De lo que tengo miedo es de tu miedo

Vivimos en una sociedad sobrecargada de temores. A la muerte, al robo, a la pobreza, a la soledad, al fracaso, a la guerra nuclear, al terrorismo, a la política… Esta emoción individual y colectiva va cambiando con el contexto y condiciona nuestras ideas y acciones. Un análisis en tiempos neoliberales con un eje conductor: nuestros miedos.

Fotos: Esteban Ferreyro

La última película de Guillermo del Toro, La forma del agua, cuenta la historia de una joven muda que se enamora de una criatura aterradora. “Creo que la fantasía es un género muy político, pero el primer acto político que tenemos que hacer ahora es elegir el amor frente al miedo. Vivimos en tiempos en que el miedo y el cinismo están siendo usados de forma perversa y persuasiva”, dijo el director al presentarla en el Festival de Venecia.

Una definición básica de miedo lo describe como una emoción caracterizada por la percepción de un peligro, real o imaginario, desencadenado por un hecho presente, pasado o futuro. Lo que nos provoca es una aversión al riesgo o la amenaza que el hecho o la idea del hecho supone para nosotros.

Según el filósofo surcoreano Byung Chull Han, vivimos una época en que este sentimiento está cada vez más presente, en múltiples y difusas formas: “miedo a quedarse al margen, miedo a equivocarse, miedo a fallar, miedo a fracasar, miedo a no responder a las exigencias propias. Este miedo se intensifica a causa de una constante comparación con los demás”. Pero además de estos miedos personales, existen miedos sociales, estimulados también —según Han— por las necesidades de la sociedad neoliberal: “Hoy vivimos en un sistema que elimina estructuras estables en el tiempo. (…) Esta política temporal neoliberal genera miedo e inseguridad, y el neoliberalismo individualiza al hombre convirtiéndolo en un aislado empresario de sí mismo. La individualización que acompaña a la pérdida de solidaridad y a la competencia total provoca miedo”.

El problema de estos miedos provocados es que, atravesados por ellos, se hace difícil enfrentarlos. Primero, por la dificultad para comprenderlos sin distorsiones; segundo, por lo difícil que resulta asumir cuánto de nosotros se pone en juego en ellos; y tercero, porque muchas veces ocurre que lo que consideramos un miedo propio es, en realidad, un miedo ajeno.

La tragedia de Radio Quito

Es conocida la historia de Orson Welles sembrando el pánico en la Nueva York de 1938, con su radioteatro “La guerra de los mundos”, adaptación de la novela de extraterrestres de H. G. Wells. La que se conoce menos es la versión ecuatoriana conocida como La tragedia de Radio Quito.

La noche del 12 de febrero de 1949, Radio Quito, que era una de las emisoras más prestigiosas del país, puso al aire una adaptación similar a la de Welles. El director artístico, Leonardo Páez, quiso que el radioteatro fuese lo más real posible, por lo que se ocupó de que muy pocas personas estuviesen al tanto de lo que iban a hacer. Ese sábado un locutor interrumpió la transmisión de un número musical en vivo para informar sobre el avistamiento de un objeto no identificado sobre las Galápagos y, más tarde, para anunciar que un plato volador había descendido fuera de la ciudad. Los actores hablaban a través de un vaso para distorsionar la voz y se oían órdenes militares de fondo y mensajes de otras radios que avisaban del peligro de una nube de gas tóxico acercándose desde el Sur. Los oyentes entraron en pánico. Tanto que, pasada media hora, desde la propia radio debieron develar el engaño y aclarar que se trataba de una ficción. La reacción fue inmediata: al tiempo que se corría la voz, grupos de oyentes indignados se acercaron al edificio de El Comercio (donde funcionaba la radio y un periódico, en el centro de la capital) y comenzaron a tirar piedras y ladrillos. Más tarde sumaron fuego, y los aceites de la imprenta, junto al papel, hicieron que el incendio se propagara rápido. La policía, también molesta, retiró el apoyo a los artistas, periodistas y demás personal del edificio, quienes intentaron ponerse a salvo saltando al techo de un edificio lindero. Cinco personas murieron entre las llamas. Los daños se calcularon en 8 millones de sucres, muy por encima de los 2,5 millones del seguro. El hecho fue narrado por los diarios después de la tragedia. Radio Quito estuvo fuera del aire durante dos años.

