos, hasta el jefe. Él con la cocaína es como el tiburón con la sangre: apenas la huele quiere más, más, más. El primer saque es a la hora de la cena y cada veinte minutos, media hora, otro y cigarrillo y cerveza para bajar los latidos y así.

Al día siguiente la panza ruge, duele del hambre y siente que nadie lo quiere. Ya no soporta los pantalones rotos, los agujeros en las zapatillas, que le corten el gas, que el nene no tenga pañales. Tres cuartas partes del sueldo se van en pipa, como la llama a veces.

Tiene miedo de morirse, de darse vuelta y que lo último que haga su cuerpo sea una convulsión, de que una taquicardia termine en un paro o de, al final, juntar la fuerza y ahorcarse. La película sigue y Javier piensa. La pista le suena en la cabeza. Agarra una birome, un cuaderno. Las rimas salen solas:

Él era un pibe de familia

Pero por cosas de la vida

Eligió la cocaína

Eso lo contenía

Sentimientos de agonía

El primer rap que escribe cuenta la adicción que empezó a los diecisiete y terminó a los veintidós. Tres años después dice que lo llevaba en el bolsillo del pantalón y, cada vez que tenía ganas de tomar, lo leía. Nunca tipeó la letra, ya no la canta y prefiere no recordarla.

* * *

La foto de Taina Goncalves, Taai MC, a los dieciséis. La cara sobre un fondo oscuro. La mitad derecha cubierta de cenizas que parecen cicatrices de quemaduras. La izquierda es toda ella: la tez morena, la mirada profunda, desafiante, atrevida; el pelo negro, la boca una mueca, una sonrisa que no empieza. La foto es la portada de su primer disco “Sobre tus cenizas”. Las cenizas de un pasado que quiere borrar.

El pasado como padre. Taai tiene cinco años, vive con los abuelos en Foz de Iguazú, su ciudad natal, y hace uno que la mamá, Mónica, se mudó a Mar del Plata por un trabajo fijo. Cada vez que la llama, el llanto, el grito: mamá volvé, vení, volvé.

Mónica tampoco aguanta. Llega a Foz decidida a llevársela pero el papá se opone. Nadie entiende por qué el hombre que es capaz de pasar dos, tres meses sin ver a la hija dice que no, que no le firma nada que la autorice a sacarla del país. La mamá responde que entonces debe pasar la cuota alimentaria. La abuela no puede hacerse cargo de todos los gastos. La discusión termina. Al día siguiente, el papá firma todos los papeles.

Taai hereda el rap del primo que no para de poner casettes en la casa de la abuela. A los diez, once años se viste con pantalones y remeras varios talles más grandes; le quedan anchos, despegados del cuerpo, se mira al espejo y rapea. A los quince va a batallas en las plazas, se integra a la crew La Bac y se pone de novia.

Seis meses después, está embarazada. Mónica vuelve a Foz de Iguazú, Taai se muda a la casa de los suegros. Vive con el novio en una habitación de tres por uno. Algo no anda bien: él pasa de la risa al llanto, de la caricia al insulto en cuestión de minutos.

El pasado como amigos. Las chicas y los chicos del grupo con el que pasa todo el tiempo que no está en la escuela, de a poco, la dejan de lado. No la llaman. No la invitan. Ella sabe que hablan del embarazo. No son los únicos. En Brasil, también hay comentarios. Frases que ella convierte en rap. El tema cinco del disco se llama “Mi Poesía”:

Cuando apenas eras una pequeña semillita

La gente me decía flaca arruinaste tu vida

Hablaban y hablaban sin saber de mi nada

Mis oídos eran sordos, eras lo que deseaba.

El pasado como hombre. Taai y el novio duermen en una cama cucheta. Al lado, la cuna de Aron que ya tiene dos meses. Cada madrugada, a las tres, siente las manos del novio que la agarran del piyama, del pecho. Abre los ojos de golpe, ahogada por la angustia, agitada por el susto y lo sacude. Es como si en esos segundos él no controlara su cuerpo y con la sacudida, volviera. La suelta, le pide perdón.

