La mula sagrada

Fue un lugar mítico que escribió con caligrafía rabiosa un capítulo destacado en la historia cultural de Mar del Plata. Músicos consolidados y artistas emergentes hicieron vibrar ese bar y con él a toda una generación. Crónica sobre La Mula Plateada.

Fotos: Federica Gonzalez (archivo de Gustavo Nicoli)

Las cosas andaban complicadas para los Nicoli. Adolfo padre tenía dos rotiserías, pero las ventas no alcanzaban ni para salvar los gastos. Sus hijos, Adolfo y Gustavo, ayudaban en la cocina y se encargaban del mantenimiento. Cuando las cuentas no daban, hacían una escapada a Buenos Aires para comprar diez kilos de faso prensado. Lo cortaban en paquetes de veinticinco gramos y lo vendían entre amigos y conocidos. La plata que conseguían se iba deslizando de a poco en la caja de las rotiserías para que Adolfo padre creyera que las cosas estaban mejorando. Así la piloteaban, pero sabían que tarde o temprano iban a tener que cambiar de rubro. Entonces pensaron en un bar. Les gustaba uno que quedaba en Alem casi Peña. Se llamaba La Mula Plateada. Era un lugar para tomarse unas cervezas, escuchar canciones de rock. Adolfo y Gustavo sintieron que era ideal y fueron a hablar con la dueña. Casualidades: el contrato de alquiler estaba a poco de vencer y el inquilino no iba a renovar. Firmaron.

Con los papeles en mano, organizaron los detalles de un último viaje a Buenos Aires. Esta vez la plata iba a pagar los arreglos del bar, la carpintería, las sillas, las luces y la seña de los proveedores. Adolfo volvió con las manos vacías. Gustavo se tuvo que quedar en Devoto. Un año. Fue en 1993. La Mula Plateada, mientras, iba tomando su nueva forma. Gustavo mandaba por correo los planos de lo que había que hacer y dónde ubicar las mesas. Adolfo avanzaba con las obras de día. De noche atendía la barra. Empezaron a ganar plata. Cuando Adolfo padre vio lo que rendía el negocio del rock y la noche, cerró las rotiserías y se fue a trabajar con sus hijos. La madre, María, también. El bar ganó fama en poco tiempo. Gustavo se salvó varias veces de que lo cagaran a palos en la cárcel porque los reclusos sabían que él era uno de los dueños de La Mula. Varios habían tomado algo ahí y le tenían respeto.

El bar funcionaba todo el año, casi todos los días de la semana. La calle Alem, en los inviernos de los noventa, estaba apagada y desierta. La Mula estaba siempre encendida, con música y gente. Era de esperar, un día llegó la policía. El comisario de la novena y el jefe de calle querían saber de qué iba ese asunto. Adolfo padre y sus hijos los recibieron, sabían que tenían que arreglar algo y arreglaron, claro. Fue un arreglo espiritual: pizza, cerveza y chupitos para los oficiales. Así lo dejó estipulado Adolfo padre. Así se mantuvo durante dieciocho años. Nunca hubo un mango para nadie. “Estábamos los cinco en el balcón de La Mula tomando mate. Lo dejó aceitado perfecto. Y después nosotros nos pusimos cancheros. Mi viejo era un tipo que entendía muchas cosas”, recuerda Gustavo. Adolfo padre, durante la dictadura, administraba un cabaret en Ituzaingó y otro en Ramos Mejía. Conocía la noche y sabía de códigos.

El espíritu de La Mula siempre fue el respeto. El bar estaba anclado en la zona más cheta de la ciudad, pero ahí tomaban cerveza los marginados, los chorros, los rockeros, los transas, los pobres. También los ricos. En los noventa era típico que alguien quedara afuera de un boliche si andaba con ojotas o pantalón corto. En La Mula la lógica era diametralmente opuesta. Gustavo recuerda a un cliente discapacitado fanático de La Renga que iba a La Mula con sus amigos a darse vuelta como una media. Más de una vez tuvo que levantarlo de la silla y sentarlo en el inodoro para que hiciera lo segundo. “Eso era La Mula. Nosotros nunca discriminamos a nadie. Y los que tenían miedo de lo que pasaba en nuestro bar eran los que todavía hoy le tienen miedo a la pobreza. Los que la criminalizan”, dice Gustavo. La misma gente saltaba a defender el lugar cuando pasaba algo. Hubo quienes pasaron una década completa ahí adentro. “Marcamos una generación porque nunca nos importó la guita. Nosotros la queríamos pasar bien”, dice.