Votar bajo riesgo

El miedo estuvo en el centro de las elecciones argentinas, mucho más que cualquier propuesta de futuro. Durante su campaña, el oficialismo buscó convencer a sus votantes apelando al miedo a que vuelva el “populismo” (Revista Noticias: “Es la pregunta más repetida. Muchos tienen una respuesta interesada. Otros tienen miedo. En Noticias de esta semana: ¿Qué pasa si gana Cristina?”), a que no lleguen inversiones (Marcelo Bonelli en Clarín: “Dicen que no habrá inversiones mientras Cristina tenga chances”), a que se dispare el dolar (Infobae: “Mauricio Macri vinculó un eventual triunfo de Cristina Kirchner con la suba del dólar”). Hubo una constante apelación a los miedos. Quizás por eso es tan central el papel de los medios de comunicación en las campañas —actores centrales en todas las operatorias políticas—, quienes tienen un lugar de privilegio para estimular esta particular emoción.

Hace muchos años Carlos Marx escribió que es el ser social quien determina la conciencia, la subjetividad, y no al revés. O dicho más sencillamente: que nuestra manera de sentir y de pensar está condicionada por la forma en que organizamos nuestra vida en sociedad (¿qué tipo de subjetividad es esperable en quienes vivimos bajo las lógicas del capitalismo?). La tesis fue revolucionaria por las consecuencias que presuponía: no era, por ejemplo, que las personas eran egoístas por naturaleza; eran las condiciones materiales en que vivían las que determinaban esa subjetividad, ese sentido común.

Más cerca nuestro, el sociólogo Ulrick Beck repensó esta idea. Su intención fue adaptarla a sus lecturas respecto de las sociedades posmodernas y neoliberales a las que denominó “sociedades de riesgo” (porque en estas por primera vez la especie humana se está enfrentando a la posibilidad real de su propia destrucción). Beck escribió, entonces: “En situaciones de clase el ser determina la conciencia, mientras que en situaciones de riesgo es al revés, la conciencia determina el ser“.

Aplicado a nuestra coyuntura política, podríamos encontrar ahí una pista de por qué las actuales condiciones económicas no determinaron un rechazo electoral más contundente al gobierno de Cambiemos. Si aceptamos que el ser social determina la conciencia, podríamos —con perdón del reduccionismo— apoyar aquella idea que asegura que el bolsillo determina el voto. ¿Pero entonces por qué no perdió Cambiemos? ¿Por qué la gente no votó con el bolsillo, sino incluso contra él? Quizás porque no se trató de un voto racional, sino de un voto emocional. En las sociedades del miedo, se está votando bajo riesgo. No es la economía la que determina la decisión de los electores, sino otra cosa.

Antes de la postverdad

La era de la postverdad es la era del mentime que me gusta. Se trata de una falsedad aceptada como cierta porque contacta con el sistema de creencias de quien la recibe, con los prejuicios de su sentido común.

Si las operaciones mediáticas tienen buena recepción y alcance masivo no es sólo porque la mentira está bien construida (por cierto, ya ni la molestia se toman), sino por la eficacia de algo que ocurrió mucho antes: la construcción de un particular sentido común propenso a recibir esas postverdades. En la Tragedia de Radio Quito de 1949, los días previos a la emisión existía un clima propenso a esa historia porque los medios venían hablando de avistamientos de platos voladores en las montañas cerca a la ciudad de Pasto, en Colombia. Pero además, y sobre todo, porque estaba fresco aún el miedo a la invasión extranjera (la guerra con Perú había sido ocho años antes), la presencia de la II Guerra Mundial y el lanzamiento de la bomba atómica de 1945. La ficción de los marcianos invasores llenó el imaginario social con la representación de un posible y temido apocalipsis.