Taai habla con psicólogos. Les cuenta los momentos de euforia, de depresión, los insultos, las caricias de su pareja. Le dicen que tiene personalidad múltiple. Él no quiere ayuda de nadie. Ella les cuenta a los suegros. Se ríen, le dicen que está loca. El miedo también se escribe y ella, en “Infierno por Paraíso”, lo escribe así:

Su sonrisa es mi pánico escénico

Cuando al terminar todo me dice: lo siento,

lo juro no soy quien maneja esto.

Lo que vos creés dolor para mí es solo un juego.

El pánico termina. La tía la espera con una habitación lista para ella y el bebé de ocho meses. Consigue trabajo de manicura en una peluquería. Va a pasar mucho tiempo sin que pueda componer un solo tema. Tiene diecisiete y ya sabe que las cenizas caben en una caja, un bolsillo, una cartera, que se pueden tirar en cualquier parte; tanto como sabe que el pasado es a prueba de recuerdos.

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Kool Herc, el padre del Hip Hop, nació en Jamaica en 1955 y, cada vez que se escapaba de la casa, iba a los bailes. Era menor, no lo dejaban entrar pero veía cómo bajaban los parlantes de una carretilla y, más tarde, cómo vibraban los techos de chapa por la potencia del sonido. A los doce años, se mudó al Bronx, Nueva York, con su familia. La mamá lo llevaba a las fiestas que había en las casas y se hizo fanático de los Djs. A los quince ya lo contrataban para pasar música.

La autopista que unió Nueva Jersey y Long Island en 1963 atravesó el Bronx y atravesó, también, la vida de sesenta mil personas que debieron mudarse tras la demolición de sus casas. Hay autores que coinciden: las autoridades buscaban modernizar tanto como eliminar a los barrios pobres.

La mayoría eran afroamericanos, afro caribeños y latinos que se fueron al South Bronx, a convivir con los incendios. En la década del setenta, se quemó el cuarenta por ciento de las viviendas. Los propietarios preferían cobrar el seguro en vez de aspirar a alquileres miserables. Cortaban la calefacción, el agua. La gente se iba y encargaban la quema del edificio. Todo era escombros, polvo, ratas, insectos mientras las políticas públicas de Nueva York, al borde de la banca rota, eran de ajuste y recortes en salud, educación y seguridad.

La tasa de desempleo entre los jóvenes del South Bronx llegó al 60%. Ellos se refugiaban en las pandillas. Apenas llegaron al barrio, para cuidarse de los ataques de los blancos; después, para disputar poder y controlar territorio. Según la policía, llegó a haber decenas de miles de pandilleros.

Los adolescentes no tenían acceso a las discotecas. Las fiestas eran en las casas, las plazas y los parques. Kool Herc notó que el público se quejaba porque los Dj no pasaban un tema, no tenían un disco o cortaban la música justo en la parte que más les gustaba. Él sabía que lo que querían escuchar era la instrumental, los breaks y, con dos copias de un disco, los extendía el tiempo que quería. Los chicos y chicas lo seguían a cada una de sus presentaciones, bailaban breakdance.

Otros, como Grandmaster Flash y Afrika Bambaataa lo imitaron. Los Dj hablaban al público con un micrófono pero la competencia aumentó; necesitaban dedicarse a los discos y las bandejas. Contrataron MCs —maestros de ceremonia— y perfeccionaron la técnica: alteraban la velocidad de reproducción; deslizaban los vinilos atrás y adelante para obtener otro sonido y los reproducían al revés.

Los MCs animaban a la gente con rimas o parrafadas y también competían en batallas de improvisación o escribían sus propias letras. Del DJ y el MC, nació el rap. A ellos se les unieron los b boys o b girls, que bailaban breakdance, y el graffiti para conformar los cuatro elementos de la cultura Hip Hop.

Entre el público, hubo quienes grabaron las fiestas en casette y se las pasaban a amigos. El rap se extendió a otras zonas de Nueva York. Pero sólo se escuchaba en las fiestas hasta que en 1979, la industria discográfica lanzó el primer single que lideró los rankings en EEUU y Europa. En 1982 Grandmaster Flash y los Furious Five grabaron la canción The Mesagge y Bambaataa el disco Planet Rock. Ya nadie detuvo la expansión del rap.