Pasarla bien, sí. Y cada tanto se armaban unos tole tole que quemaban. Los hermanos Nicoli tuvieron que hacerle frente a situaciones extremas. Estaban los que se pasaban de tragos y caían redondos al piso. Vieron personas convulsionando, desmayados, picos de presión y lastimados. Volaban sopapos, claro. Unos cuantos. Pero era menos grave de lo que se creía. La Mula, entre los chetos, tenía fama de lugar peligroso. Para los que iban, por el contrario, era su casa, un refugio seguro. Gustavo recuerda entre risas que una noche le devolvió la vida a uno que estaba desparramado en la vereda. Se agachó y le tocó la frente para sentirle la temperatura. El muchacho abrió los ojos y se puso de pie al instante. Gustavo levantó los dos brazos al cielo y se adjudicó a carcajadas los créditos de la resurrección.

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Navidad y año nuevo eran fechas clave. Los hermanos Nicoli abrían el boliche temprano para preparar las heladeras. La gente llegaba a mares después de las doce. Tipo nueve de la noche, estaban con el auto en la calle tirando petardos abajo de todos los patrulleros que se cruzaban. Así empezaba la caravana. Un año nuevo la celebración terminó con una batahola general que hizo estallar todas las vidrieras de la cuadra, especialmente la del local de alfajores de la esquina. La muchachada, por supuesto, se llevó hasta el último chocolate. El desmadre empezó con Gustavo y Adolfo arengando a la gente con un cántico improvisado de Los redó, Los redó, Vamos los redó. Empezó adentro, siguió afuera y se extendió hasta la fiesta popular de alfajores. La policía, para enfriar los ánimos, movilizó una tanqueta hidrante y la ubicó de frente a La Mula, apuntando directo a la puerta. Cuando Adolfo y Gustavo salieron a la vereda y se encontraron con esa fotografía no lo podían creer. Lejos de asustarse, se cagaron de risa y anotaron una de las anécdotas más increíbles de la historia del bar.

Con los años, además de atender la barra, se dedicaron a producir conciertos. Montaron un escenario y contrataban un sistema de sonido para que las bandas tocaran los fines de semana. El lugar sonaba bien, tenía el techo bajo y mucho revestimiento en madera. Con poco despliegue técnico se lograban recitales dignos. Muchos fueron históricos. Ahí tocó Bersuit Vergarabat, No te va gustar, Divididos —en un show sorpresa con Científicos del Palo—, Los Cafres, Riddim, Nonpalidece, Las pastillas del abuelo, Palo Pandolfo, Fidel Nadal, Pez, Los Natas, Dread Mar I, Dancing Mood y muchas bandas más que en aquel momento eran emergentes y hoy colapsan boleterías a lo largo del país.

Para las bandas de Mar del Plata La Mula también era un refugio cálido. A diferencia del canibalismo que promocionan los dueños de otros bares, se las trataba como si fuesen estrellas mundiales. Eran las protagonistas del concierto arriba y abajo del escenario. Ahí tocaron La Arriaga, Ceremonia, Científicos del Palo, Rondamón, Tantra, La Willington Tinto, La Rústica, La Juanita, Séquito Arrogante y decenas más. A las que más gente movían, los Nicoli les producían fechas en Tandil y Necochea. Con mil desprolijidades, pero con mucha pasión. Desprolijidades: los días de gira, desde La Mula salía una traffic cargada con la comida, los cocineros y los cajones de cerveza para la banda y para venderle al público. Gustavo, por ejemplo, ha viajado de Mar del Plata a Necochea, en plena ruta a cien kilómetros por hora, acostado boca arriba sobre la pila de cajones, en un hueco de cincuenta centímetros entre las cervezas y el techo de la camioneta. Él mismo reconoce que era tal la alegría por lo que estaban haciendo que no les importaba nada.

Las bandas se enamoraban de La Mula. La primera vez que tocó Riddim, por ejemplo, los músicos llegaban de un viaje de quinientos kilómetros en camioneta, incómodos, aplastados por los instrumentos. Eran las tres de la tarde. Gustavo y Adolfo los esperaron en el patio del bar con un asado a punto en la parrilla, cerveza, gaseosa y fernet. Los músicos quedaron descolocados por la amabilidad. Y de esas hay miles.