Volviendo a nuestra realidad política, resulta imprescindible dejar de considerar el consenso de Cambiemos como un producto exclusivo del blindaje mediático que ciertamente posee el oficialismo o como la victoria de los consejos de Durán Barba. Porque para que las postverdades emitidas desde esos lugares sean aceptadas masivamente, tiene que preexistir un sentido común que las haga permeables. Antes de Durán Barba, ese sentido común se fue modelando. Lo que el asesor estrella y el macrismo hicieron, en todo caso, fue interpretarlo. Pero la pelea de fondo trasciende en mucho a las elecciones: se trata de la eficaz batalla que viene dando el neoliberalismo en el orden del sentido común.

¿No tenim por?

Los atentados en Londres y Barcelona reivindicados por ISIS (Estado Islámico) actualizan un tipo particular de miedo de nuestra época, el miedo al terrorismo. La denominación que se ha elegido para estos actores sociales, políticos y militares contiene lo que generan: terror.

Joanna Bourke, autora de Fear: a Cultural History (El miedo: una historia cultural) señala que este sentimiento cambia según los contextos históricos. En su investigación, concluye que los principales transmisores del miedo en la actualidad son los medios masivos de comunicación. Tras estudiar los archivos históricos, destaca el caso de “La guerra de los mundos” de Welles como un acontecimiento fundante. Según la autora, a partir de él se dio una profesionalización: “Grupos dentro de la sociedad se sirvieron en muchos sentidos del pánico para reafirmar su propio estatus (superior). Los sociólogos se vieron involucrados, preparando elaboradas teorías sobre la psicología de multitudes”. La profesionalización de los provocadores de miedo es una característica de nuestra época.

La autora concluye, claro, que el temor es un arma de dominación política y de control social. Pero propone distinguir entre dos tipos: el externo y el interno. “En el estado de miedo el miedo es algo externo, es identificable, y en el de inquietud, el miedo está adentro, no se concreta, fluye. Eso tiene un aspecto político, porque en el miedo externo podés combatir la causa, o huir, pero en la inquietud no podés identificar al enemigo. Ese miedo, entonces, es fácilmente manipulable con chivos expiatorios: los musulmanes, los inmigrantes. El chivo expiatorio permite convertir la inquietud en miedo externo”.

No obstante, más allá de reconocer la evidente manipulación política del terrorismo que realizan las potencias del mundo para justificar sus guerras y preservar sus intereses, es un hecho indiscutible que los atentados en Europa ocurrieron. El terrorismo no es entonces una mera invención, sino una trágica y lamentable realidad. Y una que genera pánico. No casualmente, el pueblo catalán decidió responder al atentado en Barcelona con el grito colectivo “No tenim por” (No tenemos miedo). Pero, como se puede ver en este caso, el miedo no termina en los catalanes, ni en el turismo cosmopolita que los visita. “Esta ciudad también es mi casa. La masacre de ayer nos afecta a todos y, aunque ahora todo está más tranquilo, seguimos teniendo miedo”, dijo, por ejemplo, Feroz Ahmed, un musulmán que asistió días después del hecho a su mezquita, una de las más grandes de Barcelona ubicada en el barrio El Raval, a metros del lugar del atentado. El testimonio es del diario El Mundo, en una nota con un título sugestivo: “Miedo a la estigmatización en la mezquita de Tariq Bin Ziyad”. El portal también informa sobre los “brotes de islamofobia” posteriores al atentado. El punto entonces es cuál es la genealogía del terrorismo, cuál la de la xenofobia, y a qué es funcional el miedo social que provocan ambas.