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Sok camina en círculos por el escenario. Mueve la cabeza, se lleva el micrófono a la boca, le pide al público que levante la mano mientras mira un punto fijo. Todo para bajar los nervios, la adrenalina que siente en cada competencia de freestyle. Le toca abrir la batalla contra Busci, su amigo. Son cuarenta segundos en los que debe improvisar y sabe que pueden ser eternos. Pero también sabe que su cabeza está llena de rimas, no necesita pensarlas; rapea por inercia, no se traba, nunca se queda callado.

En el medio del escenario está el DJ con una notebook. A un costado, los jueces. Todos raperos con experiencia y títulos. No huele a boliche ni a cuerpos traspirados. No hay olor a nada. Sok mira al público que está en silencio. No para de mover el brazo izquierdo. Por arriba de la pista, una percusión electrónica de batería, los acordes de un bajo, suena la voz y ya no se oye otra cosa:

Voy a matar a un rapero.

No hace nada bueno en el rap en castellano

¡Ay! qué lástima que tenga que matar a un hermano,

Yo soy hijo del hip hop

¡Vos sos un adoptado!

—Uuuoooo— el grito de la gente quiere ser ovación pero se queda en sorpresa.

No pueden sobrar ni faltar palabras. Uno, dos, tres versos y el cuarto es el acote o punch line, la línea de golpe que remata todo lo que el rapero argumentó antes. Los versos son ladrillos, si uno está mal puesto se caen los demás.

La competencia es por la primera ronda, los octavos de final de la batalla Dementes Mar del Plata que se hace en Abbey Road. En las paredes negras se ven posters de Lennon, los Rolling Stone y el Indio Solari. El público se agolpa en un rectángulo de veinte por cuarenta al borde del escenario, el único lugar iluminado. Ninguno tiene más de dieciocho. En las mesas de los laterales se sientan los más chicos, algunos de seis, siete años. Hay padres y madres que los acompañan. Cada veinte varones, una mujer.

A Busci no le importa competir con un amigo; no siente piedad por más que Sok lo mire, le dé la espalda o camine de un lado a otro como un animal que marca el territorio. Por momentos se acerca, le canta en la cara. Por otros se aleja y quiebra la cintura hacia adelante. El rap también es actitud:

Te quedaste callado

No me mires con cara de retrasado

Con este gil, yo no tardo

Él no es mi hermano

¡Él es mi hijo bastardo!

Cuando la rima del rival es buena, Sok se lleva la mano a la altura de la cara y la mueve rápido, arriba y abajo, o cierra el puño y golpea al aire. Sonríe, lo reconoce y pega con más rap:

¿Sabés cuál es la diferencia?

Que yo sueno lógico

Yo no soy tu hijo

¡Soy el árbol genealógico!

Después de una réplica o desempate, el jurado da ganador a Sok. En la batalla se evalúa el punch line y las respuestas de cada competidor; el ingenio, la originalidad para rimar. El flow o la forma en que el rapero se adapta a la base instrumental, la actitud y también influye la reacción del público: el que es conocido o local tiene más chances de ganar.

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La nena llora en los brazos de Taai que se baja el pulóver, el bretel y descubre un pecho. La boca de su hija se prende. En la barbería del centro también está su compañero que, tijera en mano, corta mechones de un pelo húmedo. Hay un par de espejos, sillones de peluquería y Aron que toma mate, corre, va y viene.

Taai pasa los días entre los hijos y el negocio. Tiene veintiuno, quiere estudiar psicología. Armó el local y una nueva familia. A veces no llegan a fin de mes, a pagar alguna cuenta pero a los chicos no les falta nada.

A la música le dedica el tiempo que puede. A principios de año, con otras tres raperas formaron la crew Mundialista Femme y ya grabaron temas como Dispárenme y Ni una Menos. Ella dice que las mujeres tienen que juntarse más y que, en Mar del Plata, no llegan a diez las MCs. Al menos las que tienen algún tema o video grabado.

Para las mujeres, que no suelen participar en batallas, es más difícil hacerse conocidas. Taai no quiere grabar clips en plan sexy con autos descapotables y joyas. Tampoco aparecer en tanga ni cantar alguna canción para tratar de pegarla. No quiere nada que la oprima, que la calle. Compone solo si tiene una historia; si algo, como un femicidio, la conmueve y, sobre todo, si tiene qué decir.