Aunque a veces las cosas no salían del todo bien. A fines de 2008, los Massacre presentaron El Mamut en River, como soporte de Los Fabulosos Cadillacs. Cuatro meses después, en el pico máximo de efervescencia, aterrizaron en La Mula Plateada. Esa noche había tanto público que el concierto se frenó tres veces para abrir la puerta del patio y renovar el oxígeno. Cada canción era un pogo mutante de cuerpos y transpiración condensada. En el mosh la gente quedaba literalmente con las dos manos y los dos pies pegados al techo, en postura de hombre araña. Fue un concierto épico. Lástima que a la banda le desvalijaron la camioneta, estacionada a la vuelta del bar, donde tenía guardado el merchandising. Le sacaron hasta el último pin.

En La Mula también se organizaron conciertos de jazz y noches de teatro experimental. Gustavo ha agujereado el techo del bar para que los artistas se tiraran desde la altura arriba de las mesas, entre la gente, un sábado en hora pico. Se han colgado sandías y barras de hielo que los personajes de la obra rompían a palazo limpio. La muchachada preguntaba qué carajo era eso y los hermanos Nicoli respondían desde su tierna brutalidad: “Esto es arte pelotudo, mirá y aprendé algo”.

Incluso hubo lugar para el stand up. Uno de los espectáculos que pisó esas tablas fue Afeitándose en Alemania, protagonizado por Gustavo Sala y Pablo Vasco. Durante largos meses sacudieron con monólogos dementes y crítica social. Muchos estandaperos querían presentarse en La Mula. Gustavo y Adolfo primero pedían una función exclusiva para ellos, así podían dar un veredicto. A más de uno le aconsejaron que cambiara los textos, que agregara más chistes contra la iglesia, humor de putos, prostitución y drogas. “Con eso se ríe nuestro público”, solían explicar. Y ahí nomás marchaban un lomo con papas de regalo para el artista.

El Ministerio de Cultura de Nación les otorgó un premio como gestores culturales de Mar del Plata, que, por supuesto, nunca fueron buscar. La placa está guardada en la casa de Gustavo, se la enviaron por correo desde Capital a La Mula. Incluso el productor Pablo Baldini, se reunió con ellos para ofrecerles organizar conciertos juntos. Pero desestimaron la propuesta.

Un día clave fue el primero de 2005, horas después de la tragedia de Cromagnón. La Municipalidad había mutilado todas las habilitaciones y acogotaron a los empresarios de la noche con diez millones de exigencias. Adolfo y Gustavo pidieron su permiso, les dijeron que no y los obligaron a instalar un vallado de contención en la puerta. Diez minutos después, Gustavo pidió prestadas unas vallas que estaban tiradas hace años enfrente del bar. Con masa y cortafierro, picó la piedra Mar del Plata de la vereda para instalarlas. Un par de horas después, llamaron a los inspectores para que dieran el visto bueno. Fueron, pero hicieron observaciones sobre la instalación eléctrica y volvieron a bajar el pulgar. Ahí la cuestión se puso caliente. Adolfo y Gustavo interpretaron que la municipalidad estaba conspirando contra su trabajo. Discusión va, discusión viene, lograron un permiso provisorio. A contramano de lo que sucedía en el país, ese 1 de enero La Mula abrió sus puertas. Y rebalsó de gente.

La instalación eléctrica de La Mula merece un capítulo propio. Era común que en el medio de un concierto el lugar quedara de golpe a oscuras y en silencio. Las causas podían ser varias. O había un cortocircuito en la consola, o se quemaba el enlace de la calle o se terminaba el combustible del generador. Pagar la boleta, bien gracias. La metodología más común de abastecimiento consistía en un cable ensamblado con pedazos de cable unidos con cinta aisladora: cables gruesos, finos, medio pelados, chamuscados, lo que hubiese. Una punta se conectaba artesanalmente al medidor de La Mula, la otra al medidor de alguna casa. Habían logrado una habilidad notable para hacer la conexión por debajo de cualquier caja que daba a la calle. Ellos sabían en qué casas no había gente, entonces tomaban prestado el suministro. Tiraban el ensamble de cables por arriba de los techos, hacían su magia y la energía regresaba. O jugaban una carta más fuerte: mandaban el cable remendado, en altura, directo al palo de la luz. Esperaban a que llegara el camión repartidor de cerveza, Gustavo se subía a la caja con otro que lo agarraba de la ropa para que no se cayera. Las puntas del cable dobladas en forma de gancho y un lanzamiento preciso eran suficiente para abastecer el bar hasta que la cuadrilla de Edea eliminaba la conexión o el viento del mar la tiraba al piso.