Otra vez Byung Chull Han advierte sobre esto en su ensayo La expulsión de lo distinto. “El neoliberalismo engendra una injusticia masiva de orden global (…) El miedo por el futuro propio trueca en xenofobia. Pero el miedo no solo se manifiesta como xenofobia, sino también como odio a sí mismo. La sociedad del miedo y la sociedad del odio se promueven mutuamente”. Y agrega: “Las inseguridades sociales unidas a la desesperación y a un futuro sin perspectivas, constituyen el caldo de cultivo para las fuerzas terroristas. El sistema neoliberal cultiva directamente estos elementos destructivos, que solo a primera vista parecen opuestos a él. En realidad, el terrorista islámico y el nacionalista étnico no son enemigos, están hermanados, pues comparten una genealogía común”.

Miedo y hegemonía

Tendemos a hacernos cargos de miedos de otros. Eso también es hegemonía. La definición clásica dice que, además de la capacidad de dominar por la fuerza, la hegemonía es la capacidad de dirigir por consenso. Lo que ocurrió en Argentina en 2001, por ejemplo, fue una crisis orgánica o de hegemonía porque los grupos de poder del país seguían dominando, pero ya no tenían capacidad de dirigir: todas sus instituciones habían perdido el consenso de la sociedad.

Cuando el poder logra imponer al conjunto social los intereses de su grupo particular se dice entonces que consolidó su hegemonía. Eso está logrando Cambiemos, tal como advierte José Natanson en una columna publicada en Página/12: “(Cambiemos) no es una anomalía, un accidente o un golpe de suerte; es una fuerza potente que se encuentra en el trance de construir una nueva hegemonía”.

La hegemonía de un grupo, entonces, logra que la sociedad adopte intereses ajenos como propios. Y eso mismo ocurre con los miedos. Pensemos por ejemplo en el miedo a que Argentina se convierta en Venezuela, tan difundido por la prensa durante el gobierno kirchnerista y por los candidatos de la derecha en las campañas electorales. Se trata de un miedo de los sectores económicos concentrados, cuyos intereses correrían peligro en un proceso de transición al socialismo como el que intenta —con evidentes dificultades— buena parte del pueblo y el gobierno de Venezuela. Sin embargo, gran parte de la sociedad argentina —incluso de sectores populares y medios— asumieron ese miedo como propio, y con él toda la estigmatización y tergiversación de la realidad venezolana (hay que reconocer que hoy las operaciones para provocar miedo son un poco más elaboradas que antes. Durante la guerra fría eran menos sutiles: se decía, con gran aceptación, que los comunistas se comían a los chicos crudos).

Otro ejemplo es la invención mediática del supuesto terrorismo mapuche, con el que intentaron burdamente tapar la desaparición forzada de Santiago Maldonado por parte de la Gendarmería. Es que para construir al enemigo interno, deben modelar un temor social hacia él. Pero no se necesita mucha inteligencia para entender que los únicos intereses que toca la lucha mapuche son los del Grupo Benetton. A juzgar por la saña represiva con que la multinacional los ataca —con la inestimable ayuda y complicidad del Estado— es fácil concluir a quién sirve la instalación social del miedo a los mapuches.

Vivir juntos o morir solos

Lost fue la primera serie de la era de las redes sociales. Una fascinante historia en la que un grupo de sobrevivientes de un accidente aéreo se encuentra perdido en una aterradora isla. “¡No me digas lo que no puedo hacer!”, grita en ella John Locke desde su silla de ruedas y dos años después de que dejara de emitirse la serie, la frase apareció en un cartel en la Puerta del Sol, durante la manifestación del primer aniversario del 15M español. La rebelión de una juventud indignada expresaba su posición no utilizando libros del filósofo John Locke, sino el de un personaje de ficción homónimo. Al parecer, buena parte de la épica de nuestra generación está construida de capítulos de series que en algunos casos describen mejor lo que nos pasa que los discursos políticos, los escritos de intelectuales y los análisis periodísticos.

