El día que mataron a Mirtha Legrand

Hubo una vez en que Fernando Peña y Mirtha Legrand compartieron un almuerzo memorable. Este artículo es una invitación a revisitar ese hito televisivo en donde Peña metió una pistola en su boca, le apuntó a la diva con su arma, le dio dos abrazos y un beso, le alcanzó un poco de salame y brindó con ella con Fresita.

Una vez al año. No más. No menos. Una vez al año hay que ver el almuerzo de Mirtha Legrand al cual fue invitado Fernando Peña. Y hay que verlo sin interrupciones, con todos lo grupos de whatsapp silenciados, con twitter cerrado y sin ninguna pestaña más abierta que no sea la de ese YouTube milagroso que nos permite rememorar semejante momento televisivo. Si la página de videos de Google tuviese un solo archivo y fuese esa emisión del programa de la viuda de Tinayre, ya estaría justificada su existencia. ¿Qué hay en ese material? Una joya. Todo ese programa fue una perla. Pero ¿por qué? Porque allí está el mejor Peña y la mejor Mirtha. Esa plenitud se da gracias a que Fernando Peña es el más genuino Fernando Peña posible. Y a que ‘la chiqui’ no soborna ni un solo rasgo de esa personalidad que tanto nos incomoda y molesta. Se caga en eso que Peña pretende sacarle y en aquello que a nosotros nos produce vergüenza ajena, y entonces es ella y punto. ¿Estamos en condiciones de decir quién era el Peña genuino? No ahora y no lo estaremos jamás. Ese es el enigma no desentrañado alrededor del cual circunda una conversación a veces más y otra veces menos fluida con la monarca de los almuerzos. Y es grandioso y llamativo que una de las peores entrevistadoras de la televisión sepa habitar la incertidumbre encantadora del personaje que come con ella, y que disfrute visiblemente de esa tensión con morbo y con ternura.

Pero si hay algo que sabemos del que fuera conductor de El parquímetro es que era una señora con piso imaginario en Libertador, paqueta y exigente, trasvestida en un hombre con pelada tatuada, brazos fibrosos y una vida demencial. Ningún habitante de toda la Patria mediática podrá hablar con Mirtha Legrand como lo hacía Fernando Peña. Ninguno tiene la altura y cintura para abordar las escenas de la vida concheta y al instante enumerar los excesos de épocas de Parakultural. Y todo eso construido con la entretela de una voz profunda, alguna columna de cinismo y un permanente piso de melancolía.

De Mirtha también conocemos algo. Que tiene genio, primero que todo. Que lo disimula bastante, también. Pero en el mentado envío, Martínez Suárez despliega sin querer queriendo su más valioso arsenal. Es ella el arquetipo de vieja recoletera. Una especie de última pieza de la Belle Époque o un fotograma de alguna película de la Edad del cine de oro argentino. Pero es también —y es algo que nos está costando ver y ni que hablar admitir— un ícono de la cultura pop vernácula. Una diosa pagana que por raiting y misericordia integra a Bruno Guelber y a Vicky Xipolitakis en una misma comida. Eso pasa en un estudio berretón que recrea un universo palaciego y neoclasicista. Almorzando con Mirtha Legrand es un cuadro de Berni: un lienzo inmaculado intervenido con la materia menos noble que se pueda hallar. Lo que queda es informalismo. Esa obra se asienta en un dato biográfico: Mirtha será para siempre y ante todo una mujer llegada del interior (diga usted, lector, ‘Villa Cañás’ y pegue dos saltitos en su silla. Ahora).

Parece que Legrand era una lectora afinada con estómago curtido para valorar voces estéticas disruptivas. Pondera la pollera escocesa que porta Peña y que minutos más tarde será el acolchado de su perrito, las plumas que lleva prendidas en la remera, los dos aros disímiles, los borcegos negros y brillosos, los anillos grandotes y varios en la manos de varón. No se inmuta cuando la apunta con un revólver ni dice ‘¡ay que horror!’ cuando Peña explica que consume cocaína por elección. Mirtha Legrand sin pensarlo, posarlo y sin alarde hace lo que la literatura y el teatro —previa teorización— intentarían lograr sin evitar la torpeza: un cruce de lo glam y elitista, gauchócrata y conserva, hibridizado con materia del bizarro, lo camp, lo farandulesco sin un solo momento de reniegue de los códigos del show y el entretenimiento. ¿Eso se da sólo en el caso Mirtha-Peña? No. Tal vez lo descrito en este párrafo sea una aproximación a entender el fenómeno de casi medio siglo que hizo sentar a travestis, putos y rockeros en la misma silla en la que ubicaron a Videla.

Legrand, pese a no coimear las interrupciones que hace cada vez que su interlocutor da inicio a una frase y hacer preguntas invasivas pero para nada originales —hace uso del ping-pong—, es funcional a la convivencia de dos egos altísimos, de dos acumuladoras de datos, de dos memorias privilegiadas, de dos conocedores del medio. Insisto: de dos señoras. Y Peña, entrenado, de golpe imita a su abuela andaluza con un español pronunciado mejor que por un madrileño o contesta seco a la pregunta ‘¿era autoritaria tu madre?’, un ‘como vos’. O le reconoce a la conductora ‘vos te vestiste como de varón y yo como de mujer’. O asegura ‘mi madre quería que yo no fuera’. Y desliza la respuesta más conmovedora:

—¿Has llorado por amor?

—Todos los días.

¿Cuál es el eje de ese programa donde Peña mete una pistola en su boca, le da dos abrazos y un beso en la mejilla a la diva, donde le alcanza un poco de salame y brindan con Fresita? Es el amor-odio de un vínculo ideal. Del huérfano mediático amparándose en la matriarcalidad mediológica de Mirtha, del consumidor irónico que a la vez presta reverencia. De la apiadada mujer que se encariñó con el portador de HIV, drogadicto y homosexual. De dos amigos que nunca lo fueron, de dos amantes que nunca lo fueron. Del hijo que no fue. De la madre que no fue. Del nieto que no fue. La abuela que no fue. Ese almuerzo es un cuento que todavía no se ha escrito.

El escritor argentino Pablo Ramos explica que un buen cuento logra generar esa instancia de incomodidad en donde todo el tiempo está a punto de ocurrir algo que nunca pasa. Cuando uno ve el capítulo del cual hablamos en este texto, asiste a la función del hombre caminando en la soga. Y llegado el final uno se dio cuenta que estuvo vigilante o miedoso durante una hora y veinte a que Peña tome cocaína en vivo. A que Peña haga mear al perro en la mesa. A que Peña mee en la mesa. A que aspire cocaína mirando a cámara y después le ofrezca un saque a Mirtha. A que se desnude. A que se dispare y le erre al tiro. A que acierte el tiro. A que le pegue un cuetazo a Mirtha Legrand y la mate. Pero seguro que todas esas imágenes ni por asomo estuvieron alguna vez en la cabeza de Peña, ni en en las hipótesis de Legrand. Lo que hay es ese video que una vez al año —no más, no menos— hay que ver.

*Artículo también publicado en Revista Paco.

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