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Javier mira a las quinientas personas del público. Es la primera vez que toca en vivo y es el lanzamiento del espacio político Patria Grande. No quiere desconcentrarse ni olvidarse las letras de las canciones y clava los ojos oscuros en la puerta del baño, justo frente al escenario. Lleva pantalón blanco, campera deportiva negra arremangada, el pelo corto que brilla por las luces y parece mojado, el micrófono en la mano.

Jony y Gera, con quienes forma la banda JLC, están al lado suyo y en el medio Belén, una amiga, que subió al escenario para cantar “El Mundo del revés”, tema del FA, la banda de Fuerte Apache que a finales de los noventa plantó la semilla del rap social argentino.

Sobreviviendo en este mundo nos criamos,

Y nos marginan todos, a nadie le importamos,

Solo nos nombran, cuando mal actuamos,

Cuando nos drogamos, robamos o matamos

A medida que rapean, Javier recorre la cara de la gente, los chicos del barrio, las amigas que lo alientan y ve entrar a su mamá, Claudia. Son casi las once de la noche y ella acaba de terminar el turno como mucama en un geriátrico. Está sola. Hace dos meses un ACV se llevó a Rubén, su compañero de toda la vida. El papá de Javier que escribía poemas, los guardaba en una caja azul y seguro sabía que él los leía a escondidas desde los ocho años. El albañil que lo llevaba a las obras para enseñarle el oficio y, cuando no alcanzaba, tomaba mate con tostadas mientras él y su hermana comían en casa de la abuela.

El tema sigue:

Yo pienso, deberían dar otras opciones, 

Ya están llenos los penales de malandras y ladrones. 

En mi barrio se tendrían que formar profesionales, 

En lugar de que los chicos se hagan criminales. 

En el último rap, cada cual cuenta su historia. Javier canta el primero que escribió, ese que ya no quiere recordar. Mira a un hombre, a una mujer del público que lloran. Baja del escenario y hay gente que lo saluda, lo felicita. Lo invitan a tocar a Córdoba, a Buenos Aires.

Llega hasta donde está la mamá. Ve cómo se le escapan una, dos lágrimas. Siente cómo los brazos lo rodean con fuerza, le aprietan la espalda. La cara de ella en el hombro de él y viceversa, los ojos cerrados y, por más que no quiere, llora como el día que murió Rubén y quisiera quedarse así mucho más de lo que dura un abrazo.

* * *

Las rondas de cinco o seis adolescentes como las que se forman en los patios de cualquier colegio rodean el monumento al libertador en el Parque San Martín. Uno se lleva las manos a un par de centímetros de la boca, el aire le llena los cachetes o la parte de atrás de los labios y lo suelta con sonido de bombo, redoblante o platillo: hace beatbox. Otro improvisa y canta sobre lo que siente, lo que le pasa, lo que ve, lo que piensa, lo que se le ocurre.

Algunos fuman cigarrillos y, en toda la tarde, habrá olor a porro dos veces. Llevan gorras visera, capuchas o el pelo al ras en los costados y con crestas o peinados arriba, pantalones de jogging o jean, camperas de abrigo que no alcanzan para detener al frío. El cielo tiene el color rosado de los últimos minutos de la tarde y la oscuridad de los primeros de la noche.

Ya pasó la etapa de clasificación del Sanmafree, la batalla de plazas más popular de la ciudad. El jurado discute quiénes son los dieciséis que disputarán los octavos de final mientras los chicos hacen freestyle.

La escena se repite en otras competencias como Primera División, Escollerap, Costaera, Warriors, La Jauría, Lista negra, Sanarap, que se hacen en el Unzué, y las Plazas del Agua, Colon, España, Italia, Rocha, San Antonio y San Cayetano, entre otras.

Los organizadores tienen entre dieciséis y dieciocho años; se comunican por un grupo de Watsapp para no superponer las fechas. Eligen a los tres jurados. Publican el evento en Facebook y suben un flyer a Instagram con los datos: modalidad de la batalla, lugar, día y hora de la inscripción que puede costar entre diez y treinta pesos. El premio es lo recaudado o lo que arreglen con las marcas que los sponsorean: remeras, buzos, gorras, anteojos de sol, cortes de pelo, tatuajes. Si sobra plata, la usan para traer a Mcs de Buenos Aires o para organizar competencias de escenario en algún boliche.