“Si no podemos vivir juntos, vamos a morir solos” fue otra célebre frase de la serie, en este caso de su protagonista, Jack Shepard, al sexto día del accidente, después de una pelea en la que se había desatado un neoliberal todos contra todos: “¿Y qué pasa si no vienen a buscarnos? Tenemos que dejar de esperar. Tenemos que resolver las cosas nosotros mismos. Y lo de ‘cada uno por su cuenta’ no va a funcionar. Si no podemos vivir juntos, vamos a morir solos”.

La individualización que propone nuestra época —con el sujeto emblemático del emprendedor, tan ensalsado por la filosofía Cambiemos— nos empuja cada día más hacia un individualismo peligroso, caldo de cultivo de nuestros peores miedos. Solos tememos más. La soledad y el miedo resquebrajan el tejido social, rompen lazos de solidaridad comunitarios y legitiman las injusticias e inequidades del sistema en que vivimos. En su estudio ¿Por qué preferimos la desigualdad?, François Dubet señala que “la intensificación de las desigualdades procede de una crisis de las solidaridades, entendida como el apego a los lazos sociales que nos llevan a desear la igualdad de todos, incluida, muy en particular, la de aquellos a quienes no conocemos”. El problema, dice, es que “los lazos sociales que nos llevan a desear la igualdad están, al parecer, irremediablemente debilitados”.

Pero esto no es casual. Es estimulado, primero, por las forma en que organiza nuestras vidas el sistema económico-social en que vivimos, y segundo, por el bombardeo cultural de actores mediáticos y políticos que fomentan esta ideología día tras día. Tal como lo observa Natanson, el timbreo macrista es una pequeña y gran muestra: Cambiemos vino a reemplazar la tradición de movilización colectiva en actos políticos que prevaleció en el siglo XX, a favor del político que visita individualmente a los vecinos. El mensaje es claro: no te organices y movilices como sujeto social, esperá en tu casa como ciudadano individualizado.

Volviendo a las series, la situación desesperante de los perdidos en Lost —como también la de los protagonistas de la serie The Walking Dead o incluso Sense8— dispara “la pregunta sobre cómo vivir juntos, la pregunta sobre el nosotros, la pregunta sobre lo político”, como plantea Rubén Martínez en La vida en series. “En Lost, los protagonistas tan solo pretendían compartir el tiempo que dura un viaje en avión. Tras un accidente, han de sobrevivir juntos en una isla por tiempo ilimitado. En minutos, un grupo azaroso de compañeros de viaje se convierten en comunidad”.

La pregunta es si tenemos que esperar el acontecimiento —el accidente aéreo, el apocalipsis zombie, el renacimiento sense— para reconocernos como comunidad. Martínez responde: “La vida como problema común es la verdadera cuestión política. No en vano, esas han sido las preguntas fundamentales en nuestra tradición política occidental. Pero vivir juntos no es algo que se decida, vivir en común no pasa por un contrato que nos deba llevar a una negociación entre vidas separadas. En realidad, siempre estamos en un mundo común, la vida siempre es un problema común”.

La niña y el miedo

Para cerrar quizás venga al caso la historia de la niña y el Curro Jiménez. La pequeña había recibido de regalo un enorme muñeco de un personaje llamado “Curro Jiménez”, protagonista de una famosa serie de finales de los años 70. Se trataba de un bandolero español que enfrentaba los poderosos y robaba a los ricos para repartir entre los pobres. Por el aspecto del muñeco, un día su madre decidió —sin pensarlo demasiado— recurrir a él para lograr disciplina en la niña. “Si no te lavás los dientes, va a venir el Curro Jiménez y se va a enojar”. Con el tiempo, y frente a la eficacia de la sutil amenaza, se instaló el método, por lo que la niña escuchaba de su madre una y otra vez la amenaza de que si no hacía bien las cosas, se las iba a tener que ver con el Curro Jiménez. La niña, así, cada vez fue más obediente. Pero un día, uno de sus hermanos mayores le preguntó por qué le tenía tanto miedo al muñeco. La niña reunió a sus dos hermanos, su pequeña comunidad, y susurró el secreto que hacía un tiempo había descubierto: “Yo no le tengo miedo: mamá le tiene”.

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