¿Una moneda, rubio?.

SOLILOQUIOS DE UN TIPO QUE SE PONE Y SACA EL TRAJE DE PERIODISTA TODAS LAS MAÑANAS, PERO QUE, EN EL FONDO, GUSTARÍA CONTESTAR A LA PREGUNTA: “¿PROFESIÓN?”, CON UN SECO: “COMEDIANTE”.

Hace muchos años (estoy hablando del siglo pasado) en donde ahora está la Plaza del Milenio en Mar del Plata, había una serie de edificaciones y locales comerciales, agrupadas en lo que comúnmente se llamaba “la Manzana 115”.

Como habitualmente esos negocios quedaban de pasada hacia el Casino, casi la totalidad de ellos se dedicaban a satisfacer las necesidades de los que entraban a empeñar alguna cosa, con la idea de llevarse efectivo y volver a la ruleta.

En esa vereda siempre había una señora que pedía limosna. La recuerdo sentada en un banquito y repitiendo una especie de mantra.

—A ver, rubio, una moneda por favor…

A mí me causaba gracia que esa mujer le dijera rubio a todo el mundo. Tal vez esa estrategia haya surgido de analizar cuál era la manera más efectiva de pedir plata. Tal vez después de mucho análisis, esa señora haya llegado a la conclusión que decirle así a los transeúntes era una manera de levantarles la autoestima. Y de esa manera recaudar más.

Lo cierto es que durante mediados de los 80 era una especie de personaje ilustre de la ciudad. Y como tal, empezó a ser objeto del imaginario colectivo. Con el correr del tiempo, empezó a circular una especie de leyenda urbana que sostenía que esa mujer, en realidad, era millonaria.

 Y que vivía con sus hijos “en un chalet del barrio Los Troncos”.

Aclaro que, por ese entonces, vivir en Los Troncos coincidía con el ideal que la clase media tenía de lo que era ser millonario en Mar del Plata. Ahora sería algo así como tener un piso en una de las torres de Pelli. O comprar un kilo de Cremón.

La verdad es que esa afirmación no tenía ningún asidero. Pero prendió en la gente. Para gran parte de los marplatenses, esa mujer vivía con sus hijos en una casona de tres pisos gracias a lo que había recaudado pidiendo limosna. Pavada de emprendimiento.

A lo mejor era una excusa para no darle plata. Pero algunos (bastantes) se referían a ella con envidia. Yo no podía creer semejante historia. Si alguien es millonario, ¿para qué se va a pasar todo el día al rayo del sol pidiendo una moneda? ¿Para no despertar sospechas?

—Uno de los hijos la deja temprano en la vereda. Se fijan que no haya nadie y se baja de un Mercedes. ¿Vos podés creer? Y yo acá, trabajando como un idiota…

Los comentarios siempre iban en ese sentido. Mucha gente creía esa historia. Nunca supe de nadie que haya tratado de verificar dónde vivía realmente esa mujer. Era una mentira colectiva con la que convivíamos sin ningún problema.

El tiempo pasó y llegó el Siglo XXI. La Manzana 115 fue demolida. Nunca supe qué había pasado después con esa pobre mujer. Calculo que debe estar muerta, en el Cielo de los Mitos Marplatenses Inventados para Joder, junto con el hotel que el intendente Elio Aprile compró en Italia.

Es increíble pero últimamente me estoy acordando de esa señora. Y bastante seguido. No de ella particularmente, sino en la sarta de mentiras que se tejieron a su paso. Y de cómo se creían ciegamente.

Evidentemente, el paso del tiempo no ha mejorado las cosas. Lo que antes fue “pidiendo limosna se compró una mansión”, ahora es el “se embarazan para cobrar un plan”.

Y que ese pensamiento infantiloide clasista ha recrudecido, alimentado principalmente por las redes sociales, ese gran patio de secundaria que despierta nuestros peores instintos.

¿Cómo detectar a la gente de mierda? Muy fácil: antes de arrancar un concepto dicen “yo no soy de derecha, pero…”.

No falla nunca. Es como si te mostraran el DNI.

Es igual a quienes —en medio de una discusión— arrancan con “no es por justificar al nazismo, pero…”.

Nada bueno puede venir después de esa advertencia.

Y así nos encontramos con seres de Luz que sostienen que los linyeras que “afean” y duermen en las calles de Capital son actores pagos, al igual que los que se movilizaron masivamente a San Cayetano. “Lo hacen para generar una sensación de malestar que no es tal”, escupen en cualquier charla. Y ni siquiera se toman el trabajo de pensar si lo que afirman tiene algo de lógica.

Desclasados que —en una discusión cualquiera— son capaces de defender a Luciano Benneton con la excusa de que “es un tipo que da trabajo, no como los mapuches que ni siquiera son argentinos”. Personas con un alto nivel de Leuco en sangre que se preocupan más por el caballo del cartonero que por el tipo que tiene que salir a buscar basura para vivir. Pelagatos que tienen la SUBE con saldo negativo, le roban wifi al vecino y buscan desesperadamente alguien que les comparta la contraseña de Netflix, pero que no soportan que las clases más postergadas accedan a una vida mejor.

La verdad es que La Grieta está más fuerte que nunca.

Y yo no sé si eso es malo.

Es más: si me apuran, prefiero que nos quedemos así. Identificados y conscientes de qué lado ocupa cada uno.

Y que el próximo o la próxima que nos gobierne, lo haga sabiendo que tendrá que lidiar con dos bandos irreconciliables.

Por un lado, los fundamentalistas del individualismo. Pobrecitos.

Y por otro, los que todavía se ponen contentos cuando al de al lado le va bien y que no dudan en meter la mano en el bolsillo para dejarle una moneda a esa señora que nos ve rubios.

Por ahí, quien te dice, puede llegar a comprarse una casa en Los Troncos.

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