Así y todo, la relación con los vecinos era excelente. Gustavo dice que los apreciaban porque eran personas humildes, trabajadores que amasaban, cocinaban, hacían plomería, albañilería. “Éramos raros para ellos y les caíamos bien. Veníamos del barrio humilde. Lo nuestro era un sentimiento genuino”, dice.

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Hubo tantos momentos picantes. El mismísimo Pappo fue expulsado a patadas en el culo de La Mula. Un año antes de que muriera, entró al bar con aires de llevarse el mundo puesto. Pidió un fibrón y garabateó en la pared:

Para los gangsters de La Mula.

Que viva Pappo.

Después, a los gritos, hizo algunas exigencias un tanto fuera de lugar. No hubo lugar a réplica y Pappo terminó en la calle. La firma se mantuvo en la pared hasta el último día. Adolfo y Gustavo, después del accidente en moto que lo fulminó, amuraron un plato de losa cortado, justo debajo del autógrafo. Cada 25 de febrero le prendían velas y le dejaban ofrendas.

Algo parecido sucedió con Gustavo Cordera. Entró una noche diciendo que era el cantante de Bersuit Vergarabat y que no iba a pagar las bebidas. Casi no terminó de formular la frase que estaba de vuelta en la vereda. Al parecer, el tipo la entendió. Al rato volvió hecho una seda. Esa madrugada recibió sexo oral de una abogada en una de las habitaciones de arriba.

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El patio era un lugar misterioso, a veces estaba abierto y a veces completamente prohibido. No había un criterio definido. Lo que sí: era el lugar habilitado para fumar porro. Se enrolaba tanto que en septiembre comenzaban a verse los primeros tallos de chala entre las piedras. Claro, la muchachada picaba y tiraba las semillas al suelo. Muchas sobrevivían. Al fondo, debajo de un pino que nunca creció, había un freezer abandonado. Una mañana, después de una noche inquieta, a Gustavo se le ocurrió abrirlo. Encontró una cápsula de huevo kinder grande, amarilla, cerrada con cinta. Adentro, veinte bochas de cocaína. Ese día limpiaron los baños, pintaron paredes, pulieron los pisos y adelantaron trabajos que estaban colgados desde hacía meses. Eran diez tipos trabajando con un fervor pocas veces visto.

La casa originalmente tenía cuatro habitaciones arriba. A las seis de la mañana de un 20 de diciembre se les dio por tirar abajo todas las paredes para abrir un espacio vip. Masa y músculo. Le dieron sin asco hasta que no quedó nada. Sólo mantuvieron la habitación más chica del fondo como oficina. El primer día estuvo prolija, había un escritorio, dos sillas, los libros contables y un estante con discos; pasó el primer fin de semana y daba la sensación que había estallado un cartucho de dinamita. El vip se llamó Línea B y servía como otro espacio de conciertos y muestras de arte plástico. La idea era que funcionara como un chill out. Temas acústicos, tranquilidad. Los redondos y el rock fuerte, abajo.

—¿Pidieron permiso al propietario para demoler las paredes?

—(Risas)

—¿Qué les dijo cuando devolvieron la casa?

—Le explicamos que lo hicimos con mucho amor.

—¿Se fijaron en la vigas para demoler?

—(Risas) No se murió nadie.