Después suben los videos a YouTube. El Sanma tiene batallas con más de doce mil visualizaciones. Los raperos coinciden en que las competencias hacen que la gente los conozca, los siga y, después, escuche sus temas.

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El chico tiene 10 años y, sentado en la punta de un galpón del barrio San Juan, escribe rimas con la palabra corazón en un cuaderno. Nahue Mc, el profesor que le dio la tarea, elige una pista en el celular conectado a un parlante y cuatro adolescentes empiezan a rapear. Las clases de la escuela de freestyle son dos veces por semana. Enseñan las raíces del hip hop, métrica, rimas y hacen sopas de letras, juegos con palabras y de retención de memoria.

Corría 2005. Nahue y el Sefo —fundador de la escuela—, tenían trece y bailaban break dance. Al año ya hacían freestyle. Se juntaban con otros chicos en la plaza San Martín, en Libertad y Los Andes; y competían en boliches de Mar del Plata y Capital Federal.

En 2009, formaron la crew —el grupo— Mundialista. Se reunían en una casa a tres cuadras del estadio. Rapeaban, competían entre ellos, escribían canciones, las grababan. Así pasaban todo el día, todos los días.

Nahue, que quería dedicarse a la música más que a las competencias, tiene un par de discos como solista. Piensa que las canciones son para toda la vida. Siempre habrá un pen drive, una computadora, un mp3; algo que las contenga y gente que las escuche. Las batallas pueden tener muchas vistas en YouTube pero después aburren. Además, en vez de competir prefiere grabar con otros raperos. Tiene videos con los mejores del país.

Inborn, Pixel, Aqua y Dikey son alumnos de la escuela y formaron la crew Mundialista Nueva Sangre. Inborn dice que ahí aprendieron todo lo que saben, incluso los valores: ser buena persona antes que rapero; no creerse la película de que el MC tiene que ser violento; acompañar y aconsejar a los chicos que recién empiezan y recordar que el hip hop nace de la discriminación, el peligro, el racismo y el miedo.

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Ecko, Papo, Dtoke, y Kaiser, los raperos más famosos de la batalla Dementes, se pasean por el medio de Abey Road. Los rodean chicos de seis, ocho y hasta diecisiete años que llevan birome en una mano y en la otra una libreta, una gorra para que les firmen autógrafos. Les piden selfies o les dan el celular para que les graben un video de diez segundos.

Los chicos pagaron la entrada VIP de cuatrocientos pesos. La diferencia con los que entran media hora más tarde y sacaron el ticket de doscientos cincuenta es que pasan eso, lo que dura una firma, una foto, un video con su MC favorito.

Sok también dibuja su nombre en una libreta o posa con un fan aunque no entiende cómo lo ven, no sabe de fanatismos. No es alto ni bajo, tiene la piel blanca, los ojos negros y el pelo casi siempre tapado por una gorra visera. Vive en una casa del barrio San Juan con los padres, profesores de teatro que lo llamaron Lautaro Padín, tiene diecisiete y está en el último año del secundario en un colegio privado.

A los ocho ya estudiaba guitarra; a los diez actuó en la obra “El amor en tiempos de lluvia”, sobre textos de Bertolt Brecht, que dirigía su abuelo, Antonio Mónaco. Imaginaba un futuro como director de cine hasta que Wos, su primo, le mostró en 2013 lo que era el freestyle. Empezó a rapear, competía, iba a las plazas y, al año siguiente, organizó la primera edición de la competencia Costanera en Playa Varese.

Un año después, en Abbey Road había cuatrocientas personas. Sok dejó afuera en octavos de final a un favorito. En cuartos le tocó otro, Katra, quizás el mejor competidor de Mar del Plata. Hubo tres réplicas de dos minutos cada una en las que los raperos tienen ocho versos. En la primera estrofa responden lo que dijo el otro, en la segunda atacan. Ganó Katra que levantó la mano de Sok como hace un campeón con el retador que pierde por puntos. Todo el mundo aplaudió. Él sintió que los raperos empezaban a tenerle miedo: el respeto se gana.