Gustavo, con la sonrisa inmutable, busca una carpeta con la copia del contrato de locación, la habilitación municipal, el certificado de uso de suelo, las últimas cuarenta multas que les labraron y el cuaderno de anotaciones, noche por noche, de ventas de la barra. Las hojas manchadas de fernet aseguran que el 21 de enero de 1997 la cerveza de litro costaba tres pesos. Los chupitos, uno con cincuenta. La recaudación de la noche fue de trescientos veintiún pesos con cincuenta

En pleno invierno, a mitad de semana, La Mula solía recibir visitas célebres. Diego Arnedo, por ejemplo, caía a tomar tequila y a jugar al truco en la barra. También aparecían El Piojo Ábalos, ex redondos, y Hugo Lobo de Dancing Mood. O El Bocha Sokol, genio y figura que tocó varias veces con su banda, El vuelto S.A. El Bocha era uno de los personajes más queridos por los Nicoli. Dicen que llegaba siempre acompañado por chicas jóvenes, que se quedaba a dormir ahí mismo o en algún telo y que a la mañana pedía permiso para comerse un sánguche y tomar un café. “Fue el más rockero de Las Pelotas, parte del alma de Sumo. Uno de los tipos con la humildad más grande que vi”, recuerda Gustavo.

Los sábados más intensos, cuando la noche de La Mula subía el ritmo de la respiración, uno de los rituales era cortar la luz a la mitad de Jijiji. El Indio anunciaba No mires por favor, y no prendas la luz… Con esa palabra se bajaba la térmica. Todo el bar coreaba el solo mítico y pogueaba en la oscuridad. Eran largos minutos de fiesta popular que se terminaban cuando era necesario bajar los decibeles.

* * *

Pasaron los años. Los asuntos se enrarecieron. Había demasiadas desprolijidades y los riesgos eran jodidos. “Nosotros no tenemos ni noción de lo que generamos en La Mula. Trabajamos muchísimo. Dejamos la vida ahí. La niñez de nuestros hijos. Hoy que estoy limpio lo veo, lo siento. Yo llegaba a las diez de la mañana a mi casa y a las dos de la tarde ya volvía al laburo porque había que arreglar algo, atender proveedores, organizar cuentas”, dice Gustavo. Así pasaron 18 años. En el último, Gustavo se alistó como bachero y ayudante de cocina a un restaurante porque la plata del bar se licuaba y no alcanzaba ni para el alquiler. Adolfo fue por otro camino. Hubo discusiones, broncas. A mediados de 2010 La Mula cerró la puerta.

La casa estuvo vacía durante meses, necesitaba refacciones profundas. Costó conseguirle un inquilino. En ese limbo, alguien, una noche, fue con una escalera y descolgó la cabeza de chapa de la mula que estaba atornillada a la fachada. Adolfo movió hilos hasta que la encontró. Un hombre la vendía en Mercado Libre a diez mil pesos. Con total tranquilidad, se logueó en el sistema, acordó la compra y la recuperó sin soltar una sola moneda. La cabeza se trasladó al patio de la casa de Gustavo. El clima la fue lastimando hasta que no quedó otro remedio que tirarla como chatarra.

No fue fácil para los hermanos Nicoli seguir la vida después de La Mula. Gustavo no se permitió demasiadas licencias nostálgicas. Cambió la sintonía y encontró trabajo en la construcción. Para Adolfo el proceso fue otro. Nunca pudo alejarse de los rocanroles. Durante seis años anduvo de idas y vueltas en submundos complicados, con serios problemas familiares y comprometido con su adicción. Hasta que cayó preso, en 2016. Esos ocho meses en Devoto lo dejaron cara a cara con sus 46 años, tres hijos que no podía atender y sin un mango.

—Compartimos casi veinte años de locuras. Estuvo buenísimo, nos las pegamos en la pera, nos encantó, pero a los 40 años no podés seguir así. Me encanta todo, me encanta la noche. Pero hay un límite. Había mañanas en las que yo salía a trabajar temprano y lo veía tomando un fernet con coca, jugando al pool por plata en un bar de barrio. Pero él era eso. Su felicidad era eso. Adolfo era el dueño de La Mula y nunca salió de ahí. A mi hermano se lo comió el papel. Él estaba en la cresta de la ola. Fue un cachetazo tras otro. Ni Rocky se la aguanta dice Gustavo en un suspiro.

Gustavo habla con los ojos vidriosos. En ese brillo tal vez estén las respuestas para entender el final bravo, el por qué Adolfo no resistió. En ese entonces ya había tenido un intento de suicidio: ingirió un cóctel de pastillas, pepas y cocaína, sin medir las consecuencias. Lo encontraron divagando por la calle, a los gritos, muy violento. Intervino la policía. Tuvieron que internarlo en el Regional con un cuadro respiratorio severo. Pasó semanas conectado a un tubo de oxígeno. De ahí, directo a una posada para comenzar un tratamiento.