Algunas mañanas se levanta y antes de cambiarse, agarra el teléfono y anota una rima que soñó en algún momento de la noche. Va por la calle; ve un auto rojo, un gato, un cartel y se le ocurren más rimas. Se acostumbró a pensar así. Rimando. Escucha Santana, Divididos, La Vela Puerca, La Renga, Charly García; ve películas, lee cuentos de Poe, novela negra, literatura fantástica. Las palabras nuevas le sirven pero aprende más en la plaza, conociendo gente, viajando y con sus amigos Busci y Louse con quienes formó la crew Rapoetas.

En la cuenta de Instagram tiene 15k de seguidores; sube una foto, un video, por mensaje directo lo contratan para competencias en Mar del Plata, Córdoba o Capital Federal a donde viaja todos los meses para participar del Quinto Escalón en el Parque Rivadavia. La batalla de plazas más grande entre los países de habla hispana.

El año pasado clasificó a la Batalla de los Gallos Red Bull Argentina, la competencia que reúne a los dieciséis mejores del país. En octavos de final, Sok compitió con MKS. Más de ocho mil personas vieron la batalla en Tecnópolis. Más de cuatrocientas treinta mil, la reprodujeron en Youtube. Algo así como siete canchas de River. El que gana, clasifica a la Red Bull Internacional y compite con MCs de todos los países de lengua castellana: el mundial del Free Style. El último campeón fue su primo Wos. Apenas recibió el cinturón, pidió por Santiago Maldonado.

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Ezequiel Cabrera, también conocido como Inborn, está en el medio de la ronda y dice que si con la cabeza mientras escucha a su oponente, Virus, en la Plaza España. El segundo round de la batalla de semifinal de la competencia Lista Negra que es escrita, tiene temática. Les tocó Renacimiento. Virus lee en la pantalla del celular y rapea a capela, sin pista ni beatbox.

La humedad le gana al frío, la neblina deja ver el mar aunque no el horizonte. Hay cuarenta chicos que rodean a los competidores. Inborn no siente nervios. Hace cinco noches que escribe hasta las cuatro de la mañana, el horario del silencio en el departamento del centro donde vive con la mamá y la hermana. Armó un resumen de nueve páginas sobre el renacimiento, tres cuadros sinópticos; habló con la pareja de la abuela que sabe del tema; leyó apuntes del teatro Barroco que tomó en el colegio y, cuando arranca, se nota:

Hablo del arte y el comercio que en ese momento sí era digno

Si hablo del teatro, comenzaba el romanticismo

Y si hablo de mi ciudad, la llevo a potencia mundial

Y la llaman Roma anti sismos.

—¡Ooooohhh!— grita el público. Las seis estrofas de Inborn terminan con un calambur que se consigue cuando se reagrupan las sílabas de una palabra o una frase para que tengan otro significado. Para él es la figura más difícil de usar.

Tiene dieciséis años, la piel morena, el pelo oscuro. Cuando rapea se balancea hacia atrás y hacia adelante, señala al rival o mueve la mano con la palma abierta como quien muestra algo. Nunca le gustó ser el centro de atención. Fue el único de sus treinta compañeros de colegio que no se animó a interpretar un clown delante de todo el curso en la clase de teatro. Tiene Facebook, Instagram, Twitter pero no las usa: no le gusta salir en las fotos. La escuela de rap y las competencias, de a poco, le hacen perder el miedo.

El renacimiento con esta época no se puede comparar

Están avanzadas las teorías, las matemáticas, existe el freestyle

Hay derechos humanos, la creación del bypass

La única contra es que con el avance de la tecnología le dijeron a la paz bye.

El público vuelve a gritar. La decisión del jurado es unánime: Inborn a la final. Todavía le falta un año para terminar la escuela. Después se irá a Buenos Aires a estudiar ingeniería y trabajar. ¿Rapear? En el tiempo libre.

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Gris la vereda, el cordón, el empedrado por el que va Sok que le da la espalda a la cámara. Gris la escalera del subte donde se sienta, violetas las barandas. Gris la mochila. El pantalón negro, la visera sobre la nuca, la vista al frente cuando canta el principio de “Esencia”, un tema que subió a su canal de YouTube en 2016. La canción sigue mientras camina por más calles y la 9 de Julio. El plano se llena de árboles sin hojas y de cielo ya sin sol; él se golpea el pecho, señala y mira hacia arriba. Una fuente, una estación de tren casi desierta, graffitis, una marquesina que dice Varones del Tango y Sok.

En el canal hay ocho temas; escribió más pero a veces pasan una o dos semanas y ya no le gustan, no los graba. Le importan tanto las batallas como las canciones en las que siempre hay algún verso para Iara, su novia. También habla de la “oscuridad sin encontrar un lugar”. Al rapero que le va mal, que es nuevo o no tiene chispa para la batalla nadie lo acepta fuera de su grupo de amigos:

—Una cagada— dice Sok que no es de usar insultos cuando habla.

Con el tema Heredero recibió mensajes de gente de Chile, Uruguay, Perú y España. Nunca pensó que sus canciones se escucharían en otros países y cruzarían el océano. En una parte canta que aún no llegó a la cima solo porque sigue subiendo aunque no lo hará a cualquier costo.

Para él la cima no es ser el mejor freestyler del mundo ni montarse un personaje que el público festeje sino hacer lo que quiere, lo que le gusta más allá de lo que piensen los demás; más allá del sistema que no permite libertad, que somete: ir al colegio, a la universidad, recibirse, trabajar y tener una buena jubilación. No. La felicidad para él es otra cosa:

Quiero llegar en paz a mi futuro

Y recordar mis días como tiempos dorados

Quiero volar. Sentir el aire puro

Y respirar poesía para borrar mis pecados.

Este año termina la escuela y el que viene se va a vivir a Buenos Aires. Quiere que el rap empiece a ser, también, un medio de vida. Los tiempos serán tan dorados como la música que haga.

* * *

Chicho rapea y Master hace beatbox en la cocina de la casa de Javier que ceba mate dulce. Las paredes son verdes; huele a tabaco, a budan, a aire fresco que entra por la puerta abierta. En el medio de la mesa hay bizcochitos de grasa, una pava que humea y un chico de gorra visera trata de que Argentina le gane a Uruguay un clásico de playstation. No paran de entrar y salir adolescentes.

Javier los conoce de la Juventud Rebelde, la organización de Patria Grande donde milita o de la calle. Él y Chicho los van a buscar a las esquinas para invitarlos a las asambleas de la organización, al comedor que tienen en el barrio, a un torneo de fútbol o a un taller de albañilería.

A los que están en el problema, como dice Javier sobre los que están más metidos con la droga, no les interesa. A otros los convencen. Él sabe que solo no se puede, no se sale ni de la calle ni de la cocaína. Con compañeros de la organización tuvo la primera banda de rap. En los talleres que organizan se convirtió en oficial albañil, herrero y electricista y conformó la cooperativa de obreros que trabaja en la construcción de cuarenta y dos viviendas.

Master, Chicho y Javier quieren escribir sobre la policía. A cualquier chico del barrio lo paran por la cara o por la visera. Los humillan, les pegan. Javier dice que a los catorce, quince años se juntaban con amigos a jugar al fútbol en un galpón del barrio Parque Palermo y pasaba el Jefe de calle a los tiros. En segundos, terminaban con la boca en el suelo para esquivar las balas. La policía los intimida, les “planta miedo” hasta que alguno no puede más. Le liberan una zona y lo hacen robar para ellos. Le dan las balas y el fierro:

—Las balas y el fierro— repite Javier por las dudas que alguien no le crea.

El que entra, no sale. Un chico del barrio robó en la zona convenida pero se quiso abrir. A los tres días lo pararon en la calle. Le plantaron un revólver calibre 38 y algo de droga. Juntaron a tres testigos. El chico está preso.

Bairon, un cachorro de pitbull marrón, pasa por entre las piernas de Javier que dice que desde que empezó con el rap quiere tener su propio estudio. No depender de nadie, seguir formándose, cantar por todos lados, hacerse conocido y ayudar a los demás:

—Queremos devolverle la cultura al barrio— dice y piensa en reabrir el taller de hip hop que cerraron por falta de recursos.

Cree que el rap les llega, los conmueve tanto a ellos como a la gente porque es de la calle, del barrio bajo, y que puede ser una salida. La música que más se escucha le canta al ladrón y al transa, a los culos y a las tetas. Él y los demás chicos prefieren contar la vida en el barrio, lo que sienten, lo que les pasa. Cuando riman, encuentran las palabras para decir todo.

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