—Tomá, léelo vos. Yo no estoy preparado emocionalmente dice Gustavo con un cuaderno de tapas turquesas entre las manos.

La mayoría de las hojas están arrancadas y escritas. Son los recuerdos de vida que Adolfo escribió durante su terapia de rehabilitación. También extiende una bolsa de afiches, entradas y decenas de imágenes que guardó de recuerdo, como tesoros, de La Mula Plateada.

Gustavo va sacando las fotos de a una, aparecen sus hijos chicos jugando en el bar y unas cuantas bandas tocando. Aclara que lo más importante es tener la cabeza sana, que su vida hoy pasa por otro lado. La Mula Plateada fue la etapa más linda de su vida, dice, pero ya no es su etapa. Con 43 años ya no quiere darle la vuelta a los mundos. “Ahora soy papá. Y quiero ser papá”. Dice y sonríe.

* * *

La primera página del cuaderno de tapas turquesas tiene un título: Vínculos internos. Adolfo narra su infancia junto a sus abuelos, sus tíos, su hermano, su madre, su padre. El texto tiene una potencia que conmueve. Está escrito en mayúsculas y de corrido. Habla de su familia como el pilar de la vida y en el mismo tenor habla de “mi amada Mula Plateada”. También recuerda sus aventuras como mochilero por Latinoamérica y una experiencia intensa con ayahuasca en Perú. Habla de la soledad qué sentía cuando lo discriminaban en su colegio el Mar del Plata Day Schoolporque era gordo. “Cuando jugábamos al fútbol yo era de madera, pero picante como mi personalidad. Siempre al límite. Mi hermano jugaba muy bien. Él es la persona de la cual más tendré que escribir”, deja caer en los párrafos sobre sus primeros años en el colegio.

El texto tiene la profundidad de las experiencias grabadas en la carne. Es increíble cómo cuenta determinados episodios con Adolfo padre y los años de secundaria que cursó en la Media 2. Dice que acumulaba once materias desaprobadas y unas cuantas peleas a piñas. El director de ese entonces, Carlos Arroyo, lo expulsó por mal comportamiento. Y cuando repasa sus lazos familiares, suelta frases inquietantes como “la mula y mis tres hijos”.

Entre todos los papeles aplastados adentro del cuaderno aparece un formulario de la posada, con varias preguntas. Hay una que llama la atención:

—¿Qué situaciones le da miedo afrontar?

—La falta de trabajo.

Las cuatro palabras están escritas con las letras torcidas, apuradas, como si respetar la formalidad de esos ítems le hubiese roto soberanamente las pelotas. Así y todo, su respuesta fue tan noble. Entremedio, hay una lista con todas las novias que tuvo. De tanto en tanto aparecen hojas en blanco o garabateadas con palabras sueltas, en distintos colores. Dice: equilibrio, honestidad, Adolfo, paz, felicidades, fuerza, amor, aprovechar la oportunidad. También hay frases sueltas de la canción Respirar es lo de menos, de Don Lunfardo:

El despertar es gris y en cuna con barrotes

vivir solo es morir con los ojos abiertos

En la última página del cuaderno hay un párrafo largo que enumera todas las bandas que pasaron por La Mula. Parece ser el ejercicio para un taller literario de la posada. Fue lo último que escribió. Poco después se quitó la vida.

El velorio fue un desfile eterno de amigos, conocidos, familiares y curiosos. Gustavo abrazó tanta gente que se agobió a los primeros quince minutos. Buscó a su primo y se fueron a tomar un fernet en el primer bar que encontraron. “En el sepelio de mi hermano faltaba un cartel de La Mula y una banda tocando. Lo entendí en el momento que lo vi ahí, frío. Para él hubiese sido alcanzar el cielo con las manos”. Otra vez se le llenan los ojos de lágrimas.

Gustavo, esa tarde, enterró a su hermano cantando en silencio un tema del Indio.

La Mula hoy está tapiada y tiene un cartel de alquila clavado a tres metros de altura. Desde la vereda se ve el balcón y los techos de teja colonial a dos aguas. En una de la maderas se lee una inscripción en trazo firme: La mula not dead. Es un rezo por la eternidad. La frase que señala la presencia de un mito. De un hito.

De tantas noches sagradas.

Amén.

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